IN THE SHIRE

VERANO, TRÁNSITO Y AUSENCIA

Para todxs mis amigxs (pocxs pero macizxs).

En Oxford durante el verano van y vienen tres tipos de personas. La primera especie son los turistas, que llegan a fotografiar y tomarse selfies con los edificios representativos de la ciudad y de la universidad, cuya mayoría está ubicada en el centro, alrededor de High Street. La segunda especie la conforman los adolescentes, que provenientes de diferentes partes del mundo y enviados por sus solventes padres, asisten a los cursos de inglés que distintas instituciones ofertan.

La experiencia de los turistas en Oxford es externa como en cualquier parte del mundo. Yo misma he sido turista. Sé que a pesar de tener la mejor disposición y una genuina receptividad a la vivencia del lugar que se visita, su brevedad impide apreciar hábitos, costumbres, la temperatura del aire a lo largo del día, la diversidad de sus flores y si no valorar, al menos reconocer las diferencias. A los turistas se les reconoce por la vestimenta —si hace calor usan bermudas, si llueve traen paraguas— y porque entran a todas las tiendas de recuerditos que se les atraviesan en su andar.

Mientras que la experiencia de los adolescentes me resulta más lejana, porque yo nunca he estudiado en el extranjero, hace muchos años que dejé de ser adolescente, mis padres nunca tuvieron el dinero suficiente para mandarme a experimentar otra cultura fuera de mi país y viajé fuera de México por primera vez cuando era una joven mujer adulta. Ignoro hasta qué punto la muchachada puede advertir que están en una de las principales capitales del conocimiento y la investigación. Acaso para ellos sea más relevante esta ciudad porque fue la locación para varias escenas de las siete películas de Harry Potter. A los adolescentes enviados a estudiar inglés se les identifica no sólo por cierta indeterminación en sus rostros o en sus cuerpos, sino porque son muy escandalosos, destilan hormonas, todos cargan con un distintivo de la institución donde están estudiando —una credencial, una mochila de color brillante— y porque no saben andar en transporte público (se quedan parados en la entrada del camión), ni saben caminar en una calle transitada, van papaloteando para desesperación del resto de los transeúntes que sí sabemos a dónde vamos. No es una casualidad que me recuerden a los estudiantes de primer ingreso de licenciatura en mi amada Facultad de Filosofía y Letras, que cada inicio de ciclo escolar provocan la impaciencia de todos por su lentitud al desplazarse por los pasillos de Filos.

Tanto los turistas como los adolescentes de las escuelas de verano están de paso. Ambos tipos de personas quieren comprender la ciudad para moverse en ella por algunas horas o días. Su conducta puede resultar engorrosa, pero es breve. En cierta medida beneficia a la ciudad por los servicios que consumen.

El tercer tipo de personas que parten durante el verano en Oxford son los amigos. No me refiero a aquellos que aprovechan el hospedaje gratuito en nuestro departamento para visitarnos a mi esposo y a mí y de pasadita conocer la ciudad, que los ha habido y son bienvenidos. Me refiero a los amigos que se hacen inmersos en una cultura ajena, en una ciudad ubicada en otro continente (al mío por lo menos) y que no comparten conmigo, ni yo con ellos, la misma lengua materna, sino que recurrimos a la mediación de otro idioma, el inglés, para comunicarnos. En estas condiciones la excepcionalidad de la amistad se condensa.

A los amigos no se les identifica por el tipo de ropa, o porque usen un paraguas cuando llueve, tampoco porque sepan a dónde van. Amasar una amistad requiere la combinación precisa como desconocida de varios elementos, por ejemplo la personalidad, los intereses, el tiempo compartido y la disposición, esa agüita que la alimenta. Esa mezcla casi mágica genera esa especie maravillosa de personas, los amigos, seres en quien confiamos y que a su vez se fían de nosotros, de cuya compañía disfrutamos, que nos hacen sentir acompañados y nosotros a ellos.

Los amigos se van de Oxford en el verano, porque es una temporada de vacaciones que permite transitar de un grado académico a otro, o al mundo laboral, pero también de un trabajo a otro (acá los contratos permanentes no son la norma y hay que buscarse el sustento). Quizá sea la mudanza de una ciudad inglesa a otra, quizá a otro país o continente. Los amigos que se van de Oxford son esos que conocen pubs escondidos cerca del río, esos que saben donde comprar buen pan y que valoran la BBC porque tampoco tienen buena televisión de calidad en sus países de origen. Los amigos que se van de Oxford durante el verano hacen pensar en la mudanza propia.

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