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CARIÑO COMPRADO

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EN DEFENSA DE LOS CROCS

Me voy enterando de que los Crocs están considerados como el método anticonceptivo más seguro, por encima de las pastillas y los condones: 100% de efectividad. En la red encontré cientos de memes que hacen escarnio de aquellos que como yo usamos Crocs. Nos llaman seres sin dignidad, perdedores, nacos… Uno de tantos memes dice, en inglés: “Si los usas y ella sigue saliendo contigo… ella te ama”. Para quienes se hagan la pregunta con cierto dejo de sarcasmo, permítanme responderles: desde la compra del par de Crocs no me ha ido mal en materia de amores, partidos nunca me han faltado.

En el fondo ya sospechaba de la actitud hostil de los censores de la moda, pero quizá preferí evadirme haciendo oídos sordos a sus provocaciones o burlas que resonaban a mi espalda. No me arrepiento de haber comprado el par de Crocs rojos que desde hace más de diez años me han acompañado y con los cuales salgo a caminar.

La época en que vivimos, gracias a las redes sociales, es tan permisible que cualquier persona puede exponer, en vivo y a todo color, su ideario político-religioso-cultural, y erigirse como juez, conciencia social, activista, promotor cultural, científico y hasta médico. Y en materia de moda, todos tienen a Coco Chanel en la cabeza, mezclada con una desvergonzada capacidad de dictar leyes y emitir condenas. Con sus Doc Martens bien puestos, o en su defecto un par de Converse mugrosos a más no poder, estos dioses de las pasarelas, la alta costura y las buenas conciencias, han decidido desterrar a estos zapatos del guardarropa, a través de una cruzada difamatoria que por medio del injuria y la humillación pretende atemorizar a quienes han optado por llevarlos bien puestos. En una metáfora cristiana, quienes se ponen Crocs se han convertido en una secta que debe usar este calzado lejos de miradas furtivas y acechantes, en la intimidad de su casa, con los suyos, so pena de perecer en las sangrientas arenas del Coliseo de la opinión pública.

Los Crocs son un híbrido que se obtiene de la cruza de un mocasín y un huarache. Elaborados con un polímero de alta resistencia que los hace casi indestructibles, aunque a sus más acérrimos críticos les cueste aceptarlo, su aparición sacudió un mercado repetitivo y gris en el que, en apariencia, no podían emprenderse más innovaciones que no fuera combinar colores o emplear materiales especiales y hasta espaciales. La industria del calzado le debe mucho a los Crocs.

Por otro lado, su limpieza no requiere de ningún esfuerzo, pues basta con colocarlos debajo del chorro de agua y aplicarles un poco de jabón para que luzcan como nuevos, ni tampoco hay que esperar a que el sol termine de secarlos: un trapo seco es más que suficiente. A quienes tanto preocupa el tema ecológico, quizá les interese saber que si se ponen Crocs dentro de la ducha, la misma agua que usan para bañarse limpiará su calzado, cosa que no pueden hacer con otros tenis o zapatos.

Desde el punto de vista económico, su alta resistencia los hace muy duraderos. Mis Crocs han visto desfilar hacia la decadencia a varios pares de Converse, Adidas y Flexi que ya reposan en algún relleno sanitario, lo que me ha permitido ahorrar mucho dinero para usarlo en otra cosa. ¿Más ventajas? Como no necesitan de agujetas, no se invierte ni tiempo ni esfuerzo en hacer nudos, ni tampoco se acarrea polvo o bacterias que viven felices en los cordones y que después causan enfermedades.

En los años ochenta se condenaba a la horca a quienes se atrevieran a usar calcetines blancos con zapatos negros, a pesar de que Michael Jackson, el rey de pop, lo hizo una y otra vez y nunca nadie lo tachó de naco. Por desgracia este tipo de prohibiciones se extiende hasta nuestros días. Sólo cambia el contexto y el chivo expiatorio: hoy son los Crocs, mañana será otra cosa.

En estos momentos hace falta que una figura relevante enarbole la bandera Croc para que todos aquellos que se esconden en sus casas salgan a la calle de una vez por todas, sin temor a ser ofendidos o criticados. Y no sólo se trata de desafiar a un sistema dogmático que nos mira como apestados o portadores del ébola, sino de hacerles ver a los puristas y a las buenas conciencias que cada quien puede hacer de su vida un papalote.

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Estudió arquitectura y para su sorpresa recibió el título correspondiente. Tuvo ganas de escribir y, para bien o para mal, lo sigue haciendo. Es autor de la novela El jardín de las delicias (Jus, 2009), colabora mensualmente en Casa del Tiempo, revista de la UAM, y de vez en cuando en Laberinto, suplemento del periódico Milenio. Es fundador y director general de Metrópoli Ficción.

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