IMPRESIONAR, HURGAR, ASESINAR: NO ACARICIES UN PERRO CIEGO

los personajes de esta novela les gusta impresionar, hurgar en las vidas ajenas y, en gran medida, asesinar. Las historias que viven y que relatan son tan sorprendentes que, a las pocas páginas, lo sorprendente se vuelve común. Como las historias del ciego chantajista, de la mujer que vive recortando fotografías de las revistas, del médico asesino coludido con el gobierno militar, de la mujer que se hace amante del esposo de su hermana, del enano que es padre de una prostituta, de la familia que encuentra un cadáver en la playa… Nada cotidiano les ocurre, siempre algo insólito y nunca oído.

¿Vidas monótonas con periodos de tranquilidad? Quizás en otro libro. Pero no en éste; aquí, la constante sensación de que siempre hay algo oculto en las vidas de los demás, un secreto inconfesable o, por lo menos, complejo. Lo cual le quita la posibilidad de claroscuros a estas vidas, ya que en cada página hay una historia que intenta hacer que el lector esté con la boca abierta. Si me encontrara aquí una vida sencilla, contemplativa, quizá me sorprendería. Pero debe decirse que en realidad, en este libro, hay tres novelas sin continuidad, una detrás de otra, relatadas por narradores distintos. Cuando queremos saber qué ocurrió con los personajes de una de ellas, la siguiente historia, como en un acto de magia, nos distrae del vasito en el que creemos que quedó atrapada la bolita. ¿Qué ocurrió con el joven que quemó su casa con su madre dentro para ir a buscar la aventura en su vida? No lo sabremos, aunque de pronto, en alguna referencia nos enteremos de una historia que a los personajes no les interese demasiado y que nos habla de algún destino que estábamos esperando.

Y sin embargo, el libro nunca decae, estas vidas inverosímiles son entretenidas, igual que el estilo del autor, que se fija en los objetos que acompañan a sus personajes como fetiches, fotos, cartas, cajitas, cuadernos, perfumes. Como si las cosas escondieran las vidas de sus dueños. Son historias de personajes que esconden sus secretos y de otros que buscan apasionadamente desenterrarlos. Pero una de estas historias me parece especialmente atractiva: la de Magnolia, una joven que fue vecina de Julio Cortázar en París, a la cual contrató para que le transcribiera una de sus novelas. Cuando ella le entregó las hojas a máquina, Cortázar se enfureció porque no se trataba de la novela que él le había entregado, estaba en desorden, pero el plazo para enviar a la editorial había vencido, así que debió de mandarla tal cual. Naturalmente, se trataba de Rayuela. Y aunque en la novela no se diga, detrás de Magnolia está Alejandra Pizarnik, la escritora argentina. Yo le escuché la historia al autor como si fuera una anécdota real. Pero en mi caso, pienso que es tan inverosímil como las historias de No acaricies un perro ciego.

Olvidaba decir que el autor es uruguayo y que radica en México desde hace varios años. Lo digo porque creo que no todos sabemos que uno de los mejores escritores de aquel país vive entre nosotros.

William Johnston. No acaricies un perro ciego. México, Terracota, 2013.

 

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