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LA ÚLTIMA PREGUNTA

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DE CUANDO LA ÉTICA NO SE ENCUENTRA EN NINGÚN LADO

Joseph Roth es quizás uno de los escritores más afamados de la historia de la literatura. Con una pluma febril, Roth no solo narró con maestría la situación social de entreguerras de la Europa Occidental con ese ojo clínico y apasionado que tienen los buenos periodistas, si no que se convirtió ⎯junto a Robert Musil y Hermann Broch⎯ en uno de los autores más emblemáticos de la literatura Centroeuropea del siglo XX.

Quien no haya leído a Roth no comprende buena parte de lo que pasó en el mundo en el siglo pasado, y no estar enterado de la culminación de muchos de los pronósticos de Nietzsche sobre el ocaso de Occidente es estar como cuando Fox sugirió no leer noticias porque las cosas que pasan en el mundo están bien feas.

Pues bien, Roth era así de gran escritor, así de gran periodista y así de alcohólico. Escribió una oda al borracho titulada La leyenda del santo bebedor, una historia autobiográfica de un tipo que malvive en el París de la Segunda Guerra Mundial al lado de una botella del más barato de los aguardientes. Nunca he leído ni una sola reseña o ensayo sobre este escritor en el que se desacredite su trabajo por su adicción; de hecho, La leyenda… es, quizás, el testamento literario de este grandísimo creador. Así, el hecho de ser alcohólico no lo dota de complejidad ni de maestría narrativa (aunque algunos forevers piensen que con chupar y haber publicado en algún pinchurriento suplemento literario los convierte en escritores), ni tampoco le impidió seguir con su oficio.

¿A qué voy con todo esto? Hace unos días me enteré de un desplegado que pagó en enero el señor dueño de TV Azteca (a través de Jaime Ramos Rivera, Director general de comunicación corporativa de Grupo Salinas), acusando a Santa Denise Dresser de andar perjurando en contra de Salinas Pliego, ya que en su última columna del 2014, la paladina máxima de la democracia mexicana acusó al también dueño de Elektra de que si es prestanombres, de que si la licitación con la que ganó el permiso para la explotación de la señal que hoy aloja a TV Azteca fue lo más cochino que se ha visto en un proceso de licitaciones en el país, etcétera, etcétera, etcétera.

El desplegado pagado por el Grupo Salinas se deslinda de tan terribles dichos y finaliza con la siguiente cita: “Sorprende, sin embargo, que con la agudeza de la señora Dresser nunca haya sugerido investigación o duda sobre el proceso que vivió la familia Junco cuando el señor Alejandro Junco de la Vega despojó –robó según algunos- a su propio padre las acciones de El Norte, que dan origen a Grupo Reforma. Y ya que estamos en el hábito de las preguntas ¿Por qué la señora Dresser nunca indagó este tema? ¿Será que teme que esta información sobre su jefe pudiera dar pie a que se haga público el proceso mental que sufrió hace un tiempo, y que fue ampliamente detallado en redes sociales, que la llevaron a internarse en un hospital de Los Ángeles por intento de suicidio? ¿Será que la señora Dresser desea ocultar que muchas de sus inquisidoras preguntas y reflexiones provienen más de un estado emocional alterado que de periodismo serio? Esas preguntas también merecen, para su público, una respuesta clara”.

Como este tipo de acusaciones, muchos periodistas en el país han sido señalados de cometer faltas que los colocan en una supuesta situación frágil para desempeñar su oficio: que si Santa Carmencita no tiene título profesional ni cédula ni nada. Que si Pedro Ferriz le puso el cuerno a su mujer. Que si Eduardo Ruiz Healy es un golpeador de mujeres. Y así la lista.

Lo interesante aquí es que la narrativa es muy distinta cuando esos defectos tienen que ver con otro tipo de personajes públicos, sobre todo si se trata de la vituperada y caduca clase política: que si Fox toma chochos, que si Calderón es alcohólico, que si Peña tiene cáncer y ya pronto se nos va al Reino de los cielos. Entonces esas condiciones de “decadencia” y “degradación” se vuelven una amenaza de seguridad nacional. Si son ellos, los periodistas, los que se ven aquejados por un resbalón ético o moral, eso no importa porque su trabajo, que es el de comunicar, no se ve amenazado por eso que en ellos son problemitas sin importancia.

Lo anterior me suena absolutamente descabellado, es decir, hay un torrente de rencor que vuelve “los pecados” de primer y segundo nivel dependiendo de tu hacer en la vida. Sí, es cierto que quienes nos gobiernan y quienes tienen que ver con la política son, en el 99.9% de los casos, mierda líquida, pero eso no significa que los periodistas no lo sean; o que en ese 99.9% no haya alguien que se conduzca con rectitud; o que esos periodistas que han muerto en pos de dar a conocer lo que realmente pasa en sus municipios con respecto al tema de las drogas y las autoridades sean más que héroes; o algunos de ellos hayan estado enredados en esa cadena de corrupción.

Lo que quiero decir con todo esto es que, en realidad, lo que priva es un discurso de odio en el que se privilegian, siempre, los poderes fácticos, que en este país ya no solo tienen que ver con los empresarios o con los dueños de los medios de comunicación, sino con quien controla las drogas y a los políticos que coadyuvan a que la situación de ingobernabilidad en términos del tráfico de drogas, armas y personas persista.

¿De qué me sirve saber que la Dresser se quiso suicidar cuando el nivel de crecimiento económico ha sido ajustado, por segundo año consecutivo, a la baja? ¿Qué mejoras hay en las condiciones de mi entorno, de la calle en la que vivo y en la que han asaltado a la mayoría de mis vecinos, el rectificar que a Calderón sí le gusta mucho empinar el codo acompañado de un buen tequila? ¿A qué abonan estas descalificaciones y estas exposiciones de las vidas privadas de los actores públicos de nuestra sociedad? La neta, no creo que más que a engordar las carteras de los dueños de los medios, quienes siguen con éxito la máxima esa de: “Al pueblo, pan y circo”. La forma más inmediata de trascender siempre está en la descalificación del otro. Y en este caso, quien saca provecho de esa situación son, otra vez, los dueños de los medios a través de sus también desacreditados peones, es decir, los opinionólogos y comparsas.

México hoy está concebido en rabia, en odio y en hambre, sí, pero la rabia, el hambre y el odio que importan son las de los ciudadanos, no los de la narrativa inventada por el círculo rojo, quienes están ahí, peleándose con uñas bien afiladas en manicures de salones de Polanco que el 95% de la gente no puede pagar. En la agresión de las altas esferas de poder, digamos políticos, periodistas, analistas, etcétera, siempre hay una embestida enmascarada: condenan en otros lo que hacen ellos mismos.

Es lamentable sentarse en una mesa donde las opiniones que emiten los ciudadanos giren en torno a lo que dijo en la mañana Carmencita o, los más grillos e institucionales, en el comunicado de prensa de Manlio Fabio Beltrones, porque los dos polos están plagados de una realidad que no es la nuestra, que no está construida con nuestro sentir, ni con nuestra cotidianidad ni con nuestros ojos. Esas pláticas son tan absurdas como imaginar a alguien, que ha leído a Roth y le ha gustado, descalificarlo porque escuchó en una mesa así, muy crítica, muy de intelectuales, que la obra de dicho escritor es menor debido a su alcoholismo.

Decía Rochefoucauld: “Cuando nuestro odio es demasiado profundo, nos coloca por debajo de aquellos a quienes odiamos”. ¿Qué mejor resumen de la dialéctica que hay entre medios y política que la formulada por el escritor francés?

Al fin, todos, una misma mierda.

Hoy, por cierto, no tengo última pregunta.

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