ESTO NO ES FICCIÓN

CHIAPAS DESPUÉS DEL ZAPATISMO

El pretexto fue la III Feria Internacional del Libro Chiapas-Centroamérica, donde fui invitado a presentar de nueva cuenta mi primera novela Las mujeres matan mejor. Ya un año antes lo había hecho en el Proyecto Posh en San Cristóbal de las Casas donde me maravillé con algo que pasa poco en el ámbito literario del centro y quizá de todo el país: la presentación de jóvenes poetas en plazas públicas, a las que sí asisten los pobladores en una especie de fiesta viva de la palabra y el lenguaje.

Chiapas posee una de nuestras tradiciones poéticas más importantes en México, con clara referencia a Jaime Sabines y Rosario Castellanos. O narradores como Eraclio Zepeda. Pero el Chiapas literario actual se ha ampliado más allá del costumbrismo, la referencia indigenista y el zapatismo.

¿Qué ha pasado con Chiapas y su poesía a 20 años del levantamiento del 1 de enero de 1994? Muchos de quienes escriben los mejores poemarios en ese estado eran apenas unos niños en aquel entonces. Algunos solo tienen como referencia el aluvión de lo que algunos chiapanecos llaman “frezapatismo”, esa especie de turismo revolucionario en el que los símbolos zapatistas fueron reducidos a productos por un montón de hippies europeos, sudamericanos y mexicanos.

A otros sí les queda en la memoria el momento en que un grupo de indígenas se cubrieron el rostro con pasamontañas para levantar la voz y pedir que su identidad, tradiciones y lengua fueran respetadas por un Estado que todo quiere uniformar bajo ese instrumento llamado “neoliberalismo” y que en Estados Unidos les ha dejado su propio white trash.

En realidad lo que hoy priva en Chiapas es la coexistencia y la transculturización. La capital, Tuxtla Gutiérrez, está llena de bancos, anuncios espectaculares, caos vial y eterno embellecimiento de camellones para dar la imagen de progreso, de una ciudad fronteriza donde la marginación y la migración centroamericana tiene un dique.

Basta arribar por el Libramiento Norte para ver el contraste: al fondo un edificio de 22 pisos con helipuerto deslumbra. Un montón de edificios gubernamentales se construyen entre predios a desnivel, casas de block a medio construir y mangueras intentando jalar agua de donde sea.

Eso es Tuxtla. En su centro, lo mismo se puede bailar en el Parque de la Marimba, tomar pozol (maíz recocido con cacao y agua) en el Mercado 5 de Mayo o asistir a una sala VIP de algún consorcio cinematográfico nacional.

Yo prefiero lo primero y a eso me llevan mis amigos Brenda Obregón, profesora de artes plásticas en la Unicach y Rodolfo Girón, poeta de la costa chiapaneca, quien basado en el nadaísmo ha escrito: “qué es toda esa batahola rodeándonos/ qué esa mano esmerilada devastando la carne/ a la que llamanos Espirar (…) Ve y dile que no supiste a cuántos grados humea el amor/ que al final de cuentas fueron sólo espejismos de carne y hueso/ los que buscaste para comprobar cómo es la soledad acá en el sur”.

Ahí en Tuxtla platico varias noches con Élmer Mendoza, Eduardo Antonio Parra, José Mariano Leyva e Iván Trejo, quienes visitan también la feria. En el restaurante del Hotel Arecas se ve lo mismo a José Ovejero y Juan Villoro que a investigadores o escritores locales de los que nunca he oído hablar.

Como es costumbre en el medio literario, Trejo, Parra, Leyva, Mendoza, el poeta español Rafael Saravia y yo nos vamos a comer a uno de esos restaurantes-palapas de los que concluimos ya no existen en el centro y norte del país.

Otro día, voy a una taquería tradicional donde me presentan a Balam Rodrigo, uno de los mejores poetas jóvenes del país, a quien lo veo muy preocupado por el cansancio de su esposa y niños. Balam se despide pues debe trabajar al otro día como cualquier ciudadano de a pie para seguir escribiendo líneas como: “Gatávico el lenguaje, gatísima la letra y la aprehendida palabra, y gáticas las noches del idioma porque inmortal es la ciudad en su más honda felinura…”

Quien me presenta a Balam es René Morales, con quien he estrechado amistad a raíz de su poemario La Línea Blanca, donde no ha dudado en plasmar con rabia el impacto del narcotráfico en la frontera sur al asegurar: “Y los traidores pagarán/ por destruir/ lo único que no les pertenecía/ la esperanza de la gente”.

René ha creado Public Pervert, editorial independiente que da voz a los mejores poetas jóvenes de Chiapas y Centroamérica, donde publican Antonio Cienfuegos; o el singular activista por los derechos de la población LGBT, Darwin Petate, amenazado por el gobernador Manuel Velasco; la conocida feminista Karen Dianne Padilla; o el también periodista César Trujillo, quien ha escrito: “Si existiera el amor/ nuestras muertas tomarían los centros comerciales/ acompañadas o no,/ y saldrían con tacones altos/ y una minifalda que exhibiera el color del hilo dental/que no le pertenece a los dentistas./ Si existiera el amor no se comprarían las rosas/ para suplantar los golpes de la noche anterior,/ ni existirían juzgados para la indefensión de la mujer./ Si existiera el amor,/este jodido mundo/sería otro”.

La misma noche que conozco a Balam, el también poeta y promotor cultural Fernando Trejo, Luis Téllez y Julián Herbert, coincidimos en un tugurio cerca de la zona militar. Sabemos que los tequilas están adulterados, la comida no parece de fiar y las caguamas llegan invitadas por unos desconocidos que terminan en nuestra mesa mientras el techo de lámina parece venirse abajo con la lluvia torrencial, que no espanta a señoras que esperan aburridas a que alguien las contrate para bailar. En el baño, una frase escrita con plumón me cimbra: “No hay ley para el mal”. Y más cuando me entero después que no es gratuita, que en ese congal ha habido asesinados, comenzando con el dueño, cuya foto se mantiene rodeada de veladoras en un rincón.

En un break, opto por visitar a un primo que vive en Palenque, a siete horas de Tuxtla. Luego de recorrer las ruinas arqueológicas y el zoológico privado del ex gobernador Patrocinio Garrido, me cuenta tremendas historias sobre los migrantes centroamericanos que en plena calle piden cooperación para seguir su viaje a bordo de La Bestia.

Al otro día, decido regresar a Tuxtla y lo hago esta vez vía las cascadas de Agua Azul, internándome en las zonas de influencia zapatista hasta Ocosingo, y luego, ya de noche, hasta San Cristóbal de las Casas.

(Cómo olvidar que el chofer de la Urvan se aparque en medio de la sinuosa carretera con las nubes a ras de piso ocupando uno de los dos carriles, subirse al toldo y extender una lona para cubrir cajas, huacales y bultos porque la lluvia comienza a caer).

Ya en Tuxtla cumplo con mis compromisos literarios, charlo por fin con José Luis Ruiz Abreu, uno de los promotores de la feria. También me siento feliz de platicar con Chary Gumeta, una de las mujeres más queridas de Chiapas, quien me ha dedicado su último poemario con unas líneas que dicen: “Compa, uno no nace con el destino en la mano… ni con el camino ya trazado”. Es Chary quien me cuenta la terrible experiencia de Otoniel Guevara, ex guerrillero salvadoreño quien ha vivido las peores pesadillas contra la Mara Salvatrucha, y a quien conozco horas después junto al editor guatemalteco Édgar García, a quien le compro lo mejor de la poesía de su país, Costa Rica, Honduras, Panamá y El Salvador, en su sello Metáfora. Otoniel promueve por su parte una selección de Roque Dalton.

Me quedan solo un par de días para regresar al Distrito Federal y decido visitar el Cañón del Sumidero. Apenas se embarca uno en Chiapa de Corzo, el agua chocolatosa del Río Grijalva envía cucarachas a la lancha. Las enormes montañas nos escoltan, la vegetación oculta monos e iguanas. En promontorios descansan cocodrilos pero la lancha se detiene no por ellos sino para esquivar la nata nauseabunda de toneladas de bolsas y botellas de plástico, en un ecocidio que kilómetros más adelante contiene la presa del Chicoasén. Ni los turistas extranjeros ni los nacionales pueden creerlo.

Luego visito en San Cristóbal a un amigo que participa como locutor en la radio zapatista. Trata de mantenerse en la clandestinidad para que el gobierno local no sepa dónde se encuentra la voz que le habla con amor y respeto a los indígenas a través del aire que surcan los Altos de Chiapas.

Ahí en San Cristóbal me cito con Brenda Obregón. Viene sin mi amiga Berona Teomitzi, poeta local que ha escrito: “Mal gastada/ mal herida/ Aguamala, aguasal de mi rostro/ Recuerda soy anfibia, no tengo decencia”.

Sin ella pero con Brenda me dirijo a visitar la iglesia de San Juan Bautista construida en 1524, sin bancas, tapizada de juncia, una yerba de la región, donde veo cómo los rezantes degollan gallinas vivas rodeados de cientos de veladoras en un espectáculo donde los santos católicos son “castigados” por los tzotziles. Una botella de Coca Cola es una ofrenda tan importante para ellos que me pregunto si el catolicisimo apenas horadó el mundo mágico maya y el poderío norteamericano.

Pero esta vez Chamula me cobrará cuota al casi ser bajado de un taxi a punta de pistola y rifle AR-15 en un retén, exigiendo me identifique, diga a dónde voy y de dónde vengo.

Y esto es porque desde hace algunos años esa hermosa comunidad pasó de resistir el colonialismo español a transformarse en un pueblo narco con fastuosas fachadas estilo románico, cornisas triangulares y columnas que sustituyeron ya a las chozas tzotziles. Un lugar donde los huaraches fueron cambiados por botas vaqueras, los caracoles por radios portátiles y las carretas por trocas con música norteña a todo volumen.

“Tenga cuidado, allá arriba hay gente mala”, me dice el hombre que me enseña la cacha de su 9 milímetros y quien baja su rifle para decirme con su mirada que estará pendiente de lo que yo haga. Y en efecto, en la plaza principal de la iglesia de San Juan, donde no se pueden tomar fotos, escucho que alguien registra mis movimientos vía radio.

Aún así visito a Xun Gallo, pintor tzotzil que usa referencias occidentales en su trabajo. No tengo la suerte de encontrarlo pero puedo admirar sus cuadros, uno de ellos, un Carlos Salinas de Gortari autocrucificado. Aprovecho para comprar a su esposa un poco de posh, fuertísimo aguardiente de maíz que en pocos minutos me hace sentir que al menos en su casa se puede respirar el aire de ese Chiapas que defendieron los zapatistas en 94, aquel que aún no se ha mezclado con el mundo occidental decadente, aunque afuera todo me diga lo contrario.

Cuando Brenda me dice que es hora de irnos pues es peligroso seguir ahí, entiendo por qué algunos en los Altos de Chiapas se cubren todavía el rostro. Lo hacen, me digo convencido, para que al menos algo permanezca así, inmaculado, oculto ante nuestra mirada de progreso, que todo lo profana.

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