RELEVOS AUSTRALIANOS

Paradas continuas

A la larga lista de frases que resumen la idiosincrasia del mexicano —en otra entrega abordaremos las grandes frases de nuestros siempre perdedores héroes nacionales independentistas, revolucionarios o deportistas—, el transporte público ha acuñado algunas por demás célebres, suficientes como para ocupar un pabellón entero del Museo Nacional de Antropología e Historia. “Niños mayores de tres años pagan pasaje aun sentados en la piernas”, demuestra como el mexicano, desde su nacimiento, posee el antídoto contra su propio ingenio, ya que debió de ser práctica común que las amas de casa se ahorraran unos pesos al cargar a sus vástagos sobre el regazo, durante la ominosa época en que algún vivales tomó la decisión de utilizar la Combi de Volkswagen como el medio más eficiente de transporte en la ciudad de México, bajo la lógica de que entre más unidades circularan más dinero se ganaría por permisos, tarjetones, revistas, placas, amparos más aquellos medios legales u oscuros para hacerse de recursos y de una buena clientela política. Dependiendo del criterio del impresor, en la frase de marras puede aparecer la figura de Tío Rico McPato, ataviado con sombrero de copa y un bastón, en actitud desafiante y prepotente. ¿Cómo llegó ahí este millonario personaje? ¿Se trata de la imagen del rico que explota al pobre y que no le deja ningún espacio posible para la evasión total o la distracción en la fábrica? Resulta evidente que ningún personaje mexicano de historieta podría ocupar el lugar de Tío Rico, sobre todo porque ¿les haríamos caso a pobretones como Memín Pinguín, Borola Burrón o Capulina?

Calcomanía clásica aquella que reza: “No tires basura no seas…” y que se complementa con el rostro de un Porky sudoroso y apenado, que se limpia con un pañuelo la vergüenza de su estirpe. La difundida idea que el cochino es un puerco porque sí, se desecha al leer las páginas de Vacas, cerdos, guerras y brujas, libro de Marvin Harris, quien explica que los cerdos se revuelcan en el lodo debido a la falta de glándulas sudoríparas.

Hace pocos días, al abordar un microbús, leí una frase escrita en la parte de atrás del respaldo del conductor. Estaba escrita con una tinta color naranja fosforescente, de esa que tiene la cualidad de expandirse, que se emplea comúnmente en adornos para despedidas de soltera o fiestas infantiles. Decía: “Favor de no jalar el asiento”. La idea me pareció descabellada, puesto que era incapaz de imaginar a alguien que por el hecho de pagar cinco pesos decidiera de buenas a primeras jalar el asiento como para asustar o desconcentrar al chofer. La respuesta llegó por sí sola cuando el susodicho entró con mucha dificultad por la estrecha puerta del microbús y dejó caer, literalmente, los más de cien kilos de peso de su humanidad, y convirtió al asiento en una tripa de borra y hule-espuma que aprisionó a una viejita que buscó comodidad en el peor lugar posible. Precisamente al descender, la viejita no tenía de otra más que apoyarse en el respaldo, para salir de esa trampa mortal. Su vida entera dependía de la resistencia de las bisagras del asiento, corroídas y polvosas.

El exterior de los vehículos de transporte es el mejor escaparate para el ingenio mexicano. La frase “A que no me pasas…”, cuya contundencia la coloca a la par de “Acaso estoy yo en un lecho de rosas” o “Va mi espada en prenda”, se rotula en la defensa trasera de los vehículos, sobre todo en los camiones “materialistas” (denominación para los que transportan grava, cemento, o varillas, nada que ver con marxismo). Al momento en que algún conductor bragado, de esos que abundan a lo largo de las decenas de miles de kilómetro de caminos asfaltados de la ciudad, acepta el reto y rebasa al camión, se topa con que en la defensa delantera, la frase remata: “…a tu hermana”.

Si estos cafres, verdaderos dueños de calles y avenidas, poseyeran un escudo con blasones, su insignia sería “Paradas continuas”, con lo que justificarían el entorpecer todos los días las vialidades de la ya muy congestionada Ciudad de México.

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