TERCIOPELO

MAMIRRIQUI

Es el término usado por un amigo que trabaja en choubisnes para niños. Según este cuate, “mamirriquis” son aquellas empeñadas en erradicar el cuerpo tradicional de mamá, regordete, de tetas caídas, brazos fláccidos, y pecas por edad; aquellas que visten como los anuncios del 10 de mayo de Palacio de Hierro, que empujan en tacones de plataforma, con impecable francés en uñas de manos y pies carriolas futuristas…, y que a él, mi cuate, le fascinan (algo bueno debe haber en el choubisnes infantil).

Las mujeres vivimos bajos numerosas exigencias, las reglas del juego del sometimiento: ser delgadas, ser jóvenes, ser dulces, ser dama-putas, ser prudentes, ser calladas, en una frase complacer estereotipos… (y me dirán que eso ha cambiado, y yo diré que no, que no ha cambiado tanto como cree la mayoría).

Todas esas exigencias —sin fecha de caducidad— siguen vigentes cuando alguna decide o no, ser madre. La mujer perfilada por nuestro entorno materialista y neoliberal sin importar si es patriarcal o feminista valorará el individualismo, el éxito profesional, la elegancia o distinción (otra forma belleza física), y los avances tecnológicos (aunque sea para jugar el jueguito ese de las gemas en la tableta). En ese modelo la maternidad trae complicaciones que cada vez menos mujeres están dispuestas a encarar. Y es que para muchas mujeres serlo plenamente se reduce a alcanzar lo que los varones disfrutan: la libertad de hacer o no lo que se les viene en gana, cuando se les viene en gana sin ataduras, consecuencias o juicios, y como decía en otro texto, los hijos son irrevocables. Nuestra sociedad acepta o tolera muy bien a los malos padres (ahí está el magistrado de nuestra Suprema Corte de Justicia Genaro Góngora Pimentel, millonario, pero decidido a no cubrir todos los gastos de sus hijos autistas, hombre vil; o Peña Nieto cuyo hijo no ha de salir en la foto familiar junto a su corrupta esposa; o hablando de un icono del éxito occidental: Steve Jobs y su inicial renuencia a sostener a su hija, y este paréntesis ya se alargó mucho) pero a las malas madres no las queremos ni en el feis, ¡a la leña con ellas!, porque todos podemos levantar el dedo y señalarlas en la calle cuando las vemos.

“Desde que nació, ya no podemos ir al cine, ni salir, ni hacer nada”, me dijo un colega mientras sostenía justamente a su hija de tres años en brazos, sin ningún escrúpulo le espetaba a su hija el “eres un estorbo”… Lo escucho todo el tiempo de parejas que buscan mi complicidad: por culpa de nuestros hijos nuestras vidas (individuales, claro está) se han detenido, son aburridas, estamos atados. Una colega universitaria quería dejar a su hija de menos de un año encargada por un mes con amigos, para que ella pudiera asistir a un congreso anual en Sudamérica. Otra, me sugirió, al mes de nacido mi hijo que “recuperara mi vida” lo más pronto posible.

La prisa: un vértigo de aceleración, de precipitación del tiempo, diría Giacomo Marramao, en nuestra época. Y la crianza se ubica en el extremo opuesto de esa temporalidad. No hay horarios para amamantar, ni para jugar, ni para gatear, ni para arrullar…, digo, se ha intentado (todavía hay pediatras y consejeros expertos que insisten en que el hambre, el sueño y el juego de los recién nacidos se adapte a los tiempos de sus padres, quienes a su vez están sometidos a horarios de productividad y consumo). Quienes son madres saben que los horarios se pueden imponer, siempre con algo (o mucho) de fuerza. Nuestro tiempo es el de la innovación, el golpeteo del futuro, de lo siguiente, el presente simplemente no sirve; para desgracia de las mamirriquis o aspirantes a mamirriqui, que quieren recuperar su vida (y con ello su cuerpo) de solteras, o de los padres y madres adictos al trabajo y al éxito, los hijos viven en el presente durante varios años. Quieren lo que está frente a sus ojos o en sus manos, no ansían el futuro, hasta que finalmente los convencemos de que viven en el error… Les prometemos que estaremos para ellos después, que ahora lo más importante es ganar dinero, pagar las cuentas, hacer ejercicio, ir de compras, ver la tele, enviar “este” mensaje.

Mafalda hablaba de que nos dedicamos a lo urgente y aplazamos lo importante, no, ya no, sucede que ya todo es urgentemente importante. No es posible perderse una fiesta, una película, una exposición, una serie, un episodio de telenovela, un tour de cine francés, un festival de documentales, un escándalo cultural en tuiter, un estado en feis…

Si no puedes prescindir de eso mejor no tengas hijos. Ellos te querrán total y absolutamente para ellos, querrán tus besos, tus abrazos, tus sonrisas, aceptarán tu mal humor, tu pobreza, tu violencia, tu olor de patas, de sobaco, querrán hacer lo que tú haces como tú lo haces, hasta que puedan irse; basta ver a los niños que viven en la calle para saber desde qué temprana edad saben abandonar el horror doméstico o enfrentar el desamor. Mientras pueden se conforman con lo que sea si no pueden tener lo que esperan.

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