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TEORÍA CUENTÍSTICA A GRITOS

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scribir cuentos no es sentarse a redactar amenamente historias con principio, desarrollo y desenlace, tramas con personajes entrañables en medio de un conflicto o patanes que en el último párrafo se enfrentan a una epifanía. No. Escribir cuentos, yo digo, consiste en formular una personal teoría cuentística que se va desparramando a lo largo de cada uno de los cuentos escritos. Ya después te mueres ¿Me explico? Con el autor en la tumba, y si el trabajo valió la pena, aparecerá el tomo de Cuentos Completos. Entonces sí veremos de qué pasta estaba hecho aquel ser humano. A tiempos recientes: Daniel Sada lo consiguió. Inés Arredondo, también. Onetti es otro gran ejemplo.

Sin embargo hay autores que tienen el mal gusto de estar vivos y ofrecer un libro con sus Cuentos Completos So Far. Esto no es tan condenable, la obra negra también es hermosa y, abusando de la metáfora, construye.

Leí, de reciente aparición, El cerebro musical de César Aira, nueva edición de sus Relatos Reunidos. Quién conozca al argentino ya sabe con qué se va a encontrar. No era mi caso. De alguna forma el adjetivo “genio” que siempre incluyen en sus semblanzas me había alejado de su obra. Lo primero que pensé apenas me sumergí someramente en el tomo fue: “estos no son cuentos”. ¿Qué son? Una mezcla de crónicas imaginadas, anécdotas extraídas de un diario improbable, disparates y situaciones llevadas hasta sus últimas consecuencias, fábulas filosóficas. Relatos, pues. Y aquí es la parte en la que yo comprimo el ceño un tanto irritado. Confío en el cuento como una estructura perfecta, ceñida, única. La comparación de Hemingway entre dicho género con un iceberg es muy exacta. Decidí quitarme los prejuicios de encima y proseguir la lectura.

Agradable sorpresa: las páginas de Aira son sumamente disfrutables, lúdicas y amables. Sus cuentos jamás se conducen por lo predecible, avanzan como sonámbulos en plena luz del día. El lector tiene que acostumbrar la mirada a esa oscura vaguedad, un mundo de mil posibilidades en el que somos unos metiches. En el cuento “Picasso” un genio aparece de una botella de leche con un ofrecimiento pernicioso: volverte Picasso o el dueño de un Picasso. Un perro que fue vejado en el pasado persigue una micro en busca de venganza, ¡entre los pasajeros está el culpable! Una ambiciosa revista literaria consigue entender el infinito simplemente no siendo publicada. Leemos sobre la desopilante fiesta de cumpleaños del Dios Todopoderoso a la que asisten para tomar té un montón de changos aún no evolucionados. Un viaje a la ciudad de México (que dicho sea de paso: Aira desprecia) donde también el infinito se revela en forma del mismo libro comprado muchas veces. Un pájaro que envidia los actos del hombre. La Mona Lisa considerada en forma de las gotas que la conforman. Etcétera.

Sostengo que el mal del siglo es el ingenio. Una extraordinaria idea se le puede ocurrir hasta al hombre más indolente del mundo, así pues, hay que aprender a amaestrar la imaginación a favor de lo que se quiere contar. César Aira domeña sus recursos, obsesiones y universos como un maestro, pone su imaginación al servicio de su literatura. Es indiscutible que en El cerebro musical se asoma, gloriosa y a base de sabias carcajadas, la teoría cuentística de César Aira. Por eso hay que leerlo.

César Aira, El cerebro musical, Literatura Random House, 2017.

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