EL SILENCIO Y LA PALABRA

En algún punto impreciso de la década de 1930, Esther Born, fotógrafa y estudiante de arquitectura de la Universidad de California, viajó a México junto con su esposo Ernest para documentar el surgimiento de la arquitectura moderna en un país que comenzaba a reconstruirse después de una larga y sangrienta revolución. Nacida en Palo Alto, California, en 1902, Esther Born demostró una gran visión y sensibilidad al entrevistarse con un selecto grupo de arquitectos mexicanos, quienes, desde sus muy particulares trincheras, trazaron el desarrollo de una arquitectura que en el proyecto de Ciudad Universitaria alcanzaría su máximo esplendor.

El resultado de este viaje sui géneris se convirtió en The new mexican architecture[1], libro editado en 1937, con proyectos de Carlos Obregón Santacilia, Juan O’Gorman, José Villagrán García y Enrique de la Mora, entre otros, y una monografía sobre pintura y escultura contemporánea, escrito por el historiador mexicano Justino Fernández.

En las páginas de esta rareza bibliográfica se incluyó dos proyectos de un joven arquitecto tapatío: el Parque Revolución, en Guadalajara, Jalisco, y la Casa para dos familias, frente al Parque México, en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Luis Barragán Morfín, ingeniero de profesión, es retratado de esta manera por Esther Born: “A delightful note of caprice and fun in contrast to the simple architecture has been contributed by the architect’s clever use of colour throughout the buildings. Luis Barragan, of all the youngest group, has been most succesful in his imaginative use of color in modern architecture. His naturally sensitive aesthetic perceptions has never found satisfaction in restriction to the palette populary associated with the international style.”

El proyecto al que se refiere la cita anterior, el jardín de recreo infantil del Parque Revolución, obra de 1929 y destruida años más tarde, pertenece a la faceta racionalista o de estilo internacional que durante algún tiempo practicó Barragán, sobre todo para hacerse de dinero, pero llama la atención que Esther Born destaque el uso del color en su primera obra urbana, lo que contradice la idea generalizada de que fue hacia la última faceta de su trabajo, la de mayor madurez, cuando Barragán pintó sus muros.

Es probable que el registro en blanco y negro de estas primeras obras se hiciera en blanco y negro debido a que Kodak no desarrolló sino hasta 1935 el sistema Kodachrome que permitía capturar imágenes a color.

La publicación de The new mexican architecture marca lo que se convertirá en una constante en la vida y obra de Luis Barragán: el reconocimiento lo obtiene en otro sitio menos en México, sobre todo en Estados Unidos, primero con la publicación del libro de Born, que lo señala como una joven promesa, y posteriormente con la primera exposición sobre su obra, celebrada en el Museo Metropolitano de Nueva York, del 4 de junio al 7 de septiembre de 1976, hecho que muy probablemente animó a las autoridades mexicanas a entregarle ese mismo año el Premio Nacional de Ciencias y Artes.

Quizá su predilección por el silencio (que tan bien supo expresar en sus obras más famosas) explique en parte el bajo perfil que mantuvo en comparación con muchos de sus colegas que incluso aparecían en las crónicas de sociales del México moderno, aunque eso no le impidió publicar sus trabajos en muchas revistas de Estados Unidos y de México, como afirma Louise Noelle en su libro Luis Barragán: búsqueda y creatividad. Fernando González Gortázar, en su libro La arquitectura Mexicana del siglo XX, dice en su ensayo titulado “Indagando las raíces”: “No es claro el alcance de la intervención de Barragán en el diseño de sus extraordinarios espacios abiertos [se refiere al proyecto de Ciudad Universitaria]: publicaciones de la época lo mencionan, con evidente mala fe, como “ingeniero” a cargo de la jardinería”[2].

Aunque González Gortázar no le pone nombre y apellidos a su dardo cargado de veneno, tiene razón sobre el hecho de que el nombre de Barragán aparece prácticamente al final en el listado oficial de los constructores de C.U., en el apartado de “Proyectos técnicos”, entre las obras de Electrificación y de Iluminación, junto con el también ingeniero Alfonso Cuevas Alemán.

Queda claro que don Luis no era del agrado de muchos de los miembros del mainstream arquitectónico. Es un secreto a voces que sus obras se juzgaban de “escenográficas”, y que cómo era posible volverse tan famoso “por tres o cuatro muros pintados de colorcitos”.

También es probable que la ignorancia jugara en contra del arquitecto. ¿De qué otra manera podría entenderse la ominosa indiferencia mostrada por los medios oficiales cuando Barragán obtuvo, en 1980, el Premio Pritzker, el Nobel de la arquitectura? A excepción de los periódicos El Universal —en cuya primera plana apareció el ganador, sentado en una silla de ruedas—, y El Excélsior, que publicó una breve nota en la última página de su sección de cultura, a nadie más pareció importarle el reconocimiento. Por eso, Octavio Paz, en la revista Vuelta de junio de 1980, denunció el hecho así:

“Durante la última semana las páginas y las secciones culturales de nuestros diarios y revistas rebosaron, por decirlo así, con las efervescentes declaraciones de los participantes en un encuentro de escritores más notable por sus ausencias que por sus presencias. Sin embargo, esos mismos días, en las páginas interiores de esos mismos diarios se anunció al público mexicano, de una manera casi vergonzante, salvo en un caso o dos, que a un compatriota nuestro, el arquitecto Luis Barragán, se le había otorgado el Premio Pritzker de arquitectura. Este premio es una consagración mundial pues es el equivalente del premio Nobel. Luis Barragán es el primer mexicano que obtiene una distinción internacional de esta importancia.

“¿Cómo explicar la reserva, rayana en la indiferencia, con que han recibido esta noticia los mundos y mundillos culturales de México, para no hablar del increíble silencio del Instituto Nacional de Bellas Artes? Esta actitud se debe, probablemente, a la influencia de la ideología y la política. Barragán es un artista silencioso y solitario, que ha vivido lejos de los bandos ideológicos y de la superstición del “arte comprometido”. Lección moral y estética sobre la que deberían reflexionar los artistas y los escritores: las obras quedan, las declaraciones se desvanecen, son humo. Las ideologías van y vienen pero los poemas, los templos, las sonatas y las novelas permanecen. Reducir el arte a la actualidad ideológica y política es condenarlo a la vida precaria de las moscas y los moscardones.”

El nombre de Luis Barragán apareció de nuevo en Vuelta en febrero de 1989, a raíz de su muerte (22 de noviembre de 1988), en los artículos de William Curtis (“La obra de Luis Barragán”) y de Xavier Guzmán Urbiola (“Barragán, el otro”), publicados en el número 147.

En 1990, diez años después de su reclamo por la falta de reflectores sobre la obra de un hombre que combinó modernidad y tradición, Octavio Paz recibió el premio Nobel de Literatura.

Caprichos del destino: el hombre que “contra el silencio y el bullicio inventó la palabra”, se hermanó con aquel en cuyos “jardines y casas, siempre procuró que privara el plácido murmullo del silencio.”

 

[1] El texto original puede consultarse en este enlace: http://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=mdp.39015010983446;view=1up;seq=89

[2] La arquitectura mexicana del siglo XX, Fernando González Gortázar (compilador), CONACULTA, 1994, página 171.

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