NO. Hace poco leí una charla entre Kiko Amat e Irvine Welsh que me hizo recordar una de las raras y extravagantes historias de Troy, un viejo amigo que hice durante mi vida –como norteño-falso– en Santa Catarina, Nuevo León. El genio de Troy afirma que en su juventud, por los rumbos de Ecatepec de Morelos, Estado de México, conoció a su otro yo: un ex miembro de la banda de Los Panchitos. Ambos escritores, mientras conversaban, coincidieron en que sobre sus espaldas llevaban –durante mucho tiempo de sus vidas– dos personalidades: una del aficionado a la literatura y la otra del miembro de la pandilla de punks, skins, hooligans o mods del barrio en el que crecieron. El autor de Cosas que hacen BUM! en Sant Boi, Barcelona y el de Trainspotting en Leith, Edimburgo.
Irvine Welsh, en algún punto de esa charla, dice: “[…] siempre estuve militantemente convencido de que ambos mundos podían ser compatibles. Y lo sigo estando. La mayoría de los amigos con los que crecí son matones ex-hooligans, y casi todos trabajan en la construcción; son unos monstruos enormes. Me ven como uno de ellos, pero la verdad es que yo siempre he sido el rarito. Ahora eso les encanta, de acuerdo, con el tiempo han acabado por apreciarlo. Podríamos decir que han vivido tanto tiempo con ello que han acabado por aceptar y celebrar mi lado excéntrico. Por otro lado, mis amigos del mundo del arte y la literatura me ven como un pirado violento y peligroso, con un pasado complicado pero valiente y aceptado en el mundo artístico. Es curioso cómo paso de ser un intelectual flácido a un tío duro que no teme decir lo que piensa, sin dejar de ser yo mismo [ríe]. A veces, durante el Festival de Edimburgo, mezclo a mis amigos de toda la vida con mis amigos de los círculos artísticos de Londres y nos vamos a beber. Nunca hay problemas, porque la gente se ha vuelto más generosa con los años, pero es casi como si alguien de Marte y alguien de Venus intentasen hablar”.
Cuando terminé de leer toda la conversación me fue inevitable sonreír y agradecer que pude conocer a Troy y demás personas locas e interesantes durante mi estancia en el poniente de la Sultana del Norte, donde residí diez años. No cabe duda que la juventud y la calle –compuesta con la dosis exacta de inexperiencia– son una gran combinación, son como la mejor escuela que podría tener la vida para hacerle frente. Por ello siempre me ha interesado leer –e intentar escribir– historias que uno ha podido respirar de cerca, con personajes de carne y hueso que no pierden el piso tratando de aparentar ser algo, sin caer en etiquetas de snobs y estúpidos clichés que uno mismo se crea, olvidando su propio nombre y todo el entorno del que surgió.

OS. Siempre me gustó contemplar el mundo excéntrico de Troy, todo ese hábitat de alucinaciones y rebeldía natural que profanaba él y sus amigos más cercanos. Troy pertenecía a un grupito de podridos punks de la colonia Adolfo López Mateos, mejor conocida como “La López”, lejos del centro del municipio de Santa Catarina, Nuevo León, bajo la sombra del Cerro de las Mitras, cercana a la carretera que va a Saltillo, Coahuila, donde patinaba hasta romper sus tenis y tronar sus tablas; aparte, Troy era el líder de una agrupación de street punk: Los Pesticidas, famosos por hacer sudar drogadictos en sus tocadas, en el interior de distintos hogares sin aires acondicionados; o de golpear con sus guitarras a fortachones que en medio del baile de brincos y empujones que se hacían durante las presentaciones de Los Pesticidas, se metían al slam a golpear chicas y chicos simplemente por diversión, porque así se consolidaban dentro de ese estilo de Nuevo León Hardcore (NLHC) con violencia, músculos, “hermandad”, vigor, estupidez y pose.
“Eran tiempos de sólo patinar y reventar donde se pudiera, afrontando los problemas con el alcohol, escuchando a The Stitches, The Saints, Circle Jerks, 7 Seconds, Johnny Thunder & Heartbreakers, entre otras bandas”, menciona Troy. Y sobre La López, su barrio del cual jamás se ha alejado, agrega: “La López sigue siendo una colonia culera y nada interesante en la que abundan los viejos irrespetuosos de vergas peludas [risas]. Nunca he dejado Santa Catarina. Siempre he estado echando el rock por acá y no he pensado en moverme de municipio. Para mí Santa Catarina y La López no han cambiado en lo absoluto. Sigo teniendo casi los mismos amigos desde ese entonces y eso es lo que importa. Lo único que pudo haber cambiado, que lo mejor sería decir desaparecieron, fueron las fiestas y tocadas improvisadas en plazas públicas, casas abandonadas o cocheras de quienes se atrevían a soportar cosas de todo tipo. Lo chido era que durante un tiempo Santa Catarina, en especial de éste lado de La López, estuvo en boca de todos los punks callejeros de Monterrey y sus otros municipios. La banda destroy se dejaba caer para acá y no a los bares de moda ni su chingada madre”.
También, sobre Troy y sus compinches, se sabía que acostumbraban reunirse en alcantarillas y otras cosas que estoy seguro, para esas épocas –inicios y mitad del nuevo milenio– era común que se dieran en gigantescas metrópolis. Pero en esos tiempos la juventud de Santa Catarina parecía que no era común que viviera cosas así. La juventud creo que se enfilaba a: 1) Comer elotes en vaso en la Plaza Municipal rodeado de familias. 2) Comenzar a bailar break dance o ser un futuro MC respetado. 3) Convertirte en una especie de Miklo Velka al vivir toda la moda que se creó gracias a la película Sangre por sangre. 4) Afiliarte a algún cártel del narcotráfico mexicano. 5) Montar a caballo y pasar los fines de semana en un rancho de la Huasteca asando carne. 6) Subirte a una patineta y así sobrellevar la adolescencia; como bien lo hacía Troy con sus pelos parados, trasladándose de un lugar a otro arriba de su tabla, y tocando donde fuera posible con Los Pesticidas.
“Seré muy sincero, como Los Pesticidas, nunca salimos de Santa Catarina [risas]. Muchos de los organizadores de tocadas en aquellas épocas no gustaban de ese garage-primitivo-street-punk; como que esos ritmos eran algo muy novedoso en aquel entonces, y es por eso que teníamos que organizar nuestros propios toquines”. No obstante, Troy de nueva cuenta regresó a colgarse su guitarra y cantar algunas canciones del ayer: “No hace mucho con otros dos amigos de Santa Catarina llevé una banda que nombramos Los Retretes, tocábamos canciones de Los Pesticidas; fue la continuación del grupo que jamás quisimos dejar caer el baterista Pako Ramírez [ilustrador y quien también tocó con esa mítica banda santacatarinese] y yo. El bajo lo tocó Jehú Coronado [joven poeta regiomontano y ex líder de Yo Maté a Tu Perro]. Todas esas agrupaciones formaron parte de Grabaciones Puro Pedo, sello que nació entre nosotros, en el cual grabábamos casetes y de vez en cuando hacíamos tocadas en la terraza de mi casa”.
RES. El encuentro de Troy con su otro yo me lo contó en aquella época donde le pegaba a la batería con Mocho Cota, grupo de fastcore que formé junto a Pako Ramírez (guitarra y voz) y Ous (bajo), en las entrañas de Santa Catarina, Nuevo León, después de que ellos dejaran de tocar con Lactobacillus Casei Shirota Para El Fat Baby y yo hiciera lo mismo pero con Zarathustra Has Been Killed In The 70’s. En esa ocasión, tras ensayar en un cuarto muy pequeño que Ous tenía en su hogar, arribamos a la casa de Troy para beber algunas cervezas, mientras una sensible canción de pop español a cargo de Los Fresones Rebeldes o La Casa Azul –no recuerdo con precisión– nos recibió. Sin embargo entre melodías, risas y cuando caía la noche al comienzo de un fin de semana, lo que más sobresalía del hogar de Troy era un VHS de esa película mexicana que hicieron sobre Los Panchitos, el cual hasta la fecha conserva con nostalgia, y en aquella ocasión estaba colocado en una repisa; como si se tratara de un Santo milagroso, una figura religiosa a la que se le venera.
Los cuatro presentes durante aquella noche podría afirmar que somos aficionados a ese tipo de películas de “baja calidad” y es bastante obvio que sentimos admiración por esa pandilla de chicos banda que apareció por los rumbos de Tacubaya, Santa Fe (cuando se conservaba como uno de los basureros más grandes de la Ciudad de México), Observatorio y hasta en terrenos baldíos de Cuajimalpa. Los Panchitos se encargaron de aterrorizar a los capitalinos en la última época de los años setenta y parte de los ochenta, como buenos vagos.
Troy afirma que aquel ex miembro de Los Panchitos, uno de los más de 500 chavos banda que llegaron a conformar al grupo echando relajo en las tienditas de las esquinas, robando cervezas, trepando en los camiones repartidores, intoxicándose con chemo, escuchando a Three Souls in My Mind en sus fiestas, vistiendo garras a la Sex Pistols o Ramones, peleando con cadenas y puntas contra su pandilla rival Los Buk y trisoleando en las tocadas de rock, se reflejó en él, en un chico con menos de 20 años de edad que había viajado de raite desde Santa Catarina, Nuevo León a la Ciudad de México sólo para conocer el popular Tianguis del Chopo que data de 1980.
“Esa onda de irte de raite nada más porque sí, de la noche a la mañana, era lo mío; no te imaginas lo que fue. Nos fuimos varia banda para el D.F. Creo que ya no tardan en cumplirse unos quince años de esa aventura y hasta la fecha nada lo supera. Yo me la mamé, únicamente traía dos culeros pesos [risas]. Te lo juro. Y antes de salir de mi casa le dejé una nota a mis papás que decía: “Se peló Baltazar”, es lo que recuerda Troy después de preguntarle cuándo sucedió esa aventura. Solté una carcajada y tampoco puedo desmentir lo que me decía un viejo amigo. Lo conozco y en esencia él así es. Le cuestioné si en alguna ocasión antes ya había viajado a la Ciudad de México: “Nunca había estado allá. Tardamos más o menos unas catorce horas en llegar de raite. Viajamos con traileros que se paraban en medio de la carretera a dormir, para que se las mamara una puta o comer algo; yo qué sé”.
Los imberbes punks de la Ciudad de las Montañas llegaron a la Ciudad de México un jueves por la mañana. Los capitalinos del extinto Distrito Federal, dice Troy, se portaron a toda madre. Sin embargo, tanto él y quienes lo acompañaron en ese viaje, lejos de Santa Catarina, Nuevo León, a cientos de kilómetros, se enteraron que el Tianguis del Chopo sólo se pone los días sábados en la calle Aldama de la colonia Buenavista, a un costado de la Biblioteca Vasconcelos y Eje 1 Norte.
“Estuvimos vagando por el centro y durmiendo en alcantarillas para evadir el frío. Recuerdo que únicamente llevaba una chamarra de tela puesta, una camisa desgarrada hasta el ombligo y no quedaba de otra más que inhalar tolueno para que se nos quitara el frío [risas]”. Y Troy continuó relatando esos días: “Buscábamos comida en la basura, y cuando finalmente llegó el día para conocer el Chopo nos metimos por debajo de las barras de un Metro, vimos que eso era normal para ir hacia el afamado tianguis. Lo chido fue saber que íbamos en el vagón correcto, había mucha banda de pelos parados. Ya cuando comenzamos a caminar dentro del Chopo nos topamos con la bandita destroy que nos preguntaban: ¿De dónde vienen?, ¿cuándo llegaron, ¿dónde rifan?, ¿en qué se vinieron?, ¿traen varo? ¡Pinches Monterrey ñeros!”.
UATRO. Recientemente me reencontré con Troy para revivir esa anécdota de él y un ex Panchito. Aquel viejo amigo ahora es un hijo bastardo de Paul Weller de The Jam y The Style Council, un guapo y estético mod –tal vez el único– de Santa Catarina, Nuevo León que conduce un viejo y lindo scooter Vespa o Lambretta; no lo distinguí con exactitud. Troy se convirtió en un chef y es el dueño de Di Parma Bistro, su restaurante de cocina italiana y repostería gourmet que está ubicado en avenida Perimetral Norte 807 de la colonia Adolfo López Mateos, en sus terrenos de siempre.
Troy me recibió en su local y todo fue distinto. No hubo pelos parados, chaquetas de cuero, patinetas, ombligueras, drogas, fiesta, tocadas en su casa, canciones de Eskorbuto y mucho menos mocedad, locura y desenfreno. Me presentó a su novia y sus dos perros dálmatas que viven con él. También me sorprendió lo elegante que se ven las mesas de Di Parma Bistro junto a su scooter que permanece ahí estacionado. Es un lugar acogedor pero armonioso. Leí en el menú platillos como: “Ensalada de durazno asado al vino blanco, queso mozzarella, mix de lechugas y vinagreta dulce”. También encontré pastas (Pomodoro, Alfredo, Arrabiata, Mia rossa, Al burro, Bologñesa, Aglio olio); ensaladas (Cesár, Capresi, Parma); lasaña (Ragu de carnes al tomate, queso y bechamel o Ragu de verdura, queso y bechamel).
Sin más ni menos, en medio de mi plato con lasaña y una refrescante limonada, decidí preguntarle a Troy cómo fue que dio con su otro yo, con ese chico banda que dijo haber pertenecido a la banda de Los Panchitos.
“Entre tanto cotorreo, toque de mariguana, mona, regalos de casetes y discos, terminamos con unos güeyes en un lugar llamado El Clandestino, allá por el rumbo de Ecatepunk. Fuimos a una tocada donde no nos dejaron entrar por lo intoxicados que andábamos [risas].
Caminamos por una especie de canal [Río de los Remedios] donde había todo tipo de vagos y gente que ahí vivía con sus familias. Llegamos a un deshuesadero de autos en el que había otra tocada. Ahí fue que di con un tipo que apodaban como El Roto, un señor entre los 40-50 años, piel morena y con un paliacate en la cabeza; decíamos entre broma y broma que tenía aspecto de cholo-punk [risas]”. No puedo negar que Troy se emocionó otra vez contando su historia. Se expresaba con cada uno de los gestos de su cara, con sus ojos saltando entre sus enormes cejas, y sus manos acompañando el ritmo de nuestra conversación. Y Troy continuó diciéndome: “El Roto al parecer era alguien muy respetado entre la banda culera de esos rumbos. Se me acercó a preguntarme: ¿Y tú de dónde?, ¿qué quieren acá?, ¿traes pa’ un toque? Yo no le contesté nada y seguimos cotorreando. En esa tocada escuché por primera vez un: Hay… hay… hay… hay… hay…, que por su puesto era la canción Radio alicante muerta de la banda española Urgente, con la cual salté a reventarme en un pogo que se hizo”.
Después Troy mencionó que la tocada de punk parecía no tener fin. Salió del deshuesadero de autos a fumar e inesperadamente El Roto le chifló, para después apodarlo como “Panchito” entre sus demás valedores.
“Me preguntó si quería un toque de mota. Comenzamos a cotorrear e inmediatamente me dijo que con mi ombliguera se había acordado de él, estando chavo, más o menos de la misma edad, unos 18 años”, dice Troy. “Conectados El Roto y yo, después de fumar mezcalina y cuando terminó el último grupo de tocar, nos lanzamos a su humilde casa que estaba muy cerca de ahí. Estuvimos platicando por un buen rato hasta que desperté en el suelo. Antes de irnos, ya para regresar a Santa Catarina, El Roto me dio el VHS de Los Panchitos y nos acompañó al Metro. Al despedirse recuerdo con exactitud que me dijo: cuida la película porque soy de los últimos que quedan firmes. Bueno… eso me han dicho. Cámara, Monterrey. Suerte”.
En esa, la segunda ocasión que Troy me contó ésta anécdota, su vivencia estaba plasmada con datos más exactos; como si todo esto apenas le hubiera ocurrido el día anterior. Pero en aquel entonces, hace ya más de una década, cuando sólo tenía 18 años y era un podrido punk de La López, desconocía quiénes eran Los Panchitos. Supo de ellos hasta llegar a su casa y reproducir el VHS. Era un reflejo casi perfecto; como mirarse al espejo después de despertar.
“Al chile no sabía nada de Los Panchitos. Yo creo que ese fue uno de los tantos problemas que viví al ser un punk de Santa Catarina [risas]”, Troy dijo eso y sostenía entre sus manos la película. Incluso no me había percatado y el VHS estaba firmado por El Roto. Mi sorpresa fue aún más grande. La felicidad de conmemorar algo así provocó que el tiempo se detuviera. Y antes de salir de Di Parma Bistro, Troy dijo: “Ahora siempre recuerdo al Pelón Vicious [un punk muy viejo de Monterrey] que me decía que yo era muy parecido a un güey que salía en la película de Los Panchitos. Jamás había recordado eso hasta después de dejar el D.F. Pero una de dos: El Roto me quería coger, o creo que fui bendecido por Dios”.





n 1978 Ricardo Garibay publicó “Acapulco”, una crónica en respuesta al desafío que le plantó el cacique Rubén Figueroa Figueroa, quien lo retó a escribir acerca del sur profundo. A pesar de su carácter recio, Garibay terminó agobiado y en el libro confiesa haberse rendido, incapaz de abarcar un fenómeno tan imbricado como es Acapulco.
-¿Cuántas escenas del crimen has presenciado?
A aquel joven Bernandino lo salvó Alfredo Sánchez Torres, un fotorreportero del periódico más oficialista de Acapulco, allá por los años setenta. Éste le propuso aprender el oficio de la fotografía para que dejara de andar de rijoso. Ayúdame a vender fotos y te doy algo, le propuso. Alfredo Sánchez fue a pedir permiso a la mamá del Berna y así el chico se inició en la fotografía. Se volvió un “pesetista” en las afueras de la catedral de Acapulco. Aprendió a revelar rollos en la cámara de contacto. Después de la escuela bajaba al Zócalo y si no había chamba se ponía a hacer la tarea. Pero el Berna no dejó de ser un chico peleonero.
El dolor se nos encasquilla en la garganta y es imposible continuar la entrevista. La repugnancia me indica que se terminó el papel del periodismo, que éste es territorio humano, carne viva, desuello. Que no hay más que decir. Ya no le busques, digo a coleto.
-El desmadre se oía feo. Me pongo atrás de un pinche poste y pam, pam, pam, y los pinches granadazos, y la gente del mercado corriendo.
áquinas que eligen su música por encima de la que hacen los humanos? ¿Definiciones que expanden lo musical al sonido de animales, objetos y fenómenos naturales? Nacido en Londres en 1949, David Toop es un músico, escritor, curador y artista sonoro que contribuyó con sus proyectos de improvisación musical en los años setenta a la escena experimental inglesa. Junto a sus más de veinte discos de sonido experimental, Toop es reconocido por su labor como crítico e historiador musical, además de haber fungido como editor adjunto y columnista de revistas como The Wire y The Face. Con motivo de la reedición de uno de sus libros insignia, Océano de sonido, Toop abundó con amable profundidad y lucidez en sus amplias ideas de la esencia de la música, en la dirección del gusto musical de nuestros días llenos de playlists individuales y megaconciertos, y hasta en el papel simbólico de los músicos en vivo dentro del flujo caótico de la actualidad.
Depende de lo que entendamos por música ambient. Cuando escribí Océano de sonido en 1995, había un género de música emergiendo de la escena de los clubes de aquel tiempo, sobre todo electrónica, llamada música ambient. Yo estaba intrigado por su historia y sus efectos, pero también por la manera como se conectaba con algunos de mis intereses como la música ambiental, la ecología acústica, ciertos tipos de música electrónica en vivo y minimalista. Pero mientras escribía el libro, sentía que la música ambient era más bien estrecha. En su mayoría atraía a gente que buscaba un escape, un respiro, un bajón para las drogas o relajarse. Para mí, la noción de ambient podía ser mucho más disruptiva que eso. Después de todo, una grabación de una manifestación callejera violenta también es ambiental y el sonido “natural”, que fue un fetiche creciente de ese tiempo por las tendencias New Age de la música ambient, no era necesariamente benigno. Mucha gente en México ha sufrido terriblemente los efectos de terremotos devastadores recientemente. Los sonidos de un terremoto son “sonidos naturales” y ambient, pero de ningún modo son relajantes. Quería extender desde mi punto de vista esa idea relativamente nueva de la música ambient para incluir sus implicaciones y sus posibilidades más abiertas.
agenda diferente a la hechura musical de los humanos, pero no significa que podemos descalificarla sólo como “sonido” o “señalización funcional”. Hay una investigación reciente de la comunicación entre los árboles, por ejemplo. Así que ¿cómo sabemos que los sonidos ricos, variados y extraños que hacen los árboles no son una parte de eso? Quizá parece excéntrico pensar de este modo, pero también sabemos que las especies no-humanas continúan aprendiendo y evolucionando en su hechura de sonido (la manera como los pájaros adaptan su canto según las condiciones del ambiente es un ejemplo de esto) y también sabemos que las máquinas pueden aprender. Éste es uno de los temores básicos sobre la Inteligencia Artificial y su futuro impacto sobre la sociedad humana. Las máquinas probablemente decidan que su manera de hacer las cosas es superior. No es imposible, en ese escenario, que ellas también decidan que la música humana no es lo suficientemente buena y desarrollarán formas de música que crean que son mejores. Hasta cierto grado, eso ya sucedió.
No hay duda de que los megaconciertos y los festivales son atmosféricos, pero siempre los encuentro bastante solitarios, sobredimensionados y alienantes. Sentirse solo en una multitud o en una gran ciudad es un sentimiento común. Hay mucha intersección en los playlists, una dimensión social que descendió de la cultura de los mixtapes [mezclas grabadas en casetes] de intercambio y de venta ilícita que fue muy popular en los setenta y los ochenta. Cuando curé una compilación de dos cedés de Océano de sonido para Virgin Records en 1995, eso fue una consecuencia directa de los mixtapes privados, los programas de radio y las revistas que había estado juntando desde 1971, cuando conseguí mi primera casetera. Las redes de trabajo crecieron desde ese tipo de actividad, un medio de distribuir conocimiento alternativo, pero también una táctica para combatir el aislamiento que resulta de tener gustos diferentes y hacer conexiones diferentes a las de la norma.
técnica. Eso es muy diferente cuando escuchas a Wayne Shorter, Alice Coltrane o Jimi Hendrix, mucha técnica pero siempre sorpresas, siempre nuevos modos de pensar en el instrumento, dónde va una línea o cómo se unen los sonidos.

asi se podría afirmar que existe un subgénero literario, bastante abundante y redituable, que tiene como tema central el fracaso del socialismo en Cuba. Este tipo de historias se ha vuelto muy atractivo para cierto lector que busca, con interés casi pornográfico, enterarse de los horrores de la dictadura cubana y de la farsa del socialismo en general. Por supuesto, a las grandes editoriales no les ha pasado desapercibida esa oportunidad de negocio, por lo que se la pasan a la búsqueda de autores y de obras que hablen de dichos temas.
vive al otro lado del mundo, pero al llegar a Rusia se encuentra con la nada agradable sorpresa de que la fugitiva padece una enfermedad neuronal y que su nueva familia está ansiosa por librarse de ella. Nadia Guerra cumple con su deber de hija y repatría a su madre, quien lleva entre su equipaje unos papeles que dan cuenta de la historia de Celia Sánchez. Es a partir de este punto, por medio de la lectura de dichos documentos, en donde se explora la personalidad de Sánchez Mandulay: la guerrera que combatió hombro con hombro con los revolucionarios, la compañera que estuvo al lado del caudillo en la construcción del nuevo país, la mujer generosa, siempre abierta a los reclamos y peticiones de los ciudadanos y que utilizaba con sabiduría el poder que le confería su cercanía a Fidel, la amiga de los jypcitos y del eterno cigarro en la boca. Wendy Guerra muestra a una Celia compleja y al mismo tiempo admirable, limpia como lo fue quizá la primera etapa de la revolución. Tal vez por ello la autora pasa de largo al hablar de la supuesta relación que mantuvieron ella y el caudillo, dejándole cualquier juicio al respecto al lector.
Wendy Guerra es una autora solvente. Su prosa es ágil y divertida, además de exuberante –llena de olores, sensaciones y sabores–. Sobresalen especialmente las escenas eróticas, que equilibran a la vez el refinamiento y la cachondería. Sin embargo, el principal defecto de Nunca fui primera dama es que cumple demasiado bien con el modelo que se mencionó al principio: su mezcla de retrato de costumbres de la Cuba contemporánea, la desmitificación de figuras legendarias, el erotismo isleño, la inclusión de personajes del Buena Vista Social Club… todo parece perfectamente diseñado para interesar y complacer al lector que busca en los diarios las opiniones de Mario Vargas Llosa y que considera a Miami la capital informal de la América Latina.

amón López Velarde (1888-1921) llevaba sus poemas en el bolsillo, en un papel doblado en cuatro. El ritmo lo perseguía constantemente, y él, a su vez, escribía siguiéndolo. La mente intentaba atrapar las palabras que lo revoloteaban, el adjetivo entre más sorprendente, mejor. Una vez atrapado, se ponía en su lugar. Uno de sus poemas fue encontrado en la cartera, sin acabar, con los espacios vacíos que iban a ocupar uno de aquellos adjetivos “lopezvelardeanos”.
Sus artículos de ocasión, necesitan un crítico que los digiera por nosotros. Y el periodismo político… parece que lo leemos en el diario de un país extraño. Sin embargo, hemos apurado hasta la última coma para saber si nos entrega algo más, algo escondido en una carta, en una reflexión de actualidad. Pero será inútil hurgar en todos los papeles del mundo. Más triste es acudir a leer a sus imitadores, quienes han alejado de sí todo resto de espontaneidad. Por esas calles de antes caminó. Quién sabe si hoy habrá un espíritu comparable caminando por ahí. Con sólo llamar “llorón” al piano de Genoveva, ese piano dejó de ser opaco. Ahora cuenta las historias de los amores y llora por ellos.
A las más de doscientas páginas que ocupa su periodismo político se le podría hacer el siguiente comentario: “Prosas escritas por los tiempos en que conoció a María Nevares, la inspiradora de ‘No me condenes…’” Lo que serviría para contradecir lo que recién citamos: toda esa vida en que se interesó por la prensa, por el Partido Católico, por una diputación, no fue visto a través de la mujer. O quién sabe. Hay quizá una relación entre erotismo y civismo que está delineado en “La suave patria”, a la que se quiere por medio de los ojos de una mestiza. De cualquier manera, todo esto se olvida en el momento de cerrar la última página, de alejarse del estudio concienzudo de su obra, para que sólo quede revoloteando el ritmo de su verso persistente.