¿HABLA INGLÉS?

Al vivir en Canadá, ésta podría parecer una pregunta redundante. Sin embargo durante el tiempo que llevo aquí me he dado cuenta de que es de lo más apropiada. Uno nunca sabe el tiempo que una persona ha pasado en el país, por qué está aquí o cuál es el motivo de su estancia. Aún cuando parezca que es imposible vivir en un lugar sin entender la lengua, me he enterado de casos de personas con total reticencia a aprenderla. Era célebre un estudiante de la universidad que, a nivel de doctorado, se negó a aprender inglés y vivió los cuatro años del programa sin decir siquiera “yes”. Había mucho de contradicción en su actitud al decir que detestaba la cultura anglosajona, que se negaba a aprender el idioma, pero venir a un país anglo a estudiar. Cosas más raras se han visto. Esto era posible en el departamento de español, donde hasta hace unos años no pedían que los prospectos de estudiantes comprobaran su dominio de la lengua desde antes de llegar, sino ya inscritos y como requisito para graduarse, así que no son pocos los casos, sin embargo, en que ya sea por prejuicio, por flojera o por una sincera incapacidad, la gente no habla inglés.

Sin embargo, cuando se planea pedir la residencia permanente en Canadá la cosa cambia. Hay que presentar un severo examen diseñado por la Universidad de Cambridge y aplicado por el British Council, y obtener un puntaje superior al 75% para ser considerado como “hablante funcional del idioma”. La dificultad del examen no estriba solamente en las preguntas que haya que contestar, sino en el proceso mismo. Pero esto es Canadá, así que ya sabemos que cualquier cosa que se emprenda tiende a volverse complicadita.

Todo comienza con el sitio web de inmigración, que le explica a uno cuidadosamente que el examen lo aplican solamente algunas agencias autorizadas, no se puede presentar en cualquier fecha, sino que se la deben asignar a uno y hacen fuerte énfasis en que se tiene que hacer con la empresa autorizada porque si no, no harán válido el resultado. Enseguida ponen un link que te dirige a la compañía de exámenes… que no está autorizada.

Resulta que en mi proceso para solicitar la residencia tuve que someterme a este test de dominio del inglés, pero en mi caso creo que lo que realmente están probando es mi paciencia, o mi determinación de hacer la solicitud pese a todo, o tratando de convencerme de que lo mejor será seguir por la vida como estoy. Cuando encontré el enlace a la escuela de inglés me decía, muy claramente, que fuera a una dirección aquí mismo en el pueblo, con toda mi documentación (pasaporte, otra identificación, formulario lleno y dinero para pagar). Voy al lugar señalado en la página, donde me indican que no, que todo el trámite se hace por internet y me dan un teléfono en otra ciudad a donde debo llamar y ellos me van a decir “qué tengo que hacer”. Así, como si fuera un gran secreto, o como si estuvieran a punto de darme el santo y seña para entrar a una logia prohibida.

Regreso a casa con cajas destempladas, tomo el teléfono y me informan que lo que sucede es que inmigración tiene el link incorrecto: donde dice “así”, debe decir “asá” y entonces me comunicaría directamente con ellos, que tienen esta otra página web donde efectivamente se realiza todo el trámite por vía electrónica y es bien fácil.

Respiro, entró al sitio correcto donde se me hace saber que efectivamente el examen se solicita ahí y hay que pagar nada más 300 dólares para que te den tu fecha. Con un golpe bajo al área de la cartera hago mi solicitud y me llega un correo electrónico diciendo que en unos días se me informará si he sido aceptada y cuándo presentaré el examen. Efectivamente, al final de esa semana me llega por e-mail la ansiada fecha y se me pide que esté pendiente de más comunicaciones en el futuro, en las que se me harán saber el lugar y la hora. Todo muy sospechoso. Una semana antes del evento, me entero que tengo que estar a las ocho de la mañana en el edificio de una de las escuelas superiores de la región, Fanshaw College. Habrá un registro (¿no estaba registrada ya?) y tengo que llevar mi pasaporte, una identificación más, dos lápices, un sacapuntas, una goma de borrar y una botella de agua de plástico transparente sin etiqueta si no me quiero morir de sed. No se permite ingresar al examen con tus pertenencias, tienes que dejar mochila, bolsa o lo que sea, además de abrigos, sombreros u otros accesorios, en el salón de junto. No teléfonos ni otros aparatos eléctricos.

El día del examen acudo puntualísima a la cita, porque pesa sobre mi la amenaza de que si llego retrasada pierdo la fecha y no sólo eso, también los 300 dólares que pagué. Tendría que volver a solicitar y pagar por un nuevo turno. Por supuesto que no estoy dispuesta a eso, así que ahí me ven, haciendo fila habiendo entregado todas mis pertenencias al representante de la escuela de idiomas, y siendo presionada para que vaya al baño ya o no podré hacerlo en un buen rato después de eso. Mis órganos internos se contraen.

Después de la larga fila llega mi turno de que revisen mis identificaciones, observen cuidadosamente mi foto y luego mi rostro, se den por satisfechos y pase a que me tomen otra fotografía, me hagan firmar la asistencia y -agárrense- tomen mi ¡huella digital! Una representante de la escuela me lleva entonces al salón, luego de checar que lleve solamente mis lápices, sacapuntas y goma (se me olvidó el agua) y ahí, otra persona me conduce hasta mi asiento, que ya está marcado con mi nombre, número de folio y la hora para mi examen de conversación.

La mitad del salón está llena con personas, en su mayoría muy jóvenes, de origen chino, indio, paquistaní, árabe y uno que otro africano. Hay dos o tres que destacan por tener la piel más clara que el resto, un chico que al parecer viene de Ucrania y una mujer que, después me entero, también es mexicana. Más chinos, más indios y más árabes van entrando y casi al final, como cereza del pastel, un güerito de ojos azules se sienta dos mesas atrás de mí. Puedo ver su pasaporte (que hay que dejar encima del escritorio, porque puede ser revisado otra vez en cualquier momento) y veo que proviene ni más ni menos que de Estados Unidos. Me imagino el deleite con el cual el funcionario de inmigración le hizo saber al “Americano” que debía presentar un examen de inglés y no pude menos que reírme. ¿Qué opinas, Donald Trump?

Una vez que todos los representantes de la ONU estamos en el salón, se reparten por fin los exámenes, que llegaron hasta el lugar en sobres sellados. Nos leen las instrucciones que vienen en un manual. Se nota que la orden del British Council es que los representantes de la escuela deben leerlas cada que inicia una etapa del examen (lectura, escritura, escucha), aunque en cada parte dicen exactamente lo mismo. Ellos están hartos de leerlas y nosotros de escucharlas. Todo el proceso parece diseñado por el MI5 para evitar trampas: que alguien se haga pasar por otra persona, que se copie, que se “soplen” las respuestas. Nos vigilan 5 personas y, cuando alguien necesita ir al baño (efectivamente, ya ha pasado un buen rato), debe esperar a que uno de ellos venga por nosotros, nos acompañe afuera, nos tome huella digital, nos acompañe al baño, nos lleve de regreso, otra vez la huella y ¡por fin! nos deposite de vuelta en el escritorio para continuar la tortura, digo, la prueba. Al finalizar las tres etapas escritas se nos pide que volvamos para el test de conversación a la hora que tenemos indicada en nuestra pequeña hoja con datos, pegada en el escritorio. Hay que estar hora y media antes para asegurarse de no perder el turno.

¿El contenido del examen? Lo siento, juré frente al retratito de la reina que no revelaría una sola de sus características. No puedo darles tips, ni decirles las respuestas, a riesgo de que los espías que aún nos siguen me dispare a quemarropa cuando esté a punto de regar el tepache. Después de este proceso, cada vez que alguien me pregunte si hablo inglés, creo que me he ganado el derecho de decir: sí, y si no me cree, pregúntele al British Council, al servicio de Inteligencia de su Majestad y a la oficina de inmigración de Canadá.

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