IN THE SHIRE

BASEL
Martha Patricia Reveles

La primera visita una ciudad es un preludio. Él dirime si se regresará o no a profundizar la relación. Tengo una lista de ciudades a la cuales pretendo volver: Basel, Budapest, Florencia, Londres, París, Río de Janeiro, Sevilla y Sidney. Un encuentro no bastó.

Al terminar el congreso en que mi esposo participó, él y yo nos fuimos a Basel (o Basilea), en Suiza. El traslado lo realizamos sólo por tren. Aunque es un medio de transporte cómodo y estético (porque permite ver el paisaje circundante y, en lo personal, puedo estirar mis largas piernas), resulta muy cansado cambiar tres veces de convoy con todo y maletas. Fuimos de Bad Honnef a Konblenz, de éste a Frankfurt y de allí a Basel. Ver el mundo tiene sus retos.

Esta fue mi segunda visita. La primera vez que estuve en Basel fue hace tres años. Mi novio de entonces (ahora mi esposo) y yo asistimos a la boda de un amigo en Serbia. Después de unos días en la hermosa Budapest visitamos a una amiga que reside ahí. En esta segunda ocasión, como en la primera, decidimos ir a Suiza porque la representación cartográfica del mundo es engañosa, el continente europeo no es tan grande como parece y sus ciudades están muy bien comunicadas entre sí.

Durante mi introducción a Basel experimenté el transitar por tranvías (su forma de transporte público) y los puentes que cruzan el Rhin y conectan la ciudad. Vi el Rathaus, un edificio rojo decorado al estilo art nouveau, donde se concentra el gobierno de la ciudad y que flanquea la Markplatz, una plaza donde se vende comida, como un tianguis pero a la suiza. En esa primera vez entré a una tienda de juguetes a la que regresé en mi recuerdo varias veces, escuché su llamado a misa a las nueve de la mañana los domingos, que parece un concierto de campanas cuyo sonido traspasa el cuerpo, y comí flatbread, una especie de pizza pero más delgada, un pan plano sobre el cual se pone queso y otros ingredientes como salmón, hongos, espinacas, peras etcétera, y que se cocina al horno. El flatbread fue mi granada, como la que Perséfone probó y que le hace retornar al inframundo al lado de Hades, pero con más sabor y calorías.

En esta segunda visita, al inicio del verano, Basel nos recibió con un calor que nadie se imagina en Suiza. Esos días la temperatura estuvo cerca de los treinta grados centígrados y la potencia del sol nos obligó a usar bloqueador solar. El buen clima alegra a los europeos; en Basel lo constaté viendo a la gente, en su mayoría jóvenes veinteañeros, meterse al río para ser llevados por la fuerza de la corriente, no se nada en sentido estricto en él, y refrescarse durante el trayecto. Las personas se reúnen a orillas del Rhin a tomar el sol, platicar, beber, fumar y hasta comer, ya sea que se compre comida en los negocios que ahí se encuentran o que lleve la propia para celebrar un picnic.

Si en la parte previa de mi viaje, en Bad Honnef, comí y caminé, en Basel pude convivir con los locales, probar su comida e ir al museo. Mi excursión por la panadería y los quesos prosiguió. El esposo de nuestra amiga es suizo, lo cual nos dio acceso a probar, por ejemplo, el raclette. Se trata de queso derretido sobre diferentes alimentos, como papas, carnes frías, pepinos y cebollas de cambray encurtidos. Se prepara derritiendo el queso en sartencitos individuales (coupelles), uno por persona. El sartencito se mete en una especie de hornito eléctrico, cuando el queso se ha derretido se vierte sobre los alimentos y se come. Conocí también el desayuno suizo, que consiste en cuernitos con mermelada y pan con queso, unos suaves, otros maduros y unos más para untar (la variedad suiza es riquísima en sabor y diversidad).

La pareja de nuestra amiga forma parte de un club que participa en la celebración del carnaval cada año en la ciudad. Por eso, asistimos a la cena mensual que organizan para recaudar fondos. La comida estuvo deliciosa, pero lo que más me impresionó fueron dos bebidas: el waggis (vino blanco con agua quina, sí, leyeron bien y no sabe nada mal) y el appenzeller (digestivo, o sea sirve para el desempanze, preparado a base de cuarenta hierbas, que me recordó al licor de Damiana).

Los días que pasamos en Basel, nuestra amiga y su esposo no pudieron estar todo el tiempo con nosotros debido a unos compromisos previos, pero la ciudad se ofrece para continuar la relación y es fácil, con seguridad se puede caminar o usar el transporte público. Resulta atractiva por su origen romano, por ser la sede de varias farmacéuticas, por sus dos orquestas y por sus museos. A mí me interesaba visitar el Kunstmuseum, porque es una de mis actividades favoritas cuando viajo, pues no todo es comer. Se trata de uno de los museos públicos más viejos de Europa, pero como lo están renovando algunas de las piezas han sido colocadas en otros museos de manera temporal.

En el Museum der Kulturen (Museo de la Cultura) está la exposición Holbein. Cranach. Grünewald, la colección de obras realizadas por la familia Holbein es una sola razón para visitar Basel. Mientras que en el Museum für Gegenwartskunt (Museo de Arte Moderno) se exhibe Cezánne to Ritcher. Masterpieces from Kunstmuseum Basel, esta exposición presenta un recorrido que parte de los pintores que rompieron con la academia (Paul Cézanne), pasando por los impresionistas (Monet, Renoir), Van Gogh y las vanguardias (Picasso, Braque, Kandinsky, Nolde, Klee) para llegar al abstraccionismo de Fontana y de Ricther.

Esta segunda visita a Basel fue el primer aparatado de una relación que espero se prolongue durante los siguientes años. La segunda estancia deja la sensación que hay partes por descubrir, por ejemplo, no pude entrar al Kunstmuseum. Apenas estoy comenzando a conocerla.

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