TRES DE MAYO EN CIUDAD UNIVERSITARIA*

 

i existiera un libro que diera cuenta pormenorizada de los más grandes banquetes en la historia de la humanidad, entre la multiplicación de los panes efectuada por Jesucristo para alimentar a cinco mil personas[1] y la fiesta de diecisiete días que Robert Dudley le ofreció a la reina Isabel I de Inglaterra[2], en la página dedicada a México se hablaría de la celebración de la Santa Cruz efectuada el 3 de mayo de 1952 en Ciudad Universitaria. Se trató de un festín pantagruélico que reunió a albañiles, contratistas, plomeros y demás oficiales pertenecientes a las 43 compañías que participaron en la construcción de C.U.

A seis meses de que el campus fuera inaugurado por Miguel Alemán, la mayoría de las estaban prácticamente concluidas, como la Torre de Ciencias, el estadio Olímpico y las instalaciones deportivas.

Entre la noche del 2 y el 3 de mayo de 1952 un grupo de carpinteros construyó una cruz de madera de treinta cinco metros de alto que fue colocada sobre la cara oriente de la Biblioteca Central, aún desnuda porque todavía no se empezaban a colocar los paneles que dan forma a los cuatro murales que el propio Juan O’Gorman pintó[3]. No deja de ser irónico que sobre el edificio proyectado por un ateo consumado se colocara la enorme cruz, que fue bendecida por el sacerdote Sebastián Rubí. Posteriormente, otro cura de nombre Jorge Durán Piñeiro bendijo los trabajos y ofició una breve misa al pie de un templete cubierto por medio de lonas que fue instalado donde inicia el campus central, a espaldas de la rectoría. Ahí mismo se colocó la mesa principal, que fue ocupada por el arquitecto Carlos Lazo, gerente general de C.U. (designado por el presidente Alemán como su representante para el acto), y su equipo: el ingeniero Luis E. Bracamontes, gerente de obras y Almiro P. de Moratinos, gerente de relaciones públicas, a quien según Carlos Lazo[4] se debe la idea de utilizar la piedra volcánica que sobraba para construir los célebres frontones que junto con el estadio olímpico tanto alabó Frank Lloyd Wright. En descrédito de las palabras de Lazo, los frontones se habían incluido en el programa general para la Ciudad Universitaria, desarrollado por José Villagrán García y Enrique del Moral, en noviembre de 1946.

En la mesa de honor también estuvo presente el ingeniero Bernardo Quintana, gerente de Ingenieros Civiles y Asociados (ICA), empresa fundada en 1947, y Atilano Morales representando a todos los trabajadores. Frente al templete se habían colocado tantas mesas que su longitud rebasaba los tres mil metros, la misma distancia que centenares de personas recorren todos días al ejercitarse en la avenida Colegio Militar, en la primera sección de Chapultepec.

Bernardo Quintana habló a nombre de las empresas constructoras y resaltó que la mano de obra y el 97% de los materiales empleados eran de origen nacional. Después, Atilano Morales dirigió un discurso donde agradeció a Miguel Alemán, a los administradores de C. U. y a las empresas constructoras por las prestaciones y los beneficios otorgados, lo que no resultaba un agradecimiento vacío u obligado, pues los trabajadores recibían una alimentación diaria consistente en un caldo, dos tortillas y 300 kilogramos de carne de res, además de contar con dos uniformes, servicio médico, podían asistir a funciones de cine todo los jueves, se les enseñaba a leer y a escribir y eran instruidos, si así lo deseaban, en aritmética, dibujo e interpretación de planos. Ciudad Universitaria no sólo fue un complejo laboratorio para arquitectos e ingenieros, sino que preparó a centenares de maestros de obras y albañiles que continuarían trabajando en las obras más destacadas de las siguientes generaciones de profesionistas de México.

Luego de resaltar la magnitud y la importancia de la obra, Atilano Morales confirió a Miguel Alemán, quien ya antes se ostentaba como “primer obrero de México”, el título de “primer albañil de la patria”. Para finalizar los discursos, Carlos Lazo elogio el orden y la magnífica organización del acto. Después empezó el convite, que fue amenizado por la “cancionista” Verónica Loyo, Fernando Rosas y el mariachi Vargas de Tecalitlán.

El único platillo fue barbacoa. Para que alcanzara se sacrificaron seiscientos borregos, lo que etimológicamente equivale a seis hecatombes, provocando el desabasto de carne y consomé en toda la ciudad de México. Se prepararon tres mil litros de salsa “borracha”, se consumieron medio millón de tortillas y treinta mil cervezas bien frías. Dada la importancia del acto, todos los trabajadores recibieron ropa y zapatos nuevos de parte de la gerencia. Fieles a la vieja costumbre, hicieron estallar entre veinte y treinta mil cohetones. La seguridad del acto fue responsabilidad de los miembros del Pentatlón Universitario. Al término de la comida no se reportó ningún incidente.

Si actualmente construir un monumento como la Estela de Luz, que pone al descubierto irregularidades e improvisaciones, contando con recursos infinitos, un desmedido apoyo político y nuevas tecnologías constructivas tarda quince meses en completarse, hay que resaltar que en materia de números y estadísticas la Ciudad Universitaria nos sigue sorprendiendo porque la velocidad con que fue levantada no demeritó su calidad espacial, compositiva y constructiva, ni se sabe de malos manejos o funcionarios que se hayan enriquecido en el trascurso de las obras, al menos de forma evidente.

Los hechos saltan a la vista: en ocho meses se concluyó el estadio Olímpico, con capacidad para ochenta mil espectadores; la Torre de Ciencias y el largo edificio que agrupa las facultades de Filosofía y Letras, Derecho y Economía se completaron en 120 y 129[5] días naturales respectivamente. Si tomamos en cuenta que tras superar toda clase de obstáculos la primera piedra del conjunto fue colocada el 5 de junio de 1950[6] (Miguel Alemán inauguraría simbólicamente el campus el 20 de noviembre de 1952, estando prácticamente casi todos los edificios concluidos o en proceso de terminación), y que Adolfo Ruiz Cortines entregó oficialmente las nuevas instalaciones a la UNAM el 22 de marzo de 1954, Ciudad Universitaria demoró poco menos de cuatro años de trabajo ininterrumpido para concluirse, a un costo de 120 millones de pesos.

¿Qué hubiera pasado si los responsables de la Estela de luz hubieran organizado una comida para celebrar el 3 de mayo? Además de causar un incremento considerable en el costo final de la obra, debido a la contratación de un chef catalán que hubiera preparado platillos franceses e italianos, se habría lamentado la muerte por intoxicación de la mitad de la plantilla laboral debido al mal estado de los alimentos adquiridos a una filial radiactiva de la extinta CONASUPO.

A sesenta años de distancia, todos estos hombres apellidados Pani, del Moral, Lazo, O´Gorman, et al, o bien eran gigantes o los arquitectos del presente son demasiado cortos.

 

*Este texto se publicó originalmente en el número 55 de la revista Casa del Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) correspondiente al mes de mayo de 2012.

 

[1] Marcos 6, 44.

[2]http://vidayestilo.terra.com.pe/los-banquetes-mas-famosos-de-la-historia,b7cb818d48e4e210VgnVCM10000098f154d0RCRD.html

[3] En realidad los cuatro murales no son una pintura sino la agrupación de miles de piedras de colores, traídas desde todos los estados de México, y que reproducen los dibujos de Juan O´Gorman.

[4] La referencia a la idea de Almiro P. Moratinos se encuentra en el libro Pensamiento y destino de la Ciudad Universitaria de México, editado los días previos a la inauguración simbólica de Miguel Alemán en noviembre de 1952.

[5] En ambos edificios se completó toda la “obra negra” durante los plazos indicados, es decir, lo que respecta a la estructura de concreto o acero sin acabados ni instalaciones.

[6] La primera piedra correspondió al primer edificio que se empezó a construir en CU: la Torre de Ciencias.

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