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NO POR MUCHO DECORAR SANTA LLEGA CLAUS MÁS TEMPRANO

Este año que he vivido en Oxford, una de mis mayores curiosidades era ver de qué manera la Navidad se manifestaba en la ciudad. Mi experiencia chilanga me ha enseñado que para los supermercados, las tiendas departamentales y todo su mecanismo mercadotécnico la Navidad convive perfectamente y sin fricciones con la conmemoración de la (a veces cuestionada) Independencia de México, con la celebración del Día de Muertos y la adoptada (aunque repudiada por algunos) fiesta de Halloween. A mí me rechoca esa supuesta coexistencia.

Me irrita la yuxtaposición y fárrago que generan las tiendas y sus anuncios, en primer lugar, porque desconciertan mi tendencia (ligeramente obsesiva) hacia el orden. Si antes de diciembre está noviembre y primeramente llega septiembre, ¿por qué demonios la decoración y parafernalia de esas fiestas debe cohabitar?. La única excepción que celebro, donde el Halloween y la Navidad se avienen exitosamente, se trata de The Night Before Christmas (o El extraño mundo de Jack).

Dicha proximidad y mezcla me crispa, en segundo lugar, porque son tácticas para inducir a la gente a que gaste su dinero. Si el Pan de Muerto se prepara para fechas específicas y conocidas por todos, ¿cómo explicar caer en la tentación de comerse uno a mediados de septiembre? ¿Cómo? Al hacerlo, así como al participar de la prematura exhibición y la compra precoz de arreglos navideños, ya no digamos de la Rosca de Reyes, siento que se merma la particularidad de las festividades; en otra palabras, estamos choteándolas, desgastándolas. ¿Cómo pueden conservar su carácter especial si, por ejemplo, sus platillos o postres característicos están disponibles meses antes? Hay un tiempo y un plato para el pozole, otro para el pan de muerto y uno más para los romeritos. ¿O no? ¿Será por eso que las personas en México decoran sus casas desde noviembre? ¿Será que estas festividades están a punto de reducirse a meros intercambios económicos? Espero que no.

Quizá soy una nostálgica. Cuando era niña, todo me parecía más compartimentado y la Navidad era una época que esperaba con ansia. Mi estancia en Oxford ha exacerbado mis preguntas y dudas. Acá no existe una yuxtaposición y mezcla tan evidente del lucro con las festividades, acaso desde mi perspectiva chilanga lo encuentro más discreto. El Halloween, por ejemplo, comenzó a anunciarse en las tiendas a finales de septiembre. En el supermercado que frecuento vendían dulces y decoración relacionada con el tema; mientras que en una de las papelerías de mi barrio tenían disfraces para niños y adultos; en Primark, una tienda departamental bastante baratita (que a mí recuerda a Suburbia) vi unas camisetas negras con esqueletos estampados que brillaban en la oscuridad. Tan pronto se acercaba el fin de octubre, los productos remanentes fueron puestos en rebaja, porque los productos navideños se asomaban en algunos anaqueles, pero el espacio que ocupaban ni siquiera era un tercio de las mercancías de Halloween, práctica imposible de imaginar en las cadenas de supermercado en México, se me ocurre.

En cuanto comenzó noviembre las mercancías navideñas fueron cada vez más visibles en las tiendas y los catálogos proliferaron, pero no la decoración alusiva a la festividad en esos establecimientos. Hasta que pasó la mitad de noviembre las tiendas y cafeterías se vistieron de navidad en sus aparadores así como en su interior. Este atavío coincidió (y no es fortuito) con The Christmas Light Festival (El Festival de las Luces Navideñas, del 21 al 23 de noviembre).

El festival se trata de una serie de eventos gratuitos, como la presentación de los coros de la ciudad o de un dj, en distintas sedes, por ejemplo una plaza, la sede de gobierno, los museos o las tiendas, para celebrar el encendido de la decoración en las calles en el centro de la ciudad. No sé si la decoración siempre es tan austera, pues consiste en luces blancas a manera de guirnaldas hechas de foquitos con una esfera compuesta por los mismos en medio. Las guirnaldas penden de un edificio a otro en las calles principales del centro de Oxford.

En contraste, para el 9 de diciembre pocas casas exhibían su decoración navideña. La mayor parte lucen un arbolito engalanado en sus salas, otras, las menos, adornaron con luces multicolores los árboles o arbustos de sus jardines. Eso sí, solo he visto una casa iluminada hasta al techo (al mejor estilo de mi barrio en Naucalpan) y lo que afortunadamente deslumbra por su ausencia son esos espantosos inflables con formas de arbolito de navidad, muñeco de nieve, reno, trineo o Santa Claus. A mí esta mesura en la ornamentación me hace pensar que entre los habitantes de Oxford no cunde la prematura exhibición navideña, así como la proximidad y fárrago con el Halloween no abunda en sus tiendas. No por mucho decorar llega Santa Claus más temprano.

Cierto es cuando la decoración en la ciudad se encendió parece que se enardeció el ánimo consumista. La cantidad de gente que anda en las tiendas comprando regalos ha aumentado constantemente. Según la BBC, en la Gran Bretaña los primeros picos de la temporada de compras fueron el Black Friday (práctica importada de Estados Unidos) y el primer lunes de diciembre, ese día las compras vía internet fueron las ganonas. La inercia culminará en Boxing Day, el 26 de diciembre, día cuando las tiendas ofrecen las mejores rebajas de todo el año.

No creo para nada que la celebración de la Navidad en Oxford sea más pura, ni menos manchada por el consumismo. Tampoco sé si la poca yuxtaposición con Halloween sea deliberada. Sin embrago, sí percibo menos espaviento, más contención en la anticipación de la fiesta navideña.

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