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EL AUTOMÓVIL GRIS

Durante el gobierno de Victoriano Huerta surgió un grupo de la delincuencia organizada, como ahora se dice, conocido como La Banda del Automóvil Gris. Sobre éste trata una de las primeras películas del cine mexicano, aunque enfocada en su actividad durante el novel régimen revolucionario de Venustiano Carranza, en 1915.

La película El Automóvil Gris, fue estrenada como una serie de doce cortos seriados en 1919. Se reestrenó en 1933 editada como largometraje que resulta visualmente bastante afortunado, pues es imperceptible la seriación capitular previa. Sin embargo, una posproducción de mediados de los años cincuenta, que es la disponible en nuestros días, les da voz innecesariamente a los personajes con un doblaje semejante al de una radionovela. Ante ello, pude hallar como remedio devolverle su carácter silente con ayuda del botón mute y aprovechando la opción de subtítulos.

Los hechos delictivos presentados y representados en la película corresponden al mandato del presidente Venustiano Carranza, en 1915. La banda la constituyen alrededor de una decena de tipos que se visten como militares para cometer sus delitos y se trasladan en un automóvil gris, lo que les dio su particular característica para el reconocimiento público, en una ciudad y una época en que la mayoría de los coches eran tirados por caballos.

Los bandidos tocan la puerta del domicilio de alguna familia adinerada identificada previamente y presentan una orden de cateo. Al ingresar, engaño de por medio, someten a las víctimas y se apoderan de dinero y joyas. No dudaban en torturar a quien no quisiera confesar dónde guardaba los valores. Pero no sólo comenten robo a casa habitación y negocio, sino otros crímenes deleznables, como rapto, violación y homicidio, inclusive el de un niño. La trama nos resulta familiar y de actualidad: el jefe de la banda, Higinio Granda, es agente de la policía. Con un cómplice en la propia Inspección obtiene las órdenes de cateo.

Los criminales llevan una doble vida. Guardan bajo llave sus objetos para delinquir: armas y cloroformo, por ejemplo. Ni siquiera saben mucho unos de otros. Fuera de su actividad delictiva no conviven. Cada uno lleva su vida lo más discreta y ordinariamente posible. A la vez, la ciudad resulta irreconocible, apenas porque pueden verse algunos rótulos como uno que identifica posiblemente a la colonia San Rafael y otro más a San Cosme.

Para los estándares de la época, la película está estupendamente producida y dirigida. Si bien carece de motivaciones artísticas, no descuida en absoluto la dirección actoral y de cámaras ni la edición. De tal modo que resulta más verosímil la narración, no sólo en cuanto al conocimiento de los hechos públicos, sino también respecto a la vida personal y las experiencias de víctimas y victimarios.

Lo que me parece más interesante de la película es su objetivo: no quiere contar una historia —la de unos delincuentes que se volvieron un problema prioritario de seguridad pública—, sino dirigir un mensaje moral a la población; un mensaje de Estado, a la vez: que no habría impunidad para quien violara la ley y fuese una amenaza a la sociedad.

Entonces no estaba muy claro cuál debía ser la función que podría cumplir la cinematografía. El entretenimiento no es el de este rodaje. Ni el arte. Es un auténtico producto de comunicación social gubernamental como muy pocos hay actualmente. Su conclusión es un mensaje contundente por parte del nuevo régimen constitucionalista: hará prevalecer el estado de derecho sin la menor impunidad y nos da una exhibición de ello.

Enrique Rosas, el director, nos da muestra de un funcionamiento eficaz de la corporación policiaca: a una orden del general Pablo González, jefe de Gobierno de la Ciudad, en el plazo de una semana la banda queda desarticulada y en fuga. Unos aprehendidos, otros abatidos y algunos más en fuga fuera de la capital. Pero a todos les llega la hora gracias a la labor de los agentes de investigación.

La escena final, la del fusilamiento de los miembros de la banda, es auténtica; es decir, se trata de la ejecución de la sentencia filmada por el propio Francisco Rosas. “Hemos querido demostrar cuál es el único fin que espera al delincuente”, concluye como lección moral. En realidad, a partir de ella inicia la filmación de la “versión cinematográfica del conocido proceso del mismo nombre, El Automóvil Gris”.

El motivo íntegro de Rosas es el de un documentalista: graba las escenas en los lugares donde tuvieron lugar los hechos: los robos, los domicilios de los bandidos, los sitios donde fueron aprehendidos y otros más se exponen como “rigurosamente auténticos”. Se supone que por interés personal del general González de que así fuese.

Una de las escenas más significativas y sorprendentes, considerando el afán documentalista, es la de la última cena de los condenados. Se les permitió comer en abundancia y beber como en una pequeña fiesta con ponche, cerveza y vino. Inclusive uno de ellos recibe la gracia de recibir el sacramento del matrimonio durante la ocasión, aprovechando ahí la presencia del sacerdote para confesarlos.
La película es entretenida, pero tiene mucho más que ello. Es un documento para el estudio de la historia de la propaganda y la comunicación política. El discurso llama la atención en el presente de manera especial por contraste con los resultados adversos en seguridad pública y los tropiezos en la comunicación gubernamental.

Año de producción: 1919
País: México
Dirección: Enrique Rosas, Joaquín Coss, Juan Canals de Homs
Producción: Enrique Rosas
Guion: José Manuel Ramos
Fotografía: Enrique Rosas
Edición: Miguel Vigueras
Música: Miguel Vigueras
Compañía productora: Azteca Films
Reparto: Juan Canals de Homs, Joaquín Coss, Juan Manuel Cabrera, Ángel Esquivel, Manuel de los Ríos

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