PuebLONDON

UNA DE ANIMALITOS

Para el maestro Omar, preocupado por los mapaches

A principios de esta semana una noticia “fuera de serie” inundó las redes sociales en el área de Toronto: un mapache murió atropellado en la calle y, luego de expresar los debidos sentimientos de aflicción por su temprana partida, algunas personas llamaron a los servicios sanitarios de la ciudad para que retiraran los restos del buen animal. Conforme pasaban las horas y el servicio de limpia no acudía, la gente comenzó a acercarse al lugar a dejar pequeñas notas de despedida para el mapache, fotos, incluso una caja donde se iban depositando monedas para asegurar un “buen entierro” para el animalito. El caso llegó al extremo en que un político, famoso por su uso del Twitter, iba comentando la situación a lo largo del día. Unas doce horas después del primer tweet, los recolectores llegaron por el mapache, lo metieron en una bolsa de basura y le dijeron a los curiosos algo así como: “¡Ay, no mamen, es un mapache!”, y se llevaron una rechifla general.

Esta aparentemente inocente anécdota nos remite directamente a la naturaleza rural de Canadá, donde aun su metrópoli más densamente poblada (la Greater Toronto Area, que comprende Toronto y los cuatro municipios a su alrededor) alberga apenas seis millones de habitantes. No sólo la presencia humana es aún muy manejable, sino que alrededor del área hay una cantidad importante de bosques y las granjas de soya, frijol, maíz y ganado se tocan con las zonas urbanas. No es de extrañar que para algunos bichos, como los mapaches, los límites entre la ciudad y el área silvestre estén poco delimitados.

A pesar de que los torontonianos (a mi me suena mejor toronteños, pero a ellos no) se consideran a sí mismos altamente cosmopolitas, urbanitas, culturosos y sofisticados, su patio trasero está habitado por todo tipo de vida silvestre. El verano en esta parte de Ontario trae consigo a las luciérnagas que compiten con las luces de la ciudad todas las noches, además de un concierto de sonidos animales que van desde las chicharras, en los días de calor acuciante; todo tipo de pájaros diurnos y nocturnos, incluyendo el repiqueteo de los carpinteros, y los gritos de guerra de las ardillas batallando por una nuez. No solo son las voces de los animales, sino el silencio que aún se aprecia en los barrios más alejados del centro, lo que permite apreciar la fuerza y la abundancia de la naturaleza alrededor de las plazas y centros comerciales, como si de pronto se hubiera abierto una tienda de ropa de última moda en medio de Yellowstone.

En Ontario, los letreros que avisan a los automovilistas acerca de la proximidad de los venados son apenas un pálido reflejo de lo que ocurre en otras provincias, como Saskatchewan, donde los alces aparecen de pronto en las carreteras y han causado problemas de tráfico, incluso accidentes severos en los que han perdido la vida conductores con la mala fortuna de enfrentarse directamente con una de las fabulosas cornamentas de estos majestuosos mamíferos. O los osos que atraviesan como si nada el centro de algunos pueblos pequeños o villas, llevados por el olfato, para revisar los botes de basura más cercanos. Algunos barrios apartados del centro, tanto en Toronto como en PuebLondon, tienen de pronto la visita de osos negros, algunas veces con sus cachorros. Su presencia ha sido tan constante que se han tenido que rediseñar los contenedores de basura para que los más pequeños no se queden atrapados dentro, con el consecuente mal rato de encontrar, al día siguiente, a mamá osa enfurecida tratando de recuperar a su retoño.

De ahí que la relación de la mayoría de los canandieses con la vida silvestre sea casi su sello nacional. Cuando otoño, invierno y primavera no ofrecen sino una gradación de temperaturas frías que van de “no siento los dedos” a “puedo salir con chamarra nada más”, la llegada del verano brinda a la vida animal y humana una gran variedad de posibilidades y todo se puebla de movimiento y voces, particularmente las horas nocturnas, cuando los zorrillos, zarigüeyas y mapaches salen a asolar los basureros locales (¿recuerdan la película Vecinos invasores? Pues así).

Para mí, la primera vez que sentí esa presencia de forma más directa fue cuando me dirigía a la universidad en el autobús, en el primer año de mi estancia en PuebLondon. La velocidad máxima de tránsito en las calles de cualquier ciudad canadiense es de 50 km/hr, y hay que bajarla en algunos puntos donde el tránsito de peatones es intenso o también donde el cruce de animales se hace más frecuente. Ese día avanzábamos sin mayores contratiempos cuando de pronto el chófer comenzó a bajar la velocidad más y más. Algunos pasajeros nos asomamos a la ventanilla del frente, para ver cómo una familia de gansos salvajes (papá ganso, mamá gansa y unos cinco gansitos) caminaban frente a nosotros, libres de toda preocupación. Afortunadamente no decidieron sentarse en pleno arroyo, porque entonces hubiéramos tardado más en continuar. Habríamos tenido que esperar a que la familia Ganso decidiera continuar con su camino o hiciera caso de las voces del chófer. Pero no, estas aves andaban en la recolección de comida y se dirigían a un riachuelo cercano donde refrescarse. Salieron del camino algunos metros después. Uno podría decir: qué fabuloso conductor de camión, que da paso a la naturaleza. Sin embargo, estar alerta al cruce de animales se encuentra dentro de las leyes de tránsito y el amable señor se podría hacer acreedor a una multa fuerte si decidiera simplemente “echar bocina” y pitar hasta ensordecer a los gansos (y a los pasajeros). Lo que debería hacer si éstos se sentaran a medio camino sería bajar de su camión y arrearlos hasta que salieran de la ruta.

Lo que nos lleva de vuelta al caso del mapache de la calle. La ciudad, como institución, tiene la obligación de retirar los restos de animales de las vías públicas, incluso de los jardines de las casas, ya que si un zorrillo se muere en el tuyo, no tienes el deber de darle cristiana sepultura, y sí está estrictamente prohibido tirarlo a la basura o quemarlo en el jardín. Los habitantes deben reportar el hecho a un número de teléfono especial (311 en el caso de la GTA, número de no emergencia), como se hizo tras la muerte del mapache; en todo caso pueden retirarlo a la orilla de la banqueta para que los autos no terminen de destrozarlo. Los servicios de limpia lo recogen y lo llevan a incineradores especiales. Se recomienda no tocar el cuerpo sin guantes y, de ser posible, meterlo en una bolsa de basura para facilitar su manejo, pero nada más. El pequeño monumento funerario que se armó en torno al animalito fue, en realidad, una muestra de la sutileza de las quejas de los torontonianos respecto a la “ineficacia” de sus servicios: si nadie tiene la obligación (o incluso, el derecho) de retirar el cuerpo, y hay que esperar 12 horas a que esto suceda, bueno, alguien está haciendo mal su trabajo. A nadie se le ocurre echarle la culpa al mapache por dejarse atropellar, al automovilista por no verlo, o al vecino por no tirarlo a la basura, ni a nadie más. Se presiona haciendo el problema más visible (poniendo ofrendas), sacándole fotos y subiéndolo a Twitter.

Vida silvestre y legalidad son temas difíciles de conciliar. Está bien claro en la mente de los canadiense que hay que respetar la fauna y, al mismo tiempo, hay que lidiar con ella de manera eficaz y conveniente para todos. Las contradicciones humanas no se dejan esperar. En alguna ocasión escuché en la radio cómo los vecinos de la ciudad de London se quejaban al ayuntamiento por una plaga de hormigas que asolaba los jardines y se comía una especie particular de flor. Era el deber de la ciudad, decían, acabar con esas hormigas. Los vecinos no tenían porque invertir en insecticidas para controlar la plaga. De ser posible, la ciudad debía contratar personal especializado para retirarlas de forma ecológica y sin dañar el pasto. Además, debía hacerse pronto antes de que la peste terminara con los jardines. En una ciudad donde el tema de la pobreza se hace cada vez más acuciante y la necesidad de reformar el transporte público es evidente, unas cuantas flores en el jardín particular de un vecindario sonaban como una exigencia exagerada. Por otro lado, los amantes de los animales y la legalidad, que también reclaman su derecho a la vida privada y la tranquilidad de sus vecindarios, no se han detenido para retirar las cuerdas vocales a los perros y así evitar el “ruido innecesario”. Se levanta un memorial de despedida a un mapache anónimo pero se silencia a la mascota de la casa. Un comportamiento que raya en lo animal, opino…

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