e pide que le tire un golpe al rostro y lo hago. Él tiene más de setenta años, yo tengo treinta y seis. Hace un movimiento simple, da un paso atrás, y mi puño se pierde en el aire. Enseguida tiro otro recto, ahora con la zurda, busco su cara, pero el Famoso lo esquiva y me conecta un gancho al hígado. Su cuerpo tiene bastante elasticidad. Octavio Gómez es un artista cuya obra fue narrada mediante el baile sobre la lona. Repetimos el movimiento, ahora de forma lenta, para que él me pueda explicar el movimiento que hizo.
“Yo estaba muy joven y era muy necio, no entendía nada de lo que se me decía,” dice Octavio Gómez con el compás de las piernas abierto, apenas lo suficiente para sentirse cómodo y la guardia arriba. Me está hablando del momento de su vida en que comenzó a practicar meditación y yoga.
“Hoy ya no quiero la fama, esas son cosas del ego”. Si lo miras bien algo en su cabellera conserva restos de su antiguo color negro. Vestigios de la oscura y abundante mata del Famoso. Ahora lleva siempre el pelo muy pegadito, y los años han pintado su cráneo de blanco. Usa lentes y siempre viste pants. Algo tiene de sabio al andar, al hablar de una forma tan prudente. Su cuerpo está macizo. “Yo tuve un gran maestro, llamado Efrén Rubio. Él me decía; así como boxeas vive, aléjate de lo negativo.”
Octavio observó, durante los entrenamientos, que su compañero Efrén el Alacrán Torres, hacía Yoga con un maestro hindú. Se acercó a ellos, y de inmediato se puso a aprender aquel extraño arte. Mientras lo practicó no perdió ni un solo combate. Luego el maestro partió hacia sus tierras.
Octavio Gómez no tuvo la suerte de ser campeón del mundo. Es el mismo caso que con esos artistas que son muy, muy buenos, y nunca alcanzan la gloria. Al menos no en vida.
Octavio era buen y valiente boxeador, de movimientos finos y de una técnica particular. Mi amigo, el escritor y ex boxeador Pterocles Arenarius, quien tuvo la suerte de subirse al ring contra Octavio como esparrin, dice que el Famoso no peleaba así al inicio de su carrera, que era más bien medio bronco, y se fue puliendo, hasta boxear por nota.
Octavio abandonó la secundaria para comenzar a entrenar box en un gimnasio de allá por la Merced. Llegó gracias a que su padre lo mandó por un bote de pintura para el negocio de rótulos que mantuvo durante años a la familia. Creció en la calle de Ribero, en pleno corazón tepiteño. En aquel entonces aquella esa calle era el lugar donde uno podía encontrar sexoservidoras. Octavio les hacía mandados, les avisaba cuando su padrote andaba cerca, les compraba cosas en la farmacia o algo de comer a cambio de una propina.
Luego de su primer combate por los Guantes de oro, una de ellas lo llamó para darle su merecido premio. Como amateur peleó en 124 ocasiones y perdió seis.
Conocemos a los escritores seducidos por el box, y citamos sus nombres de memoria, Hemingway, London, Piglia, Garibay. Pero hay pugilistas, en la otra esquina, seducidos por las letras. El Púas Olivares, el Finito López, Pterocles Arenarius, y el buen Famoso son sólo algunos ejemplos. Octavio también tiene una rola de su propia inspiración, que pudiera ser una breve biografía de su vida. El Famoso sabe tocar muy bien la guitarra. Hizo guiones para teatro, salió en el cine, por ejemplo con Ismael Rodríguez en Nosotros los feos. Y durante algunos años tuvo una intensa amistad con la cocaína.
“No he sufrido golpes graves,” dice mientras presume su rostro sin una sola de esas cicatrices escandalosas que acostumbran crecer en el rostro de los pugilistas. “Y es gracias a mi técnica, que es ochenta por ciento defensa, y veinte ataque. Para cuidar la integridad del boxeador.”
Si buscas en Internet Movie Data Base lo que aparece del Famoso es: “Octavio Gómez “Famoso” is an actor, know for Pandilleros asesinos (1990), En pacto de hombres (1990), AND The legend of the Mask (1991). Lagunilla mi barrio (1981).” En realidad hizo más de veinte películas.
Octavio cuenta con cierto dolor en las palabras que no ganó un campeonato del mundo porque su condición física no le daba. “Algunos boxeadores llegan al quinto round y apenas comienzan a calentar, yo para entonces ya empezaba a cansarme”.
Hace más de veinte años que no prueba una gota de alcohol. Fue dos veces campeón de los Guantes de oro, en 1961 y 1962, en peso mosca Campeón nacional amateur tres años consecutivos, a partir de 1962 hasta el 64.
La segunda vez que nos vimos nos ayudó, a Miguel Musálem, a Adrián Parisi y a mí a filmar escenas de un mocumentary llamado Mundo Máscara; él y Pterocles narraron una pelea inexistente, pero inolvidable en la lucha libre mexicana. Se entregó y fue puntual. Lo disfrutaba. Quién sabe si esa película vea la luz un día.
Tres veces le he hecho la misma pregunta y tres veces he obtenido la misma respuesta. ¿Quién es el boxeador más completo que has visto? La respuesta es, Rubén Olivares. Ellos dos se enfrentaron encima del ring: el Púas ganó por nocaut en el quinto asalto.
Octavio confiesa que se dejó caer. “A mí no me daban los pulmones, y Olivares apenas estaba calentando, ya mejor vi el golpe y aproveché para dejarme caer.” Alguna vez Olivares me dijo que siempre discuten sobre esa pelea. Fueron grandes amigos y compañeros de parranda. “Nadie tenía las cualidades de Rubén. Yo te puedo enseñar box, porque fui disciplinado y aprendí, pero él no puede enseñar lo que sabe, aunque quiera, ¿cómo enseñas a pelear a un león?”
Distraído por los humos de la fama descuidó el hogar. Cuando se dio cuenta, Cuauhtémoc, su hijo, estaba metido en las drogas. Octavio decidió dejar todo y abocarse a salvare a su vástago. Adiós a las giras, al dinero, las mujeres, los aplausos y los escenarios. Adiós a todo eso. Llevó a su hijo a un grupo de autoayuda y se dio cuenta que él era quien debía estar ahí. Entrenó con Cuauhtémoc hasta llevarlo a disputar un campeonato del mundo en Asia. A su hijo, las perras adicciones lo habían mordido fuerte y recayó, y no fue el gran boxeador que se le veía, ese gran boxeador que pudo llegar a ser. “Los curas venden a dios, es su mercancía. Pero eso que ellos venden no es. Dios son los mejores pensamientos del ser humano.”
Seguro que muchos años después, y ya encima del ring, mirando de frente a su rival, Octavio recordó la tarde en que su padre lo mandó por un bote de pintura. Porque el padre del Famoso fue rotulador. Esa tarde Octavio conoció el box. El ritmo lo atrapó. El ritmo que cada hombre posee y que lo hace único sobre esta tierra. El ritmo, el estilo, esa forma particular de moverse. Ritmo en los que saltaban la cuerda. Y se les unía el compás de los que golpeaban la pera fija. El sonido casi silencioso de los que hacen sombra. La cadencia de los que aprenden a caminar sobre la lona. La armonía de soltarle chingadazos al costal. La consonancia de los que hacen abdominales con la gobernadora. El trazo que hace el cuerpo contra las cuerdas al ir esquivando golpes. Y el en medio de aquella sinfonía sonó la voz de un hombre, un pregón que advertía: ¡Dieeez seguuuundos!
Y todos aceleran el ritmo. Se entregan por completo. Lo dejan todo en este breve espacio de tiempo. Todos se vacían en el esfuerzo que representa la entrega absoluta. Y otra vez el pregón. ¡Tieeeempooo!
Remate de un pera fija. ¡Puum! Y silencio. Sí, el ritmo atrapó a Octavio. “Entré y no salí hasta ahora,” dice el Famoso.
“No me arrepiento de nada de lo que hice. No es uno culpable. Aparentemente es un triunfo la fama, y no, es una cárcel.” El abuelo de Octavio Gómez murió guiado por la mano del alcohol. “El box es también el dominio de uno mismo.”

Durante su infancia su ídolo fue el Chango Casanova. Cada vez que Octavio se acercó a aquel legendario boxeador, fue ignorado. Aquel niño que fue Octavio no entendía por qué pasaba aquello, no sabía mucho del ego. En cambio, cuando se acercó a saludar al Ratón Macías, su suerte fue distinta. ¿Y tú quién eres?, le preguntó el Ratón. Pues el Famoso, contestó Octavio provocando la risa del ídolo tepiteño.
Su padre lo bautizó con aquel mote, porque todos sus hijos llevaban uno. Quizá fue porque la partera que lo trajo al mundo, le vio una luz a aquella criatura.
“Si logras dominar tu cuerpo, será más fácil dominar tu mente”. El maestro de yoga del Famoso fue el segundo guía espiritual con el que se topó. Pero aún no se encontraba listo para la iluminación. “No le entendía nada, me lo impedía la vanidad de sentirme mejor, de que yo el Famoso y la chingada”.
El aspecto del Famoso es tranquilo, dice que antes sólo hablaba con puras groserías. “Yoga es un yugo, un nudo para conectarse. Yoga es hacer un nudo con dos lazos buenos”.
Contak Box es una A.C. que preside Octavio Gómez y en ella se trata de dar difusión al box a través del método que practicó y difundió el Famoso. Varios de los miembros fueron alumnos suyos, entre otros son su cómplices, Raúl Alejandro Velázquez y Noé Robledo.
Principalmente trabajan en la zona oriente del Estado de México. Durante las exhibiciones se puede apreciar el trabajo que hacen varios municipios con jóvenes de distintas edades y sexos.
El Famoso está con ganas de publicar sus textos, crónicas y cuentos acerca de box, ojalá encuentre un editor pronto.
“Disfrutar lo que tengas, eso es bienestar.”
Fotografía de El Famoso tomada de: https://literaturafotografiatepito.blogspot.mx/2011/12/





n una casa junto a las vías del ferrocarril, en una familia dedicada al algodón y otros procesos agrícolas durante la Gran Depresión, nació Johnny Cash, un 26 de febrero de 1932.
Aunque la epifanía para vencer su adicción ocurrió en una gruta de Tennessee en 1968, donde el cantante expresó sentir la presencia de Dios gracias a una luz que lo guió fuera de la oscuridad, la espiritualidad de J.R. —como lo llamaban en casa— tenía profundas raíces familiares.
En recuerdo de su hermano Jack, quien había fallecido tras un terrible accidente mientras trabajaba con un molino, la familia cerraba la tarde de trabajo agrícola con “Life`s Evening Sun is Sinking Low”. La primera vez que su madre escuchó su voz de adulto barítono le dijo a Johnny: “Suenas exactamente como tu abuelo. Dios ha puesto su mano sobre ti, hijo. Nunca olvides el don”.

uando volví a la ciudad y me invitaron a impartir clases en la universidad donde estudié, parecía que mi vida por fin cobraría cordura e iniciaría un camino de orden y prosperidad. Era una oportunidad para aprovecharse pero a la vuelta de un año me encontraba sentado en un gabinete del Vips frente a Carolina, escondidos en la zona infantil del restaurante, discutiendo acerca de abrir nuestra relación amorosa luego de ser sólo profesor y alumna. Comenzaba a ser un secreto a voces. Me recargué sobre la pared y subí un pie al sillón y me saqué el popote de la boca con mucho estilo.
Carolina se refería a que estaba desesperada y a que la vida se le ponía seria a grandes zancadas. Quería escapar de algún modo. Para ella todavía existía tiempo para alocarse, para ir y volver. Y quería que la acompañara. El problema es que no sé negarme a la belleza. Me observó enderezándose como una cuija que otea sus intereses.
Carolina procesó la respuesta con media sonrisa. Acostada sobre la mesa alargó su brazo haraganamente y arrastró su copa con los restos de espuma de un smoothie, atrapó el popote con los labios y se puso a soplar haciendo un gorjeo de burbujas sin perder de vista mi reacción, mi supuesta autoridad. Mierda. Cuando hacía ese género de ocurrencias me daban ganas de desnudarla y machacarla ahí mismo.
—Una cafetería tipo Denny´s. Los Ángeles California —enlacé el entorno como con una cinta al dedo y entonces le pedí que nos aproximáramos para susurrarle—. Yo soy Pumpkin. Tú eres Honey Bunny. Somos amantes y cómplices. Asaltantes de licorerías.
—Pero Calabaza tampoco quiere robar más tiendas de licores —Carolina interrumpió recordándome que podíamos entendernos a la perfección.

La radio fue alguna vez el medio de masas por antonomasia, por encima de la televisión. Incluso cuando en la mayoría de los hogares el aparato televisivo ya ocupaba un lugar preponderante, la radio continuó siendo más escuchada que vista la televisión.
Incluso se puede hacer un buen “programa” o transmisión con un teléfono celular y no se necesita de toda una infraestructura cara y ostentosa para transmitir lo que uno quiera.
Charla deportiva, lunes 19.30, el nombre lo dice todo; No muy punks, lunes 21.00, charlas con los personajes del underground y la contracultura de la ciudad de México; El Gueto, martes y jueves 14.00, hip hop y reggae; El Inconforme, martes 21.00, el programa para levantar la voz; Cáñamo radio, miércoles 4.20 pm, la voz de la cultura cannábica; Refresh, miércoles 20.00, mucho baile, cero estrés; La Ruleta, miércoles 22.00, temas de actualidad y un playlist atemporal, revista radiofónica; Caótico, jueves 19.30, el caos musical como norma; Ídolos, jueves 21.00, homenaje radial a los ídolos musicales y cinematográficos; El House, viernes 18.00, el programa más barbaján de la radio; Los Calientes, viernes 20.00, sexo, sexo, sexxxo; Epheméris, sábados 12.00, las efemérides musicales de la semana; Ahí les va, sábados 16.00, ; Política y confort, domingos 20.00, el nombre lo dice todo; La Voz en Off, domingos 22.00, alucinógeno y alucinante viaje musical que compite con la Hora Nacional.
ún no tengo una explicación contundente para justificar que el feminismo actual del ámbito hispanoparlante, no haya reparado en la vida y obra de la escritora Gloria Fuertes (Madrid, 1917-1998). Lo mismo su homosexualidad, ejercida durante y contra el franquismo, que su poesía, siempre fuera del canon, a ratos facilona y no pocas veces desaseada, la erigen como una figura señera a rescatar lo antes posible.
Y es que luego del conflicto, una vez que España logró estabilizarse, se hizo visible una generación de escritores que decidieron permanecer en la Península, en parte abanderados por escritores favorecidos por el régimen fascista como Ernesto Giménez Caballero, predilecto de Franco hasta que termina por cansarse de sus quijotadas, por lo que decide enviarlo como embajador de España en otros países. Fuertes, pródiga en líneas autobiográficas, en versos adoloridos por un pasado vivido a tientas y a destiempo, confiesa que padeció el hambre y carencias de lo básico; que el amor de los hombres nunca le fue favorable y que volvió a nacer cuando el cuerpo de otra mujer se le presentó como un refugio. Ahí brota la Gloria Fuertes que ganó celebridad durante la posguerra.
Los suyos son los versos de una mujer que escribió cuando nadie creía en su capacidad para las palabras, y que en la emergencia de atender un nicho que le proveía de la subsistencia (la literatura infantil), debió entregarse a programas televisivos con parafernalia infantil y demás actos encaminados a consolidarse como una escritora que dedicó su vida a los niños. Esto sucedió a regañadientes, dicho por ella misma en alguna página de la antología que se comenta.
Fuertes escribió contra el esnobismo, la modorra que generan los amaneramientos, las academias como factor de inmovilidad. Escribió contra todo lo que se mostró ante sus ojos, empezando por el espejo. La poesía de la calle y los cafés, de los hoteles y las oficias del desempleo, es tan necesaria y posible como aquella que festeja las glorias de Apolo y los festines de las sirenas ante la mirada de dioses de la antigüedad que nadie conoce. La poesía de Gloria Fuertes es un desempolve de una escritura que funda espacios en el mundo, todos necesarios, antes que sólo enunciarlos a través de la forma bizarra de un conteo de sílabas. Fuertes nunca escribió con la calculadora a la mano.