ANARCRÓNICAS

EL MARQUÉS

En los noventa, cuando querías entrar a la onda swinger, existían varias alternativas.

Una de las más socorridas era comprar la revista semanal Tiempo Libre. Ahí, en la penúltima y última páginas, publicaban una sección llamada “Amigos”. Eran los clasificados de carácter privado en donde se podían encontrar teléfonos para fiestas y reuniones con parejas amistosas. Otra fue la modalidad de las revistas especializadas. Eran –y son, algunas todavía existen–, horrendas publicaciones de tamaño media carta, hechas de papel revolución y a una sola tinta, en donde se encontraban anuncios para todo tipo de gustos: desde parejas buscando parejas y parejas buscando singles * y personas del mismo sexo, hasta transexuales y travestidos ansiosos de compañía. Por motivos de discreción, todos los que buscaban algo de acción usaban un apartado postal para el contacto.

Fue así como contacté al hombre que se nombró a sí mismo “El Mau”. Se presentó afirmando que le gustaba el triolismo *, que su novia también era afecta a esa práctica y que esperaban conocerme en persona para “armar algo rico”. En el sobre también venía una foto, visiblemente recortada de una mayor, con una mujer desnuda que mostraba su lindo culo. Estaba desnuda y de espaldas, por lo que el rostro permanecía oculto; no así su piel, que era de un aceitunado que esperaba una lengua como la mía. El asunto prometía, así que me puse en comunicación con el famoso Mau.

Quedamos de vernos en El Marqués, famoso cabaret de la colonia Guerrero. Este local es uno de los pocos giros de este tipo que sobrevivieron a la embestida, primero, de los table dances y sus aeróbicas bailarinas, y segundo, de la posterior cruzada contra el vicio de las autoridades capitalinas durante el periodo de Rosario Robles. El Marqués, recordará quien lo haya visitado, no tiene nada de bonito: aparenta ser una bodega macilenta apenas adecuada para funciones de restaurante bar. En él, por supuesto, pululaban las ficheras, damas de la vida galante especializadas en rentar su giratoria persona para efectuar un baile, o varios, si uno quería. La cuota en aquel tiempo eran veinte pesos por pieza, mismos que ellas hacían valer. También se podía tomar una copa en su compañía –con un costo más elevado–, y por supuesto, llegar a un acuerdo para probar alguna otra de las giratorias cualidades de sus caderas –lo cual, por supuesto, se hacía en alguno de los hoteles de la aledaña calle Mina–. No eran agraciadas: la mayoría pasaba de los cuarenta y padecía sobrepeso; sin embargo, lo compensaban con una gracia y un desparpajo dignos de elogio. Lo mejor de El Marqués era la orquesta: un tropigrupo de cincuentones que lo mismo tocaba salsa, cumbia o guaracha, con instrumentos bien afinados y buen ritmo. Curiosamente, eran todos mexicanos, contraviniendo a la norma de que sólo los caribeños le saben al bongó y al timbal.

El Mau era un individuo alto, de hombros escuálidos y cara ratonil. En lugar de sonreír, hacía un rictus como si proyectara sus dientes incisivos hacia fuera. Su risa sonaba como el tintinar de un centavo falso. Su novia –como la presentó–, era una mujer chaparrita, morena clara, que a leguas se notaba a disgusto en el lugar. Vestía un traje sastre blanco que, a pesar de ser una delicia, no tenía que ver con el trasero de la chica de la foto. El color de la piel tampoco coincidía, por lo que sospeché algún tipo de chanchullo. El Mau se presentó como vendedor de autos chocolate, dijo tener un departamento por el metro Zapata y estar interesado en todo lo relacionado al sexo. Cuando ella fue al baño, el tipo se me acercó para susurrarme: “mira, la neta, ella no está muy convencida. Pero vamos a mi depa y la empedamos. Vas a ver que chido va a estar”.

De inmediato, el individuo me causó náuseas. Le contesté que en estas prácticas todo debía ser consensual. “Nel, no hay pedo. Yo la conozco: es bien puta, sólo que si no esta peda se aprieta”. Ella llegó del baño y pedimos la cuenta. Pagamos y nos dirigimos al estacionamiento. Yo me sentía como una mosca en papel encerado: el Mau insistía en ir detrás de nosotros, como previniendo alguna posible deserción. Ella intentó hacerme la plática; de hecho, trató de sonreír, cosa que no había hecho en toda la noche. “Me da gusto que vengas con nosotros. Pareces gente decente”, me dijo. En el lugar de la entrega del auto había fila; el tipo se formó. Supe que era el momento. “Aguanta, carnal. Voy a comprar cigarros y regreso”. Le solté sin dejarle contestar. Llegué a la esquina justo en el momento en que un taxi dejaba a una de las trabajadoras sociales de El Marqués. Lo abordé. “Llévame en chinga al Ángel”, le dije. Mientras viajábamos por Reforma me volví hacia atrás varias veces.

Casi veinte años después, el Marqués aún existe. Todavía es centro gravitatorio de un cierto tipo de diversión nocturna que cada día desaparece un poco más. Las ficheras –casi puedo afirmar que son las mismas de aquel tiempo–, aún siguen meneándose al compás de Sergio el bailador y Una aventura. La orquesta sabrosona ha cambiado de miembros. Probablemente, los más jóvenes entraron por motivos de defunción de los más viejos. Siguen incendiando la pista con su ritmo.

Del Mau y su supuesta pareja ya jamás supe nada.

Popular

del mismo autor

EL PAGANO HASTÍO

l arte de la novela se caracteriza, cuando está...

LA MANÍA DE COLECCIONAR

l asesino serial rico, sofisticado y atrayente es ya...

ALMAS DEL ASFALTO

l noir llegó para quedarse. A pesar de que...

EL LOCO DEL PUEBLO

igura imprescindible de cualquier pueblo, colonia o cuadra, es...