LA EXUBERANCIA ES UN LUJO DE CARÁCTER TROPICAL

Edgar Pérez Pineda

Un día en la plaza José Azueta (junto al muelle fiscal de Acapulco) un grupo se conformó espontáneamente por dos chavos con uniformes de secundaria, dos señoras regordetas con elegantes sombreros de moda (turistas nacionales), un tercero fotografiándolas, se sumaron a un par de promotores que charlaban con unas fajitas de folletos metidos bajo la axila, y próximas al jardín estaban otras dos mujeres, la primera yacía apoltronada en un banco, es la dependiente de un tenderete que no puede decirse que sea exclusivamente de suvenires ni de golosinas, sino una hibridación que incluía juguetitos de plástico, chicles, paletas Tutsi, mazapanes del Cerezo, cigarros sueltos, calcomanías y agua jabonosa para sopladura de burbujas y fundas para teléfonos celular. La dependiente vociferaba su queja, cómo le dolía desde el seno izquierdo hasta media espalda, mientras su escucha se mostraba interesada. De un instante a otro nos tocó presenciar el lento y majestuoso arribo del buque NK-05, un tremendo carguero donde los tripulantes parecían pequeñas figuras, atestiguamos cómo fue emparejándose despacio y suavemente, hasta el paralelo del muelle.

El ingente artefacto se acomodó mientras los turistas captaron el suceso en imágenes y el resto nos mantuvimos atentos. El buque tenía bandera de Panamá y desde abordo algunos marineros vestidos con monos color naranja señalaban hacia puntos de la ciudad y de las montañas, comentaban la bahía. De repente surgió la impresión de que iban saludarnos pero el entusiasmo no fue suficiente a ninguno de ambos bandos. La mujer que antes describía sus dolencias esta vez arrancó se arrancó a entonar una canción: la del “Mariachi loco”. El simple deslizamiento de tan grande barco constituyó un espectáculo. En el muelle unos lotes de coches Beatle nuevecitos esperaban ser empacados. La mujer vocinglera del tenderete se dirigió a un chico que se había aproximado a la escena, para recordarle, a modo de lo que resultó como una guasa desalmada, que se bañara, porque al rato él iba a trabajar en la cargada de los autos al navío, el vozarrón de aquella robusta morena parecía aludir indirectamente a los desconocidos alrededor, quienes resistimos centrando nuestra atención en las maniobras del navío. Entonces aquella mujer impuso sus asuntos, sabía que la escuchábamos, alardeó que ella llevaba muchos años trabajando en este parque José Azueta y que situaciones como el arribo de un transatlántico las había presenciado en demasiadas ocasiones, nos echó que tenía ya más diez años allí.

La gigantesca embarcación se detuvo y terminó el espectáculo de arribo. Estábamos ante un Fuerte de San Diego que también ha presenciado muchísima historia y todas las llegadas de los barcos modernos al puerto. En medio del calorcito sopló el viento. La espontánea escena cotidiana y popular fue diluyéndose, primero se fueron los chavitos de secundaria, luego las turistas, a quienes la orgullosa mujer del tenderete gritó cuando ya iban bastante lejos y sujetándose las pamelas para que no se las arrancara el viento arreciado: “¡Niñas, aquí les vendo unos listones para que no se les vuelen los sombreros!” Y el chico de sandalias y playerita sin mangas, el moreno a quien jocosamente le pidieron bañarse, interpeló a la mujer que había estado voceando sus asuntos personales: “Ay, mamá, si se estuvieron aquí como una hora, ¿por qué no les dijiste antes?”.

La mujer se sobresaltó como si le hubieran atizado la dignidad: “Óyeme, tú, déjame trabajar, ¿sí?”

Por eso digo que la exuberancia es un lujo de la índole.

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