TEOTIHUACAN: LA FLOR Y LA ROCA

capitalace calor, más de lo que pensé cuando salí de la Ciudad de México a hacer esta pequeña excursión, la primera en una lista de sitios arqueológicos que, o visité muy chica y por lo tanto a la fuerza, o jamás he visitado. La idea se alimenta de un proyecto literario lo mismo que de la idea de reparar el propio orgullo de mexicana que no sabe de qué hablan los turistas cuando hablan de Mejicou.

Y, si se distrae, eso es lo que una viene a conocer aquí: turistas, en todas las fases de su ciclo evolutivo: selfituristas gritones iberoamericanos, selfituristas orientales, unos metaleros polacos o rusos que cargan energía en la Pirámide del Sol (siempre hay cosas que nos reserva el asombro) y una gran cantidad de familias mexicanas del siglo XXI: padres jóvenes de la mano de niños que, con un estoicismo impresionante para mí, recorren las ruinas bajo el aplastante sol de abril a las 2 de la tarde. El espacio abre corredores a la gritería y a la bandera invisible del aire. Desde la entrada del sitio arqueológico, las pirámides se ven, más que imponentes, amenazantes: una se imagina, desde ya, el crepitar de la arenisca en las rodillas y el esfuerzo de los pulmones.

Por partes: lo primero que hay que admirar es el Templo de Quetzalcóatl, al fondo de una ciudadela en la que resaltan las lonas de las madrigueras de los arqueólogos. Algo guardan con mucho celo que, cuando una se acerca por allí a fisgonear, inmediatamente sale un centinela a cubrir el misterio. Mientras subo la escalinata al templo del Dios del Oeste, pienso en una tortuguita con incrustaciones que me vendían unos pasos atrás y que me parece cara. Encontrarse frente a la maravilla física tantas veces vertida en fotografías siempre es desconcertante y revela el poco democrático mundo del patrimonio cultural: la fantástica serpiente emplumada tejida en el “barandal” de las escaleras del templo siempre es fotografiada a ras de suelo, donde seguramente se apreciará el efecto ondulante de la escultura. Desde donde el turista mira el templo (una escalinata con barandales de hierro), éste se ve pequeño y la serpiente un poco menos emplumada que en las fotos. Un poco más tarde comprendo, al ver a un señor hacer una demostración de la solidez de las ruinas con claudinasu bastón, el maternal celo de los conservacionistas de Teotihuacan.

De regreso a la entrada de la zona arqueológica, compro la tortuguita con incrustaciones antes de comenzar el paseo por la Calzada de los Muertos, cuyo nombre equívoco, empiezo a pensar, provee a Teotihuacan de un imaginario mórbido muy alejado de su espíritu. La vista desde las pirámides tiene sus reverberaciones en el templo que siglos reprodujeron con un menor despliegue arquitectónico los mexicas en el Cerro de la Estrella. Una piensa en la obsesión de los habitantes mesoamericanos de instalarse bajo el sol y bajo las estrellas en el centro de su galaxia territorial, con los cuatro puntos cardinales bien abiertos entre el cielo y el aire. En Teotihuacan, las pirámides atraen como moscas a las personas que han dejado despoblada la Calzada de los Muertos.

Después de subir y descender regreso al paisaje onírico de la Calzada: el césped está cubierto de unas florecillas silvestres de un rosa muy pálido que hacen pensar, a la distancia, que allí cayó una sábana de un algodón de azúcar; los nopales están llenos de tunas y los perros, correosos y asustadizos, deambulan entre las ruinas de lo que muchos años después la gente se imaginó como tumbas y que fueron, en realidad, las casas elegantes, los edificios públicos principales de una ciudad cuyo nombre y habitantes todavía no conocemos; una ciudad que es un libro misterioso escrito con una caligrafía bellísima… en un lenguaje desconocido. A ambos lados del camino, y al fondo (en la monolítica invención de las pirámides) la roca cortada, medida, arrastrada de manera precisa y perfecta —me imagino en mi paranoia histórica— con el único fin de perdurar. Pienso que Ellos lo sabían: que vislumbraron el transcurso de los siglos y que quisieron permanecer a través de ellos, imaginando que (como entonces) las rocas volverían a convivir con las flores más leves del paisaje, que serían contempladas por un segundo o dos por una nube en forma de plancha, que el fuego podría intentarlo, que seguramente alcanzaría a hincarle el diente a los edificios menos robustos, pero que no podría nada contra las pirámides. Ahora me imagino que abandonaron la ciudad así, con toda la malicia del mundo, que nada pudiera apropiarse de ella: ni el paisaje natural ni el deseo ni el raciocinio de dos civilizaciones que por siglos han intentando inventar Teotihuacan.

Popular

del mismo autor