1982 VS 2015: JUEGOS DIABÓLICOS

En la época dorada de las series de televisión que, por lo visto, ofrecen argumentos más originales y arriesgados que el cine comercial de los últimos años, el director Gil Kenan nos receta el remake de una de una cinta de terror de culto. La historia original es simple: los Freeling, una familia de clase media estadounidense, llegan a vivir a una hermosa casa en un bello fraccionamiento, Cuesta Verde, en el que se ubicaba un cementerio indio. El problema es que los desarrolladores, por ahorrarse unos pesos, sólo movieron las lápidas pero no exhumaron los cuerpos. Y ahí comienzan las primeras manifestaciones que al principio son tomadas con humor por los Freeling, hasta que… es mejor que vean la película en Netflix.

Treinta y dos años después, en la época de las crisis económicas que han sacudido el mundo entero, el guión de esta versión, escrito por David Lindsay-Abaire, ubica a la familia Bowen en un contexto poco afortunado: Eric (Sam Rockwell), el padre de familia, ha perdido su empleo, condenando a su parentela a mudarse a una casa más pequeña, en un barrio más barato y corriente, a juzgar por la cercanía entre las viviendas y las torres de alta tensión, que son presentadas, quién sabe por qué, con cierto dramatismo intrascendente.

Amy, la madre, dice que es escritora. Se supone que debido a las carencias no se ha podido sentar a escribir el best-seller que sacará a la familia del atolladero. Lo malo es que jamás la veremos tomar un lápiz aunque sea para sacarle punta, o quedarse con la vista perdida frente a un cuaderno. La hija mayor es una adolescente caprichosa sin gracia que de tan intrascendente, no mencionaré su nombre; Griffin Bowen (Kyle Catlett), el de en medio, es un niño que se asusta hasta de su sombra y que se convertirá en el héroe de la película. Como es la víctima ideal, no le dejan más opción que quedarse con la recámara del ático, sitio fértil para sucesos inexplicables y donde habita una banda de payasos de juguete que alguien, seguramente el guionista, dejó ahí para matarnos de miedo y hacer la vida difícil al niño. Los Bowen son tan pobres que no les alcanza ni para comprar una tela e improvisar una cortina que cubra la ventana del ático en beneficio de los ojos del pobre Griffin, evitándole, de paso, el miedo de ver todas las noches el tenebroso árbol que intentará tragárselo.

Más adelante, cuando la pequeña y perceptiva Madison Bowen (Kennedi Clements), la hija más pequeña, es transportada a otra dimensión física-temporal por los espíritus que necesitan a un alma pura que los lleve hacia la luz para poder descansar en paz, los Bowen buscan ayuda en el departamento de Parapsicología de alguna universidad. Los “expertos” llegan equipados con cámaras y computadoras de última generación, pero a pesar de que la tecnología actual produce artefactos más pequeños y más sofisticados, sus equipos no impactan ni causan admiración, aunque se incluyan dispositivos GPS. Resulta inverosímil que cuando uno de los “investigadores” grita de miedo y dolor tras meter el brazo en un agujero en la pared para recuperar un desarmador que le fue arrebatado por los espíritus chocarreros, nadie acude en su auxilio. Recordemos que la casa de los Bowen es, casi, de interés social, con delgados muros de Tablaroca.

En el colmo del absurdo, cuando los “investigadores” se dan cuenta de que ellos no podrán salvar a la pequeña Madison, llaman a Carrigan Burke, un cazafantasmas que aparece en la televisión, una versión de Carlos Trejo pero más delgado, con huellas y magulladuras visibles de sus encuentros con los espíritus. ¿Dónde quedó la original Tangina Barrons (Zelda Rubinstein), la médium que desentraña el misterio y el paradero de la niña?

Lo que sucede después puede suponerse: triunfa el cazafantasmas, los espíritus hacen un último esfuerzo por quedarse con la niña y los Bowen huyen en pos de una nueva casa.

Las comparaciones son chocantes, lo sé. Es sólo que me parece increíble que hace más de treinta años había más capacidad para contar una historia, para presentar buenos personajes y hacerlos creíbles. Claro, no siempre se tiene la suerte de que contar con el respaldo de Steven Spielberg y la dirección de Tob Hopper. Esta nueva versión, por desgracia, ni siquiera se parece en duración: mientras que la primera dura 114 minutos, este intento no da el ancho en 93. Es una pálida sombra de su antecesora.

En la época de las prisas, de los contenidos facilones, digeribles y desechables, directores como Gil Kenan creen que nos hacen un favor contándonos una historia a velocidad de la luz, exterminando a los personajes que resultan más invisibles que un alma en pena.

Mejor vean la original. No se pierdan una escena memorable que nada tiene que ver con espantos: cuando mamá y papá Freeling se echan un churrito de mota y se mueren de la risa.

Y aquí está el trailer de la nueva versión:

Poltergeist (Juegos Diabólicos)
Ficha técnica
Dirección: Gil Kenan
Producción: Roy Lee, Sam Raimi, Robert G. Tapert
Guion: David Lindsay-Abaire
Música: Marc Streitenfeld
Fotografía: Javier Aguirresarobe
Montaje: Jeff Betancourt
Protagonistas:
Sam Rockwell como Eric Bowen.
Jared Harris como Carrigan Burke.
Rosemarie DeWitt como Amy Bowen.
Saxon Sharbino como Kendra Bowen.
Kyle Catlett como Griffin Bowen.
Kennedi Clements como Madison Bowen.
País: Estados Unidos
Año: 2015
Duración: 93 min.

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