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LA ÚLTIMA PREGUNTA

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SOBRE EL MUNDO ESE EN EL QUE NOS GUSTA FESTEJAR

Me gusta diciembre. Me gusta el frío y que las calles se inunden de gente con ropa que los hace ver diez kilos más gordos. Me gusta que las cornisas de las puertas se oscurezcan con más facilidad que de costumbre y que todos beban.

Según palabras de Sir Kingsley Amis, el alcohol de las fiestas logra que quienes estén a tu alrededor resulten menos aburridos. En estas fechas se dan un montón de parejas casuales y romances de oficina que no pasan de la fiesta godín de la que muchos no quieren tener recuerdos apenas se despiertan en sus camas, con las corbatas puestas y los bolsillos llenos de dinero que ha de fluir hasta el desmayo apenas se pise un centro comercial.

Mi oficina está muy cerca de uno de esos restaurantes diseñados para machos que deben acordar grillas o negocios importantes. La iluminación del sitio da la impresión de que siempre son las ocho de la noche. Madera por todos lados, huele siempre a loción de Polo para hombres maduros y los meseros son de un presto que, a veces, incomodan. Parece como si en cualquier momento estuvieran dispuestos a lamer, literalmente, la suela del comensal al que están atendiendo.

Ayer salí a buscar algo de comer. Era tarde y mi presupuesto reducido. Caminaba despacio porque siempre, como dice mi amiga Beatriz Escalante, he tenido pasito de museo. Afuera del restaurante para hombres poderosos estaba una pareja que torpemente se abrazaba. Ella con los ojos puestos hacia enfrente. La brasa de un cigarro, las mangas del saco dobladas y la cabeza ladeada. La mujer había dejado caer sus cabellos sobre el hombro de su acompañante. Él intentaba disimular pero el olor del pelo de ella impregnaba la atmósfera de su feminidad, así que cerraba los ojos como queriendo contener todo eso que emanaba de la chica. Los dos estaban completamente borrachos; llamó mi atención el esfuerzo que ella hacia por mantener el equilibrio: diminutos movimientos en los que el afilado tacón amenazaba con doblarse.

Aquello era de una ternura abismal; los pasitos azarosos de una niña pequeña que explora con sigilo la firmeza del piso. Fue hasta que él le rodeó la cintura que ella dejó esa extraña danza para recargar todo su peso sobre el cuerpo de aquel hombre. No sé qué provocó en mí aquella escena pero, sin pensarlo, me metí al mentado restaurante.

Desde que me presenté frente al hostesslas cosas se desarrollaron fuera de lugar. Me preguntó tres veces si venía sola. En la primera asumió que iba a esperar a alguien, así que me dijo que solo había mesas para cuatro personas. Le dije que solo era yo, por lo que pensó que mi necesidad era etílica, así que me asignó un asiento en la barra. “No, quiero comer”, repetí. ¿Entonces es usted sola?, y creo que la voz le tembló un poco. Ya con pocas ganas de hablar, afirmé con la cabeza y me pasaron al salón del primer piso porque, por supuesto, hay una terraza en donde las edecanes no paran de ofrecer bebidas exóticas que nadie, en su sano juicio, compraría.

Citando de nuevo al maestro Amis cuando explica por qué uno debe pedir siempre la marca del trago que va a empinarse: “aquello puede ser una situación siniestra (…) convirtiéndose en terrorífica al llegar al “vino blanco”, algo que sigo sin poder soportar que pida nadie”. Así son los licores esos que ofrecen las chicas con las tetas al aire y el güero más oxigenado que el de la Primera dama, nuestra primera y telenovelizada damita: una verdadera calamidad.

Me senté en una mesa esquinada desde donde tenía una muy buena vista del lugar mientras pensaba que mi tarjeta de crédito iba a tener que aguantar mi decidida intención de quién sabe qué cosa al irme a sentar a ese lugar. Me trajeron la carta de vinos y, después de mucho pensarlo, pedí una botella para mí sola, ¡total!. Más tardó en llegar la carta de alimentos que un mesero con una copa que me mandaba “el caballero de la mesa de allá”. Y, vamos, no es que no entienda cómo un señor de esos pueda encontrarme atractiva pero aquella tarde iba con el pantalón más roto que tengo, los tatuajes al aire, el pelo en desorden y mis Dr. Martens de Marta Villalobos (Sí, doradas. Sí, ese chiste me lo han hecho mil veces. Sí, me siguen gustando mis botas doradas). Rechacé el trago, además tenía que acabarme una botella de vino tinto. El mesero insistió. Y de ese grado fue mi no.

Pedí una pasta y me serví una buena copa. Rodeada de hombres maduros que chocaban sus vasos mientras hacían cuentas sobre las ganancias del siguiente año, examiné el lugar. Chicas jóvenes, señoras maduras. Ninguna mesera. En todo el piso habríamos, quizás, unas doce mujeres.

Probaba la pasta que, por cierto, estaba medio pinche, cuando un hombre regordete de unos cuarenta y tantos franqueaba mi mesa. “Hola, ¿me puedo sentar?”. “No”, contesté sin poner atención. Probablemente no hablé lo suficientemente fuerte porque el tipo jaló la silla y posó su regordete culo. Llamé al mesero y le pedí que le dijera al Casanova con sobrepeso que se fuera. Lo hizo no sin antes decir por lo bajo “vieja mamona”.

Seguí vaciando la botella. La dinámica con las mujeres que estaban en la sala era, creo, denigrante. El poder del dinero sobre la seducción femenina. Todo lo contrario. La necesidad absurda de, a toda costa, convertirte en el vehículo de lo que no quieres ser, aún se trate “señora desaliñada de tatuajes y buenas tetas”.

Estuve poco más de una hora en aquel lugar. Recibí tres invitaciones de tragos, dos más para ir a sentarme a otra mesa. Dos tipos se quisieron sentar conmigo y tanto el mesero como el capitán me dieron un “gracias, damita, feliz año”.

Salí de ahí mientras vi a otra chica que se tambaleaba sobre sus enormes plataformas. Yo también me tambaleaba sobre mis hermosas botas doradas. Ella emitía una risa tan falsa como el mal actuado orgasmo falso de la insufrible y antes bella Meg Ryan en When Harry Met Sally. Caminé con ganas de seguir bebiendo mientras mi última pregunta fue: ¿en qué lugar nos coloca toda esta dinámica social de mierda?

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