Extracto del libro Nadie me sabe dar razón. Tijuana, migración y memoria, Producciones el Salario del Miedo/UANL 2015. Si te interesa adquirir este ejemplar entra a www.elsalariodelmiedo.com.mx

“Rece por mí, porque no se a dónde iré a parar”. Así termina ese joven treintañero la historia de decepción amorosa que lo está llevando a perderse en el alcohol. Suspira hondamente, me agradece por permitirle expresarse y se mete en la fila del Desayunador Salesiano del Padre Chava.
Se supone que vine a recabar testimonios de los miles de migrantes que confluyen en este lugar, pero aquí no solo llegan dreamers deportados sino familias enteras que viven en el filo de la pobreza y la pobreza extrema; madres solteras en busca de capacitación y alimento para su prole; indigentes cuya iluminación diaria proviene de un “foco” para fumar crack; universitarios caídos en desgracia; veteranos de guerra sin patria por la que luchar; viejos bardos de los camiones… toda una fauna de milusos que sobrevive al desamor del fin de los tiempos. ¿Puede la escritura devolverles la dignidad y sus sueños?
ine a Tijuana porque me dijeron que acá hacen falta las letras. Que las vidas de los que ahí confluyen merecen ser contadas. Y no me pude resistir. Me dijeron que a los migrantes les hacen falta palabras para dejar constancia de su peregrinar. Es mi primer día en este lugar donde el aroma de chilaquiles y café inunda el aire. En el patio del desayunador salesiano del Padre Chava permanezco de pie, observo y me observan. Un mural se inaugura. Obra del grafitero Libre y algunos personajes del desayunador, la pared ha agregado color a la gris espera para entrar a comer. Al fin terminaron meses de hechura, todos estén de plácemes. La Directora de Culturas Populares y el subdirector de culturas populares de la zona norte presumen sus logros. Parece poco, pero este mural o los cursos de música que han permitido que se forme un grupo de adolescentes (Son Migrantes) le han cambiado “la narrativa” a los asistentes al desayunador. En la tarima, los soneros veracruzanos de Caña Brava y los Son Migrantes, alegran la mañana.
Adentro, cientos de seres humanos se acomodan alrededor de mesas en espera de un alimento que quizá sea el único que probarán en el día. Por ellos estoy aquí. Porque alguien en la Secretaría de Cultura pensó que a esta gente la vida ya le ha cobrado caro y es hora de dejarlos hablar, de despertarlos del letargo, de iluminar la oscuridad y devolverles sus sueños.So
He llegado a las ocho de la mañana y desde ahora y durante tres meses me haré cargo de un taller de escritura que aspira a rescatar las “memorias de la migración”.
Pero al desayunador del padre Chava no sólo llegan migrantes o dreamers deportados, sino familias que viven en el filo de la pobreza, la “normal” y la extrema; madres solteras en busca de capacitación y alimento para su prole; indigentes; universitarios caídos en desgracia; veteranos de guerra; viejos bardos de los camiones. Toda una fauna que sobrevive al desamor del fin de los tiempos.
Este ejército de “almas en pena” sobrevive lavando coches, mendigando, vendiendo chiclets o barriendo el estadio de los Xolos después de cada partido. Dicen que Tijuana terminará por devorarlos algún día, si es que todavía no lo ha hecho. En el patio, debajo de un techo de agua hecho de madera espero, reparto hojas, lápices y plumas.
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Es muy pronto para reflexionar sobre la verdadera necesidad de un inocente taller literario en este lugar. Apenas es mi primer día y según el programa debo hacer que los talleristas escriban sus sueños y expectativas antes y después de migrar.
Hasta pensé en disfrazarme de pitonisa para atraer alumnos. Incluso convencí al sacerdote Jesús Arrambarri, que hace las oraciones y los anuncios en el sistema de sonido del desayunador, de que me prestara el micrófono para invitarlos con mi mejor voz impostada a “escribir su historia, a contarme sus pesadillas y sueños de la frontera”.
No habían pasado ni cinco minutos cuando un señor se me acercó. “Le preguntaba a la licenciada si usted sabe descifrar los sueños”, me dice. “Pues más o menos”, miento. “¿Le digo lo que soñé? Soñé un montón de moscas, pero así (junta las puntas de los dedos de las manos), yo las barría y las barría con la escoba, pero era una pared así llena de moscas y con una escoba las tumbaba así (hace como si deslizara una escoba imaginaria por una pared de arriba a abajo). “Mañana véngase al taller y lo analizamos”, le digo. “Ándele pues, la busco mañana”.
Un “vidente” llegó a contarme sus revelaciones divinas. Lo invité a escribirlas porque estaba necio en llevarme al desierto “al punto donde fue ungido”. Otro llegó a sermonearme con eso de que todos los cuentos ya han sido escritos en la Biblia y una muchacha, aún visiblemente drogada, me retó agresivamente a que mejor yo le contara mi historia.
—Lo que pasa es que quieres escribir los libros, publicarlo en el periódico. Por eso yo ya hablé con mi amiga, una gabacha, y le dije que voy escribir mi propia historia y mi propio libro.
—¿Y cuándo lo vas a hacer?- le pregunto.
—Lo tengo bien grabado aquí —se golpea la frente—. Y no soy olvidadiza.
—Bueno, una cosa es tenerlo ahí y otra escribirlo poco a poco en hojas.
—Permíteme ¿sí?, a mí nunca se me olvida nada, ni se me olvidan los sueños. Me quieres echar menos a mí como si yo hubiera nacido ayer. A mi no me vas a echar menos. Vete a la chingada.
Tijuana comienza a cobrarme su cuota de locura.
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Debo recordar que estoy aquí gracias al éxito de los talleres de música (huapango y guitarra) y artes plásticas (grafitis y dibujo) que se han impartido bajo ese techo; gracias a esa “cultura inmediata” que puede medirse en resultados tangibles: tantas horas, tantos alumnos, tantos “beneficiarios”, tantos “productos”.
No me preocupa. Sé que pueden llenarse páginas enteras con el vacío existencial del hombre. Así que me he transformado en una infiltrada, una ingenua dispuesta a escuchar secretos guardados en el baúl de la vergüenza, un buzo sin escafandra dispuesto a explorar el desagüe de desechos humanos del Bordo tijuanense, la verdadera línea fronteriza, la estampa apocalíptica de una ciudad de reglas implacables no escritas.
Soy también el blanco de las burlas de los resentidos, la novedad entre los solitarios, un imán de paranoicos, la futura víctima de mis propios prejuicios. Bajo este techo de aguas que se arma y desarma sin usar clavos pienso en la sencilla posibilidad de permanecer callada y escuchar. En la importancia de adaptarse, de embonar como las piezas de este techo prefabricado, pero aquí el caos es el orden, la lógica es el desvarío.
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Los excesos de Tijuana pueden verse en sus semblantes, en sus ropas arrugadas y cochambrosas. Llevan tatuajes con números de pandillas que son temidas en los barrios bajos de San Diego, San Francisco, Los Ángeles y otras ciudades, pero acá, de este lado, ya no significan nada.
Muy de mañana aparece ante mis ojos la Tijuana “ojerosa y pintada, la que se cubre las cicatrices que denotan su adicción a los golpes, la que suda la cruda, esconde el escote y se limpia el rímel corrido por las lágrimas del desprecio”.
Francis observa con ojo de águila. Son ya seis años viendo pasar de todo, le son familiares los insultos, sabe que por fuera se burlan de su sobrepeso. Aún así la llaman “madre”, pero ella no tiene compasión. Los borrachos no entran. Los que aprovechan los lavabos para asearse son apurados o sacados. Las que enseñan de más deben cubrirse. Los que traen la malilla, el síndrome de abstinencia de la heroína, mejor que esperen a calmarse. Francis le suelta un fiero “señor, usted qué hace ahí?” a ese cholo bigotón con lentes oscuros que quiere meterse a la fila de la tercera edad, cuando un anciano teporocho vomita ante el Cristo de la entrada y los gritos y chiflidos no se hacen esperar.
En las mesas todos son atendidos por voluntarios que expían con trabajo sus propias culpas o apoyan a cambio de alojamiento. Sirven las mesas, limpian el piso, cocinan o preparan café. Otros reparten el café con leche y una pieza de pan dulce para cada uno y otros esperan de pie para bendecir los alimentos.
Alberto se sienta a mi lado y aprovecha para decirme sus teorías. “Aquí se viene a desayunar esperanza. Todos tenemos diferentes estómagos, el espiritual, el familiar, el de trabajo, igual el de la droga. Me he dado cuenta que la adicción es una obsesión, un hambre, y para todo hay estómagos”.
Es bajito pero correoso, dice que fue marine en “Fili” (Filadelfia), que arreglaba portaaviones. Ahí comenzó a beber. Su familia vive en San Diego, pero él “se deportó solito”. Lleva seis meses viviendo en Tijuana y acude al albergue como voluntario para no sentirse “tan abajo”. Quiere ver si encuentra un departamento, un trabajo, compañía.
Se “vio forzado” a venirse para acá por necesidad monetaria, aunque luego me irá contando a cuenta gotas que en realidad se tiró a la bebida porque su mujer le quitó a su hijo. “Miro a esta gente y no me quejo, al contrario me doy un sopapo, yo estoy bien”.
Se ha dado cuenta de que aquí todos son refugees como los de Europa. “Sí, refugees de un sistema que no les sirvió. Muchos son pochos, no quieren aceptar a México como su país porque su vida está allá y la gente de aquí no los quiere porque muchos vienen de la cárcel. El inmigrante que viene aquí está tatuado y es rebelde, está deprimido y no viene a hacer cosas buenas, ni con la mentalidad de trabajar. Vienen enojados”.
La semana pasada por primera vez Alberto cayó en la cárcel. Se le perdió su identificación y en Tijuana “si no se tiene identificación oficial lo avientan a la 20 (la cárcel 20 de noviembre de Tijuana) como un criminal”.
Alberto es alcohólico pero no quiere hablar solo de eso como en doble A. Tuvo que pasar por eso para encabronarse consigo mismo. Ahora se pregunta cuál es su excusa. “¿O sea, qué onda conmigo? Yo le enseñaba a bailar a la gente, era expresivo, positivo, no usaba malas palabras para nada, pero la calle me fue cambiando. Fue mi culpa por hacer mal choices. Me escondo de lo que tengo que hacer en la vida, de mis deberes. Aquí estoy, no salgo, no voy a San Diego, estoy en el limbo, experimentas un poquito el infierno mental en vida”.
—Tu teoría es muy buena— le digo y lo invito al taller a escribirla de puño y letra, pero a él le gusta más dibujar. No le atrae nada la idea de escribir a mano.
—Dame una computadora y te escribo todo.
Y continúa disertando sobre su “teoría del refugee“. “La mayoría están en un shock. Tienes que hablarlo, pero yo no quiero estar hablando de eso. Que no se me olviden mis malos hábitos, o que puedo caer y fregar toda mi vida otra vez, que no se me olvide, pero eso está ya en mi consciencia. Ya me fui, ¿verdad?, luego le seguimos”.
Le piden que limpie y no pierda el tiempo. Rápidamente se levanta y se lleva un recogedor y escoba. Lo miro alejarse. Como él, yo también “ya me fui”.
Imagen tomada de http://www.salesianostijuana.org/single-post/2015/01/30/XVI-a%C3%B1os-del-Desayunador-Salesiano-Padre-Chava





onsumido de poesía y de un sentido apocalíptico de la existencia; encorvado y frágil por el Parkinson, la voz de Raúl Zurita (Santiago, 1950) se transforma de un hilo quebradizo en un tono potente para hablar de la necesidad de la belleza en un mundo asolado por el mal. Integrante de la vanguardia artística de los setenta y Premio Nacional de Literatura del año 2000 en su natal Chile, Zurita desbordó los límites convencionales de la poética con una serie de actos que incluyeron quemaduras en su rostro y el intento de cegarse, además de pintar sus versos en los cielos, los acantilados y los desiertos del continente americano. Durante su visita más reciente a la Ciudad de México, el poeta que desgranó la experiencia chilena de la dictadura de Pinochet charló sobre sus trayectos vitales, la creación a partir de las cenizas personales, el proceso del cuerpo convertido en obra poética y la condena de cada ser humano a buscar un paraíso para existir y resistir frente a las experiencias más dolorosas de la vida.
Yo me imaginé un proyecto en plena dictadura chilena en el que me demoré prácticamente veinte años, para hacer un libro que se llama La vida nueva. Era un trayecto que iba de lo más precario y doloroso. Yo mismo me quemé la cara en un baño, solo, sin fotógrafo, no era performance, no era nada. Eso fue hasta que terminara con el vislumbre de una posible felicidad. En 1993 escribí sobre el desierto “Ni pena ni miedo”, una frase mía de tres kilómetros. Ahí concluí esa primera parte. Después me tardé doce años en hacer una segunda idea, que termina en mi libro Zurita, de casi 800 páginas.
No hay fondo. La dictadura te puede arrebatar todo, destruirlo todo. Para mí la poesía fue una forma de resistencia y de sobrevivir. En situaciones límites, tan duras, imaginarte estos paisajes que hablan puede ser una forma de resistir. Yo estaba totalmente liquidado, pero me imaginaba los poemas en el cielo o el desierto. Para mi sorpresa, se hicieron después. Para mí era una tarea de la no resignación. Había que responder a la violencia extrema de la dictadura con la mayor violencia de la belleza.
¿Dónde encuentra la belleza, frente a la maldad, la crueldad, la desesperación que ha mencionado en esta charla?
Yo lo expreso, pero no sufrí lo que ellos sufrieron. Fuera de las golpizas, estoy aquí. No voy a darme un lugar que no tengo. Yo no creo en Dios, pero creo solamente en una forma. Cuando todo se ha derrumbado a tu lado, cuando te abandona tu compañera o tu compañero, cuando llega un golpe de estado, cuando estás arrasado, ¿qué es aquello que te hace pasar de ese instante al que sigue y al que sigue? A eso infinitamente tenue, yo lo llamaría Dios, lo que permite la sucesión de instantes.
abían pasado ya cinco años de mi llegada a Canadá cuando comencé a tener una sospecha: tal vez, y solo tal vez, me quedaría a vivir en este país. Desde que pisé suelo Canuck defendí a capa y espada mi posición de inmigrante temporal. Yo estaba en el país como estudiante y, al terminar mi programa de estudios, “un día después de mi graduación”, iba a regresar a México, papelito en mano, a ver qué podía hacer con la experiencia. Las elecciones del 2012 hicieron que mi corazón cayera al nivel de mis intestinos. Desde que Enrique Peña Nieto se presentó como El Candidato, y después, cuando de acuerdo con las encuestas y demás oráculos llevaba ya una marcada ventaja, ya no estuve tan segura de mi plan. Al principio parecía increíble que un candidato del PRI volviera a tener serias posibilidades de gobernar el país, pero mi incredulidad empezó a adelgazar (era lo único que adelgazaba ya desde entonces) y la realidad se me echó en la cara en julio de ese año, un mes antes de mi defensa de tesis: el candidato Peña era ya el presidente Peña. Me salió de lo más hondo declarar: mientras ese güey esté en el gobierno, yo no vuelvo a México.
Tampoco contaba ya con acceso a las computadoras en la biblioteca del campus, así que mi presupuesto post-estudiantil exigía pagar mi propio internet. Y ya no tenía trabajo, no había ingresos, y por lo pronto no había permiso para trabajar. Con ese panorama, pero con mucha confianza en mí misma me fui y volví de las vacaciones y comencé a solicitar trabajos académicos en cualquier universidad canadiense que solicitara algo y por primera vez me puse a soñar con un futuro Canuck.
convencieron al 100% de que la podíamos hacer.
n la década de los ochenta, miles de argentinos llegaron a México huyendo de la dictadura que los asolaba. Como en otras migraciones que han llegado a este país, muchos de quienes llegaron pertenecían a la resistencia en contra de los gorilas que habían tomado el poder.
Qué raro que me llamen Guadalupe, de Myriam Laurini, es novela negra, sin mayores adjetivos. La historia transcurre en la Ciudad de México. En un hotel, El Universo, en el que viven prostitutas y son explotadas niñas. No hay detectives privados. No hay policías buenos y sí unos cuantos malos, personajes secundarios. No hay narco balaceras ni grandes capos. No hay romanticismo ni esperanza. Lo que hay son mujeres víctimas de la trata de personas. Tratantes de mujeres, prostitutas que se resignaron a su destino porque nunca supieron hacer otra cosa y ya no les queda mucho por hacer. Y niñas que no deberían estar ahí pero lo están en su contra. Y está Guadalupe, que no es Guadalupe, sino Bere, la Ber, la hija de una prostituta y de su padrote, un padrotillo menor, el Puroloco, con aspiraciones mayores.
Sin miramientos ni florituras, la prosa de Laurini se deja leer con agilidad. Avanza y va descubriendo y quitando el velo de inocencia que pueda llegar a tener el lector. Al final, Laurini muestra un mundo repugnante, pero no por ello menos real, aunque se trate de una novela.
Rolo Diez continúa con el colmillo afilado, con una novela que se desarrolla de manera vertiginosa en una Ciudad de México siempre caótica, con personajes entrañables y una historia que, justo por estos días, se multiplica en muchos estados del país.
Muchos de los grandes libros de nuestra literatura han sido escritos en medio de la incertidumbre, huyendo de un lado a otro. En 1911, Francisco I. Madero acababa de entrar triunfante a la capital y se encontraba por organizar las elecciones que lo llevarían a la presidencia. Aunque algo del desorden capitalino se le debía al general Bernardo Reyes, padre del escritor, pues se encontraba en plena oposición a Madero. De pronto, la realidad, insistente, se mete a nuestros asuntos literarios y nos distrae, un derrocamiento, una guerra, una bala se incrusta en la pared y nos dice que México arde en llamas, como siempre.
Ambos estuvieron en las sesiones de lectura que organizaban en su juventud, pero Vasconcelos muchos años después recibió dinero nazi e hizo una revista, Timón, de propaganda alemana. Y Caso, él todavía hasta 1946, en su último libro, sobre Sócrates, aún alababa a Hitler. Ruy Pérez Tamayo, en su libro sobre la historia de la ciencia en México, acusa al Ateneo de haber detenido el progreso científico de nuestro país. Parecía que las generaciones anteriores habían secado el tema del Ateneo, y ahora vuelve a ser novedad, algo dice actual. Ya el autor lleva, en varios libros, dándonos a conocer los aspectos pertinentes del Ateneo.