PUEDO PALPAR EL MIEDO EN EL AIRE

Porque tenía miedo de las noches que le llenaban de fantasmas la oscuridad.
De encerrarse con sus fantasmas.
De eso tenía miedo.
Juan Rulfo

capitala foto es blanco y negro: miro sus pómulos resueltos, su frente despejada, su mirada inquisitiva; es aún muy joven, se advierte su soltería porque todavía sonríe. Siempre que pienso en mi tía vienen los fantasmas.

Mis recuerdos de ella son de una mujer septuagenaria, empequeñecida, tan liviana que podría arrastrarla el viento. Rebeca, el significado etimológico podría resumirse como: la enlaza mundos; ese nombre bíblico es el que llevó en vida, heredando a su vez la espiritualidad impresa en esas cábalas. Ya muerta, algunos la evocaban con cariño como “Bequita” o “la tía celestial”, y otros con mordacidad como “la tía reboca”, “la trinadora”, “la loca de los pájaros”, “la espiritista”.

Aún no estaba muerta y su leyenda ya la había enterrado, anulando casi por completo la disciplina monástica y la dependencia religiosa que llevó sin tropiezo ni quebranto sus últimas cuatro décadas. Unos dicen que cuando le fueron administrados los santos óleos gritó de espanto, otros que pudieron ver por un segundo su rostro como cuando fue joven. Las leyendas son la versión que prevalece tras la muerte.

Antes de cumplir los veinte años se casó enamorada, y no habría de ser mi tío Apolinar el dueño de sus desdichas, pero sí una especie de intermediario. A excepción del segundo piso, utilizado como despacho de abogacía, el resto de la casa fue decorado por ella; compró muebles barrocos y grandes espejos de marco chirrigueresco, puso color amarillo a las paredes y en el patio, que era un largo pasillo de aproximadamente cinco metros de ancho por cuarenta de fondo, enormes macetones con limoneros, tangerinos, limas y naranjos; y encima y entre los frutales (que nunca crecieron demasiado), sobre las paredes, más de cien jaulas.

Mientras mi tío, encerrado en su despacho, estudiaba los pleitos legales de sus clientes, ella regaba sus plantas y arbolitos con esmero y fue comprando poco a poco pájaros de todos los trinos, tamaños y colores: canarios, gorriones, jilgueros, cardenales, petirrojos, mandarines, pericos, cotorras, cacatúas, guacamayas y demás. Pese a los cientos de aves que llegaron a ser, siempre mantuvo el patio limpio. Ser ama de casa le permitió cultivarse en su relación con una naturaleza que no puede domesticarse, a excepción de Argos, un perro que sólo ladraba cuando presentía el peligro y que nunca se separó de ella hasta que lo encontraron, literalmente, muerto de miedo; en el rígor mortis llevaba retratado el espanto.

highlight1Habían pasado cinco años de matrimonio y las cosas se desarrollaban con cierta placidez, con cierta ligereza. Quizá si hubieran podido por entonces concebir hijos, mi tía no se hubiera entregado por completo a coleccionar pájaros; varios familiares opinaban que, para la decoración aviar, el trabajo de un taxidermista habría representado algo menos insano. Había jaulas en las paredes, en el piso, en los barandales, en el techo y en las celosías. El único trato fue que todas las aves estuvieran afuera de la casa; de hecho, el ir del patio al interior de la casa era como ir, de un solo paso, de la jungla a la antesala de un museo.

Cuentan que cierto día, ella se enamoró de una antigüedad, un espejo del tamaño de una puerta. Lo compró a precio de escándalo y lo mandó recargar sobre una pared de la sala, al lado de un piano; por encima del piano había una réplica mediocre de un Van Gogh: “Lirios”. A la llegada del espejo comenzaron a suceder cosas extrañas, que gradualmente aumentaron hasta pasar de lo extraño a lo maléfico. Rebeca, que hasta entonces había llevado una vida tranquila y en evidencia feliz, comenzó a ser atacada por entidades sutiles.

Durante los primeros dos años fueron simples incidentes, como escuchar susurros y presenciar portazos, pero luego, ante la indiferencia a estos fenómenos a los que mis tíos buscaron explicaciones racionales, respuestas como el viento o el crujir de los muebles antiguos, los descarnados hicieron notar su presencia. Cierto día mi tía se quejó de que le habían jalado el cabello, al voltear no había visto a nadie. Apolinar creyó que eran meras invenciones porque su esposa se encontraba aburrida, le recomendó ir a practicar deporte; ella se inscribió a clases de natación. Mas antes de cumplirse el mes volvieron a jalarla, esta vez por los pies hasta sacarla de la cama. Gritó pidiendo ayuda; mi tío la encontró en el suelo, presa del terror.

Mi tío habló con los parientes cercanos, confesó creer que su esposa se estaba volviendo loca, pero ante las imprecaciones de mi abuela y otros familiares, acordaron llevar a un sacerdote para exorcizar la casa. Así fue, y mientras se llevaba a cabo el servicio de limpia, los pájaros no dejaron de chillar alarmados. Esa misma noche, su hogar comenzó a llenarse de gatos. Rebeca vio a través de la ventana un minino, pero al acercarse, a través de la oscuridad empezó a notar decenas, toda una legión félida. A partir de entonces, todas las noches se repetiría el mismo fenómeno, un ejército de gatos congregado en la azotea, en los antepechos, en los pasillos, en los escalones, en los aleros y los barandales. Nunca atacaban las jaulas, nunca peleaban ni se cortejaban, sólo se quedaban ahí, impertérritos, mirando el vacío, maullando un doloroso himno, tan oscuro, que dicen, aquel que lo alcanzaba a escuchar se quedaba triste durante varios días.

Las alarmas se encendieron. Apolinar le rogó que regalara los pájaros, pero Rebeca sostenía amarlos con toda su alma y juraba que cada uno formaba parte de ella. Las cosas dentro de la casa tampoco iban bien, al interior se habían mudado, según mi tía, varios fantasmas, mismos que empezaron a acosarla con gritos y susurros. Le decían maldita, le juraban que pasaría a formar parte de sus legiones, le prometían la locura sin retorno, la perdición sin salida.

Mi tío la convenció de ir al psiquiatra. Comenzó un largo tratamiento de calmantes y antipsicóticos que la arrumbaron en un rincón de ensueño, su existencia comenzó a ser fantasmagórica; fue un fantasma antes de que los verdaderos fantasmas la trasformaran en uno de ellos. Continuaron los gatos inundando la casa por las noches, siguieron los pellizcos, los jalones de greñas, las maldiciones. Luego de, ya, unos años, mi tío entró a la cocina, donde Rebeca preparaba la cena ante la mirada de algunos felinos, los cuales la observaban desde el patio a través de la ventana, y allí sucedió, un cuchillo voló de su mano de forma imposible, gritó: ¡No me digas loca!, tapándose con las manos los oídos, y los platos que estaban colocados sobre la mesa fueron volcados con violencia por una presencia invisible. Mi tío enfermó de diabetes.

highlight2Volvieron a exorcizar la vivienda pero no funcionó, por el contrario, las ánimas reaccionaron con más violencia. Fue por esas fechas que murió Argos. Mi único hijo, me lo mataron de un susto esos malditos demonios, decía inconsolable mientras acariciaba el cadáver de su perro. Ante las circunstancias, decidieron acudir a un centro espiritista. Asistieron a varias sesiones, donde según mi tío Rosendo, a través de uno o varios médiums se invocaron espíritus que pudieran contrarrestar las fuerzas demoniacas que ocupaban la casa, se realizaron varios ritos profanos. Los fantasmas respondieron con fuerza. Incluso Apolinar juraba haber sido poseído por uno de estos espíritus, también contó que unas voces trataron de convencerlo de que su esposa estaba demente y que era menester acabar con su vida. Tanta persuasión no se da ni en los tribunales, dicen que decía.

Mis tíos continuaron yendo a las sesiones de espiritismo. Se volvieron sigilosos, ariscos, y solitarios se alejaron, así como de la familia, del resto del mundo. Un pariente, que fue a visitarlos por entonces, asegura que mantenían tapados todos sus espejos con sábanas y sus ventanas con cortinas de terciopelo negro; dijo que las luces no paraban de parpadear cada que Rebeca entraba en una habitación; hizo hincapié en que todos los trastes que había en el hogar habían sido sustituidos por cacharros de plástico (tiempo atrás, mi tía Ignacia había sido testigo de cómo las ánimas le rompían los platos de loza que Rebeca transportaba en sus propias manos); también relató que al anochecer: “La trinadora” iba tapando con tela cada una de las jaulas… estuvo más de media hora haciendo aquello.

El súmmum ocurrió el día en que mi tía, después de años infructuosos, quedó embarazada. Apolinar, al cerciorarse del resultado, comunicó la noticia por teléfono. Mi abuela, junto a mi tía-bisabuela Arcángela y mi tía-bisabuela Serafina fueron a visitarlos ese mismo día. Llegaron, y mientras esperaban a Rebeca en la sala, sus gritos subieron desde el patio. Cuando se asomaron, un ente invisible le arrastraba por los cabellos a través del corredor del patio; algunas jaulas se volcaron. Cuando llegaron a su lado, notaron que había sido arrastrada unos diez metros. Ese día abandonaron la casa.

Había pasado más de una década, los fantasmas parecía que habían vencido. Todas las fuerzas y los tiempos prósperos los barrió la tragedia, los espíritus maléficos habían tomado su casa por asalto, los habían echado de su propio hogar. Contrataron a una señora para que cuidara exclusivamente de las aves; llegaba a las siete de la mañana a destaparlas, las alimentaba, limpiaba las jaulas, el piso, las paredes, los barandales, los antepechos, las celosías y la escalera; regresaba a las seis y media para tapar las jaulas y se iba. Pasadas dos semanas renunció, no hubo poder que la hiciera cambiar de idea y se negó a hablar de lo sucedido.

Cuentan que un día que Rebeca regresó de un rito espiritista se decidió. Pidió que la acompañaran. Un pequeño batallón de seis familiares fue hasta la casa, en plena noche. El ejército gatuno se encontraba apostado, en posición de firmes, observando de manera hipnótica la nada mientras entonaba aquel himno de maullidos. Prendieron todas las luces y abrieron todas las puertas. Entonces mi tía, armada con un amasador de madera, hizo trizas el espejo antediluviano que se encontraba junto al piano (mandó quemar el marco). Dicen que a cada golpe, el cristal profería lamentos y que cuando terminó de machacarlo, ella expresó: De ese espejo se salieron los malditos demonios. Luego fue rompiendo en forma sistemática todos los faltantes, incluyendo los dos que se encontraban en el despacho, Para que no tengan donde meterse los cabrones, decía.

Bajaron todos juntos al patio. Rebeca pidió que la esperaran al borde de la escalera y caminó hacia las jaulas; frente a ella, los gatos cerraron filas; avanzó con valentía y comenzó a abrir las jaulas, y los pájaros comenzaron a ascender, cientos de pájaros que se perdieron en el cielo negro, muchos desorientados por ser la primera vez que emprendían el vuelo; no paró de azuzar a las aves hasta que las jaulas quedaron vacías. Esa noche, los gatos abandonaron sus puestos para jamás volver. Rebeca había recuperado su libertad y meses después habitaría esa misma casa, libre de fantasmas, pájaros y espejos, junto al hijo que alumbró luego de una labor de parto de cuarenta y un horas; así retornó de entre los muertos.

 

Nota del autor: Esta es una historia real. Por petición de los supervivientes, los nombres han sido cambiados. Por respeto a las víctimas. El resto está contado exactamente como ocurrió.

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