CASASOLA SOY YO

Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972) no le gustan los insectos. Me lo dice mientras un mesero se lleva los platos de la comida. Ordenó una pechuga de pollo pero no tocó la ensalada. Todo mundo sabe que si no se limpian con esmero, entre las hojas de la lechuga pueden encontrarse algunos insectos. Quizá Bernardo no quiere arriesgarse a una mala sorpresa porque, como él mismo reconoce, “soy una persona miedosa, paranoica, obsesiva, y los insectos me causan terror, sobre todo los ponzoñosos. Si me sale un alacrán ni siquiera puedo pisarlo, salgo corriendo”.

Le pregunto si los insectos le parecen fascinantes. “Más que fascinarme me repugnan. Son tan opuestos a nosotros que con eso basta para erizarnos la piel. El insecto es la otredad. Son tan extraños y tan distintos a nosotros desde su aspecto y proceso de concepción —nacen de huevecillos, tienen un exoesqueleto, saben lo que tienen que hacer, no dependen de nadie, forman sociedades muy organizadas y complejas, algunos nacen y mueren casi el mismo día, como las moscas—. Son tantos y tan variados que sabemos muy poco de ellos”.

A pesar de su repulsión hacia el grupo animal más numeroso en el planeta, se han contabilizado hasta un millón de especies, La octava plaga es una novela de insectos que juegan al fin del mundo. “Como todo lo que me da miedo me obsesiona y lo que me obsesiona lo investigo, leí varios libros sobre insectos para entender su comportamiento, su evolución y dar ciertos rasgos de verosimilitud a la parte científica, entre comillas, de La octava plaga. Siempre la parte más disfrutable es la preparación, leer esos libros que tienen que ver con la trama y que me van dando la pauta de por dónde ir”.

Publicada originalmente en 2011, La octava plaga pasó desapercibida por la escasa promoción, y encontrarla era poco más que una misión imposible. Hasta este año. “Estoy complacido de que la novela tenga una segunda oportunidad. Desde que salió la primera vez se me acercaban lectores y me decían que no podían encontrarla. Me da gusto que ya esté accesible en Almadía, mi casa mi editorial”.

En seis años pasan muchas cosas. Le pregunto a Bernardo si le hizo cambios al texto, si la historia aún le gusta: “No la volví a leer. No puedo releerme, me cuesta mucho trabajo. Tengo colegas que se releen a sí mismo con un amor inmenso, pero yo no puedo, sobre todo cuando es un texto que trabajé hace años, que corregí hace años y del cual me desconecté hace años. Cuando escribí La octava plaga, aunque me inspiró la Ciudad de México, no había intención de nombrar lugares específicos. Para unificarla con el resto de la saga donde la Ciudad de México es un personaje, el Museo de Historia Natural de Chapultepec aparece como tal, lo mismo que las librerías de viejo en la calle de Donceles. Siento que La octava plaga corresponde a una mirada y un momento específicos y que meterle mano sería traicionarme a mí mismo, no porque sea perfecta, no lo es, nunca se termina de corregir un texto —José Emilio Pacheco seguía obsesivamente modificando sus textos reedición tras reedición—. Cada escritor decide en que momento da por concluido algo; en mi caso simplemente es la incapacidad de releerme y por la sensación de traicionar el texto”.

* * * * *

“Casasola soy yo”, dice Bernardo cuando le preguntó sobre el origen del personaje y protagonista de la saga, compuesta por Toda la sangre, Carne de ataúd* y un libro más que cerrará el ciclo. “No me lo propuse así, pero quería hacer una novela policiaca. No conozco el mundo de los detectives ni de los judiciales y no me apetecía hacer una gran investigación al respecto, pero sí conozco el mundo de los periodistas, el universo de las redacciones, las vicisitudes de los reporteros, todas las peripecias en las que se meten. Como no quería hacer la típica novela policiaca, la elección estaba clara: un periodista de nota roja porque eso lo llevaría a conectarse con el mundo del crimen. Lo presenté como un periodista cultural, el ámbito en el que me desenvolví, que es defenestrado a la nota roja. Y tenía clara la mezcla del policiaco con lo fantástico o el terror. Disfruto eso como lector y quería hacerlo como narrador, y no hacer la típica novela policiaca realista, entre comillas. Cuando empecé a pensar en Casasola fue así: va a ser un reportero de lo paranormal, de cosas que nos parecen muy jaladas, pero que de pronto él sí se topa con algo muy extraño, insólito, ‘esto sí es real y nos va a cargar la chingada’, que pone en peligro a la humanidad”.

En buena parte de La octava plaga, Casasola reflexiona y critica el mundo literario. ¿Postura personal o ajuste de cuentas, Bernardo?: “Es una postura que tenía en aquellos años, que sigo teniendo y que se ha radicalizado. Quería aprovechar la frustración de Casasola porque es un periodista que se siente culto, muy leído, inteligente, y es defenestrado a la nota roja. Quería canalizar ciertos dardos envenenados, como un ajuste de cuentas personal con el mundillo literario, de las artes, del periodismo. En ese momento sentí ganas de hacerlo, no es la parte principal de la trama pero es algo que esta ahí y me da gusto que la gente lo note. En el resto de la saga me di cuenta que ya no tenía mucho sentido y lo fui diluyendo, pues había cumplido su cometido en La octava plaga, se presta porque el personaje está naciendo como periodista de nota roja y ayuda a entender de dónde viene”.

En La octava plaga, Bernardo Esquinca homenajea a uno de los fotógrafos de nota roja más relevantes de México, y cuyo trabajo ha sido expuesto en galerías nacionales y extranjeras: Enrique Metinides quien aparece como “El griego”: “Está inspirado en él, un muy buen porcentaje en la realidad y otro es invento mío. Lo conocí en 2007, JM Servín me llevó a conocerlo, fue una velada increíble. Metinides es un tipo muy amable, con una memoria prodigiosa, sacaba sus fotos y se acordaba qué había pasado exactamente, te contaba la película. Sigue obsesionado con los noticieros, los graba, tiene un archivo de noticias, su colección de carritos de bomberos, de ranas, y es como un niño, por eso le decían así, tiene una mirada inteligente pero muy pícara, es “el niño” Metinides. Después de la visita, cuando fui armando la novela, me di cuenta que Casasola, al no conocer ese mundo, necesitaba un Virgilio aunque le puse dos, Verduzco y El griego. Admiro a Metinides, un extraordinario fotógrafo que hizo arte sin proponérselo”.

En uno de los capítulos de la novela aparece una frase de Ernesto Sábato: Tras leer las mentiras de los políticos en los periódicos, nos encontramos con la verdad en las páginas policiacas. ¿En qué medida la nota roja define el perfil de la sociedad que la crea y la consume?, le pregunto a Bernardo: “La nota roja dice mucho del país en el que vivimos, de la sociedad y sus pulsiones violentas, de cómo vivimos la tragedia y la enfrentamos. Para empezar, con ironía y humor negro. No es casualidad ni un gancho para vender, la nota roja cumple una cuestión de testimonio social importante para mostrar el lado oscuro de la sociedad y también como una válvula de escape en un país tan violento, plagado de crímenes atroces, tragedias, la mayoría causadas por negligencia de nuestros políticos. La nota roja te permite distanciarte de un hecho atroz y verlo con cierto sentido del humor, ‘no soy yo, fue otro, pero me puedo reír de eso’, suena crudo, pero esas son sus reglas”.

La génesis de Casasola está en La octava plaga. Un buen pretexto para iniciar por el principio y leer toda la saga de corrido.

Bernardo Esquinca, La octava plaga, Almadía, 2017.

*En Carne de ataúd aparece Eugenio Casasola, reporter de El Imparcial y pariente del Casasola de nuestro presente.

Fotografía del autor: Eduardo Loza.

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