AQUÍ ES LA FILA PARA LUCHAR

Miro a José llegar. Se nota apurado, nervioso, aunque creo eso no es nada raro en él. Son las 6:15 y la clase se supone debe comenzar a las 6:00 en punto, no más, no menos. Trae, como es su costumbre, una bermuda de mezclilla -antes era pantalón- y unos tenis viejos y planos, que no cubren en nada el tobillo. Un día puede lesionarse.

¿No ha llegado nadie? Le contesto que no, que es raro. Nos miramos como esperando descubrir, uno en el rostro del otro, que tal vez nos equivocamos y en realidad es lunes, no martes. Se sube al ring por la esquina y parece querer entrar de bandera, pero otra vez, también como es su costumbre, le gana el miedo, suelta una sonrisa (más para sí mismo que para alguien más) y entra en medio de la segunda y tercera. Una vez arriba voltea para todos lados y comienza a estirar brazos y piernas, luego comienza a hacer juego de cuerdas y la tensión en su cara parecer desvanecerse. Estoy a punto de decirle que lo está haciendo mal, que hay que salir con el pie derecho y agarrar las dos cuerdas, la segunda y la tercera -con la mano izquierda y derecha, respectivamente- y no solo una, por si llegara a reventarse, digamos, la tercera, aún queda la segunda. No lo hago, no quiero que piense que alguien que apenas tiene dos días entrenando con ellos quiere mandar, hacerse el sabihondo.

El maestro es alivianado, es buena onda, ¿verdad? Le digo que sí, que eso siempre se agradece. Para eso venimos, le digo, para equivocarnos y que él nos corrija, que nos enseñe todo lo que sabe. Asiente y sigue haciendo juego de cuerdas, sólo se detiene cuando ve llegar Pedro; él ya ha luchado, ya debutó -con el nombre de Diablo- y hasta le pagaron: cien pesos, pero recibir un peso, uno solo, ya es algo que muchos quisiéramos, y más por luchar.

Pedro sube al ring y entra, él sí, de bandera. José y yo lo miramos, hasta con cierta envidia: a mí nunca me ha salido ese movimiento, ni en este ring ni en el otro que estaba. Debe ser que el miedo me sigue haciendo pesados los pies, debe ser eso: los que más avanzan son los que menos miedo tienen. Eso lo he visto y lo he comprobado.

Llega Andrés -él es mecánico- y sugiere que empecemos la clase, que tal vez el maestro no llegue. El carro del maestro andaba fallando, ¿sí te acuerdas que lo fuimos a recoger allá por la glorieta? Pedro asiente y yo, como es mi costumbre, me siento aislado, ajeno al grupo. Siempre me ha costado mucho incorporarme a los grupos ya formados, y muchos hasta han creído que lo hago por mala actitud, que me siento superior a ellos, pero de eso no hay ni un gramo de verdad.

Empezamos. Andrés lleva el entrenamiento. Maromas al frente, dos rondas, de esquina a esquina, en diagonal; luego maromas hacia atrás, también dos rondas, y después de tres cuartos, sobre el hombro. Luego, parece no saber qué más hacer. Pero más que no saber es una cierta timidez para traspasar la zona de las marometas; casi a cualquiera, después de dos o tres días, comienzan a salirle las marometas, pero ya lo demás, algunos ejercicios -tirar candados, o proyectar a alguien de yegua o de derribe japonés- es algo que, si bien logramos hacer, parece ya algo que solo le pertenece a los luchadores. Afortunadamente para él, y en realidad para todos los que estamos -llegaron dos más, a los que nadie parece apreciar mucho- vemos venir el carro del maestro. Nos detenemos, y algunos aprovechan para ir al baño. El maestro se toma diez, doce minutos en llegar, saludarnos de mano a cada uno, ir al baño, cambiarse y ponerse sus muñequeras y rodilleras.
Empezamos de nuevo. Como ya hemos calentado ya no nos hace dar diez vueltas al ring ni las cincuenta sentadillas que normalmente hacemos. Volvemos a maromear, esta vez detrás de él. El cómo nos acomode es un sistema de clasificación. Hasta delante de la fila, detrás de él, siempre va el más avanzado. Esta vez soy el tercero, después de Andrés y Pedro; detrás de mí los dos a quienes no conozco. En el último lugar, José, que no oculta -no quiere- ocultar que está molesto porque apenas llevo dos clases con ellos y ya lo rebasé. Quisiera decirle que no hay vergüenza en ello, que yo ya había entrenado antes, que cuando apenas empezaba me la vivía en la última parte de la fila. Pero no lo creo necesario, no veo el motivo.

Después de las marometas viene el juego de cuerdas en parejas: uno de nosotros hace juego de cuerdas y pasa por debajo del compañero, quien tiene que brincar lo más alto que pueda y abrir las piernas tanto como le sea posible; después cambiamos. La segunda etapa es hacer juego de cuerdas y pasar con salto del tigre, o maroma de tres cuartos, sobre el compañero, quien tiene que marcar la planchita, quedar tendido casi pegado a nosotros. La tercera es hacer, otra vez, juego de cuerdas, pero esta vez dejar que el compañero nos proyecte con derribe japonés, en el que él usa la cadera y nosotros tenemos que salir de tres cuartos. En todo esto, olvidé decirlo, es importantísimo el registro, esto es, golpear la lona con las palmas para que el impacto no se vaya al cuello o la espalda y, además, el sonido dé fuerza y presencia al movimiento.

Cuando terminamos, el maestro vuelve a acomodar la fila, con base en nuestro desarrollo en el ejercicio anterior. Soy el segundo de la fila, sólo detrás de Andrés. Pedro parece molestarse; José, por su parte, luce aliviado de no ser el único al que han “desplazado”. Ahora trabajo con Andrés, sumamente fuerte y alto, con un cuerpo que parece haber nacido para esto. Hacemos toma de réferi, rompemos el agarre y proyectamos al rival con látigo irlandés, lo seguimos y, cuando se levanta, ya lo estamos esperando con un derribe a una pierna. Finalizaremos, y esto el maestro nos lo deja a elección, con cruceta o la llave que ya nos sepamos. Me pregunta si ya me sé alguna, le digo que sí. Trabajamos a nuestro ritmo: el maestro ha bajado del ring para atender otra llamada y eso nos ha ayudado a estar menos tensos, y a hacer las cosas mejor. Los otros dos muchachos -de quienes ni siquiera conozco el nombre- trabajan en un extremo del ring; nosotros en el opuesto. Me gusta esta expresión, “nosotros” es la primera vez que estoy dentro de esta palabra y no fuera de ella. La soltura con la que hago las cosas es exactamente igual a la que me falta para reír de las cosas que ellos ríen, de poder hablar ya sin barreras. Pero vamos un paso a la vez, me digo.

Termina la clase; esta vez el maestro no nos permite entrenar más, dice que le han pedido cerrar temprano el salón de fiestas donde está el ring. Nos despedimos de mano de él, aprovechamos para pagar los 15 pesos de la clase. Nos vamos, Pedro viene en bicicleta y se va para el mismo lado que Andrés. José y yo caminamos al lado opuesto.

A veces sí están difíciles las cosas, ¿verdad? Le digo que sí, que hay días buenos y días malos. Tú ya habías entrenado antes, ¿verdad?, le confirmo lo que piensa, le digo que llevo más del doble del tiempo que me hubiera gustado tomarme para aprender lo que ahora sé, que, aunque poco, me permite desenvolverme en el ring y, por fin, gozar una clase en vez de sufrirla. Luce aliviado. Conozco esa expresión, es la que te deja el decirte a ti mismo “no estoy tan mal, a lo mejor, después de todo, sí podría llegar a ser luchador”. Creo que el chiste es divertirse, le digo, pero está muy distraído gozando el triunfo de saber que el que hoy lo “rebasó” en la fila es alguien que ya había entrenado, y que eso es como hacer trampa.

Nos despedimos frente al puesto de papas fritas de su familia, donde, desde antes de entrenar juntos, lo había visto. Ahí siguen los posters de luchadores, un tanto opacos detrás de la grasa de meses, años, de freír papas. Ray Mendoza, Rayo de Jalisco, Solitario, Fishman, Dr. Wagner: una cronología de la lucha libre en la pared de un negocio. Su papá lo recibe y alcanzo a escuchar que le pregunta cómo le fue. José sacude la cabeza, sonríe. No sé si sea casualidad, pero todos los que están en esas imágenes tienen un junior, o son los sucesores de alguien. A lo mejor José quiere avanzar rápido porque el ser luchador sería un gozo no sólo para él, sino para quien lo cubre en el puesto los martes y los jueves de 6:00 a 8:00 pm. Creo, aunque no estoy seguro, que a José le urge ser luchador porque es un sueño que está en su familia desde mucho antes que él naciera, y que por más delante de la fila que esté, siempre sentirá estar quince, veinte años tarde.

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