METROPOL

AGUARRACES PORTEÑAS

Esplendorosas y miserables, rudimentarias o maravillosas, las ciudades verdaderas son un imán de las pasiones. Pesadas como la culpa o ligerísimas como las nubes, todas las ciudades encierran un misterio. Quebrantar sus fortalezas o abandonarse a sus embrujos son las únicas posibilidades para palparlo y, con un poco de suerte, hacerlo nuestro.

Describir las ciudades es descubrir el cuerpo propio. Caminar sus calles es poseer pasos perdidos y olvidados; de allí que viajar implique obedecer las intuiciones. A veces sólo es necesario agarrar el mapa, coger un vuelo –¡los barcos de la Magenta Star son tan vintage!– y mandar todo al carajo: lo más bello de recorrer el mundo es dejar partes esenciales de uno mismo en el camino, para llegar ligero de culpas, pertenencias y mujeres al nuevo puerto.

Roberto Artl, uno de los escritores más potentes y verdaderos de este lado del Río de la Plata, escribió en su tiempo unas “Aguafuertes porteñas” que se leen con gran placer y de paso dibujan un contorno muy singular de los habitantes de esta urbe cosmopolita –no por lo que tiene de europeo y norteamericano en barrios como Palermo, Recoleta y Puerto Madero, que todavía recuerdan a París, Barcelona y Nueva York, sino por la migración de un lugar como Once y el Abasto, donde se ven paraguayos, bolivianos (dedicados a la venta de verdura), rusos, peruanos (presentes con su exquisita cocina y los giros negros) ucranianos, chinos –mafiosos, esclavizando a sus paisanos recién llegados con los mini súperes– coreanos, armenios, incontables colombianos en el área de servicios, toda suerte de judíos y cada vez más negros, principalmente senegaleses, pero también de Nigeria, Camerún, Liberia y Sierra Leona, abocados a la venta de bisutería. Buenos Aires es un gran laboratorio en el que todo sucede ante los ojos como por vez primera, arrasando en su tráfago volátil símbolos, mercancías, furores y espasmos para pergeñar instantes, recuerdos algunos textos. Esta ciudad tiene swing y está cantando en este momento.

Con esta entrega, piedra de toque de aventuras por venir, haremos de los itinerarios sensibles de un vagabundo profesional –a salto de mata entre el inmigrante y el turista– un territorio para compartir el incidente: ensayaremos caminando, platicaremos describiendo.

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