MI RETRETE

 

i retrete se descompuso. Es un excusado no muy viejo, pero barato y corriente. Ya una vez falló el mecanismo del sapito y reponer la pieza y la compostura costaron cerca de 400 pesos. Esta vez volvió a fallar el famoso sapito y además la tapa de la caja se rompió. Así que ya no más.

Me dije: Alfonso, tú mereces cagar en un lugar decente, sin tener que meter la mano a la caja y jalar el hilo. Además, los hijos de tus vecinos y de tus amigos merecen tener agua. Tú morirás y ellos se quedarán. Ahorra agua por ellos. Cómprate un retrete ecológico.

Así fue como me decidí a comprar un nuevo retrete. Ecológico, moderno, bien diseñado, pero económico. Los tiempos no están para dilapidar el dinero en un utensilio en el que meas o cagas cuando estás en casa.

Entonces regresé a la calle de Ayuntamiento, en el centro de la Ciudad de México. Regresé porque viví a tres calles de esa hace cerca de diez años. Recuerdo mis caminatas por esa Ayuntamiento, llena de negocios y tiendas de utensilios para el baño: tazas, lavamanos, llaves, regaderas, tinacos, jacuzzis y demás parafernalia. Entraba yo a ver los diseños de los muebles esos, porcelana, cristal templado y hasta mármol. Todo para que el mexicano promedio pueda sentirse a gusto en su baño.

El asunto es que caminaba por ahí de nuevo, analizando tiendas, viendo en cuál preguntar. Hasta que di con una, atendida por una mujer joven y guapa. ¿Que cómo sé que era guapa? Porque su figura era menudita, no era alta pero tampoco chaparra; su busto, sus caderas y su culo eran generosos, ojos grandes, maquillaje discreto. Hela ahí, inspiraba confianza a primera vista. Además, una sonrisa también discreta, de invitación a entrar, sin llegar al coqueteo.

Entré, miré aquí y miré allá. Ella dijo que podía preguntar. Así que cuando vi un modelo bien diseñado, sus dos botones en la tapa de la caja, color hueso, pregunté cuánto.

Ella dio una serie de especificaciones que no recuerdo, aunque me concentré en escuchar lo que decía.

—Y los dos botones por qué, pregunté.

—Como es ecológico, el de la izquierda arroja tres litros por descarga y el de la derecha cuatro litros. Uno es para líquidos. El otro para sólidos.

He ahí la razón que me llevó a comprar el chunche aquel. Si alguien que es guapa y vende inodoros y retretes y demás cosas y es capaz de llamarle a los orines, líquidos, y a los excrementos, sólidos, yo le compro lo que sea.

No lo pensé más. Pregunté el precio: dos mil pesos. Pagué. Luego de una llamada y minutos de espera, un tipo salió de la parte de atrás cargando una caja con el aparato para deshacerse de líquidos rectales y sólidos intestinales.

Cerré el trato con un suave apretón de manos a la mujer. Ah, esa mano.

Detuve un taxi, cargué el tonelaje del retrete. Muchos minutos después llegué a casa y subí trabajosamente la pesada carga.

Eso fue ayer. Ahora espero a que el plomero venga a hacer su faena y me deje instalado mi nuevo retrete ecológico. Ya me urge poder sentarme y tirar unos cuantos gramos de sólido y unos mililitros de líquido. Y ahorrar agua para los hijos de mis amigos, faltaba más.

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