ZÓCALO

En la primera semana laboral en la Revista Zócalo comprendí que se había acabado el juego.

Derrapaba seriamente en una curva peligrosa de la vida e iba directo a esa colisión tan temida, que llaman “fracaso”. Aventé la pluma sobre la mesa. Observé alrededor.

Me había integrado como parte del mobiliario de una vieja y húmeda oficina polvosa con olor a pies; puesto al servicio de un jefe mediocre a quien el gremio apodaba “el recáspita” por traer los hombros pringados de caspa todo el tiempo, una clase insufrible de sujeto carcomido por la frustración, que se escondía bocadillos en el saco durante las conferencias de prensa.

En aquella oficina campeaba una noción de obsolescencia en las torres de periódicos viejos ocupando pasillos y rincones. De repente sentí asco y salí de prisa a la calle porque necesitaba respirar. Lo que más me ardía eran las últimas palabras de Claudia:

“Hasta nunca” y “Quiérete.”

Porque eran la verdad. Algo se me desarmó por dentro. ¿Y si no tengo la menor idea de cómo hacerlo? Fulguraba en mi horizonte un resplandor de vergüenza. Un bolo de coraje me obturaba mucho más que la garganta.

Apenas pisé la calle escupí una plasta de bilis y sin pensarlo me dirigí a los teléfonos públicos. La ciudad estaba caótica con su movimiento, su escándalo y su contaminación interminables. A ver si esta vez Claudia respondía mi llamada. Empujé las monedas por la ranura. Marqué. Esperé mirando distraídamente el lema de la compañía de comunicación: “El teléfono de los movidos.”

Una bocina prosopopéyica corría a toda velocidad hacia ningún lugar. Detesto los teléfonos públicos porque he perdido una fortuna en ellos. Conseguir trabajo desde una cabina fue titánico; ahora ya tenía un empleo y como jura Morrisey, era una pocilga, Dios lo sabía. Mi llamada timbró por enésima vez. Me encontraba desapercibido de todo porque así te deja la rabia.

Qué estás haciendo, me reclamé. Ni siquiera esperaba que Clau me contestara. Nada más estaba ahí, de pie, obtuso, colgado de la bocina. Hacía días que amenacé con matarla cuando la viera con su novio reciente y ello despertó su predisposición paranoica, le di motivos para escandalizarse como si de veras yo fuera un Ted Bundy.

La odiaba porque había conocido a ese mono en la alberca a la que iba a nadar los sábados por la mañana. Y luego llegaba a mi cuarto de azotea para galopar varias horas sobre mí. Sacaba las cuentas y me entripaba que desde antes de que me dejara ya tenía asuntos con aquél. No dejaba de pensar que llegaba excitada de chapotear semidesnuda junto al hijoputa en trusa.

Claro que yo había sido un miserable con ella; pero al menos soy torpe y no sé disimular las canalladas. En realidad la condenaba porque había ejercido su derecho a abandonarme. Es todo.

Claudia respondió.

Hizo una pausa en su floritura risueña y preguntó quién llamaba con el tono de la primera dama. Al fondo escuché una multitud de voces entreveradas con tintineos de cristales y cubiertos, estaba recuperando su vida. No cuelgues, le supliqué, quiero decirte que conseguí un trabajo. Silencio.

Bien por ti, se deslindó. Había perdido todas mis prerrogativas en ella.

Así que era la primera semana de trabajo en la Revista Zócalo y ya no quería regresar a esa oficina decadente. Por aquella época había terminado la escuela de escritura y gozado de un par de años chéveres y bohemios rodeado de gente interesante y que apreciaba mi talento.

Venía de granjearme la atención de chicas guapas cuya proximidad causó el efecto de asegurarme el amor de Claudia por miedo a perderme. Así que era el rey. El Acapulco. Pero ahora todo se había esfumado. En cambio el dueño de Zócalo, Padilla Lagos, me agarró de avalancha desde la primera vez cuando luego de escudriñarme espetó:

Sabes de corrección y estilo, ¿verdad?

Entonces entró a su privado y regresó con una tonelada de impresos y ordenó que los revisara y corrigiera para aquella misma tarde. Avísame cuando termines para darte más. Mierda. Creí que se burlaba, luego comprendí que sí. Me sentí perdido como El Último Emperador cuando no supo amarrarse las agujetas ante la supervisión del general libertario.

Para mí el purgatorio se llamó Revista Zócalo y el verdugo, Padilla Lagos, un depredador que como insinué, sabe detectar cuando alguien está liquidado para trapear con su despojo. Ahora te va a tocar, Acapulquito, me advertí; pero siempre exagero.  

Calmé la neurosis y volví. En la recepción de la oficina estaba Conchita, esa mujer perturbadora. Reapareció el aguijonazo de rabia, el horrible juego de espejos. También te has convertido en Conchita, me juzgué. No jodas. La secretaria era una señora enjuta y de piel ceniza y corrugada, de manos y pies tan minúsculos y romos como su cabecita hirsuta, que hacían el efecto de parecer siempre contrahecha, como su carácter, como en medio de un maldito trismo, como si todo el tiempo estuviera cohibida por la penosa tarea de existir.

Qué desesperante. La ñora tenía empotrado un rictus que la obligaba a mostrar las coronas plateadas de sus dientes, a deformar aún más su expresión rupestre de miedo prehispánico; pero era una buena mujer. Por eso Carlos Padilla la humillaba. La traía en salsa desde hacía años, según me enteré de la vida al interior de la redacción.

Conchita hacía de escupidera de la ira y frustraciones de Carlos, que no eran pocas ni sencillas porque era un hombre lleno de amargura. A veces la hostigaba gritándole desde su oficina:

“¡Coooooncha! ¿No me llamó Fulano?”

La liliputiense vivía en punta de nervios. Y ay de ella si la cagaba. También si no. Porque no obstante que tuviera la razón en algo, Padilla imponía su dote de prevaricador y siempre la condenaba por incompetente. A veces la dejaba hundida en lágrimas de impotencia por no poder mandarlo a chingar a su madre como se merece cualquier déspota, por la esclavitud del puto dinero.

Una de las infamias consistía en que Carlos indicaba a Conchita que no le pasara llamadas; pero apenas timbraba el teléfono, el jefe calvo no podía evitar averiguar quién llamó. Entonces regañaba a la recepcionista: “¡¿Y por qué no me lo pasas?!”

Con el tiempo cada absurdo de este género fue sumándose a mi reproche íntimo. En esto te has convertido, me reprendía, en la vida laboral de Capulina y del Chavo del 8, en puro chispoteo, en puro puede ser, a lo mejor, tal vez.

La región abisal de la Revista Zócalo era territorio exclusivo de Martín el mensajero. Lombrosino y chimuelo, parecía una de esas sombras que pululan por el Gabinete del Doctor Caligari. Un malacara de testa cuadrada y peinado al cepillo, de estampa militar, que usaba grandes y decolorados sacos de segunda mano que le colgaban de los hombros y le ocultaban las manazas.

Encorvado crónico, mustio y demacrado, también inspiraba un aire a lo Norman Bates, a sepulturero vil. Era respondón pero al final sumiso. En el fondo nada más era medio imbécil pero su semblante aterraba. Carlos lo mantenía sobajado como a su Frankenstein particular. Por eso Martín se vengaba con marrullerías como tardarse más de dos horas en una entrega o inventar que el tránsito en la ciudad estaba nuclear, hasta colmar la impaciencia de Carlos con pretextos ilógicos.

La cosa entre ellos era ver quién reventaba primero a quién. Martín estaba podrido, olía a humedad, a tierra de panteón, era un resentido total con la vida, despreciaba todo, odiaba todo. Así andábamos.  

El rincón de la muñeca era para Balbina Rosas, pareja sentimental de Carlos Padilla, cuya tarea era relatar los crímenes contra periodistas, trabajo que hacía para la organización Reporteros Sin Fronteras. Con Toño Cabello, coeditor, siempre dijimos que debía suscribirse de ya a su recuento porque algún día Carlitos le daría kranky.

Fiel al yugo de Padilla, Balbina era la reina de la Revista Zócalo y no se dirigía a la gleba, nada más paraba oreja y acusaba, lo que de algún modo traía descanso para el equipo de redacción, conformado por Toñito Cabello, Adrián Be, un estudiante recién egresado que pugnaba por que Carlos publicara sus trabajos y no haber estudiado periodismo cinco años para transcribir boletines; Natalia Po, pasante de comunicación despreocupada, tetona y risueña. Éstas éramos las criaturas de aquel hoyo non funky.

Con el paso de los días asimilé que las demandas de la vida me arrasan. Resulté incapaz de organizar mi vida para funcionar con método, mucho menos para ser lo que llaman profesional. Había una trabazón en mí alma o en mi energía, algo así, no sé nada de la new wave, pero un atavismo siempre me hacía perder el tiempo y estar distraído de lo inmediato y necesario.

Mi habitación, por ejemplo, era una acumulación obscena igual que mi vida. Vestía con lo que tenía a mano y siempre comía en la calle pinches jugos carísimos y tacos llenos de grasa a la mierda. Trabajaba en un área sucia y vieja de la zona industrial de la capital. Así que llevaba el tipo de existencia lastimera de cualquier canción de Los Ángeles Negros.

Fue un tiempo gótico, me cae.

Cada mañana revisaba mi correo esperando que Claudia respondiera los mensajes en que le narraba mis vicisitudes de vivir sin ella. Siempre desnudo el corazón cuando ya pasó el desfile. Me sentía muy solo:

Déjenme, si estoy llorando

Pero inútilmente porque la nena nunca respondió. Así me convertí en un viejo cadáver de oficina de la Ciudad de México, fantasmagórico, anónimo, anodino.

Un sábado en que no trabajamos se me ocurrió ir a espiar en la alberca donde Claudia nadaba, furioso de poder encontrármelos besándose o algo así. Me sentí de veras enfermo. Ahora sí, como un criminal. Claudia había saltado del barco antes del naufragio pero yo seguía hundiéndome.

Mi última hazaña fue ir borracho a buscarla a su casa y llorarle a su mamá. Qué cosa tan mierda.  

Eres esa abominación, insistí según mi escarnio a hierro y espejo cuando presencié boquiabierto a Carlos Padilla Lagos embutirse una ración de comida en dos segundos, ¡cómo se empujó el tupper wear atiborrándose los cachetes como una maldita ardilla!, para largarse diligente a una cita mientras deglutía aquel bolo al ritmo precipitado de sus pasitos veloces hacia la salida.

La escena me estremeció. Luego Toño abundó con otros aspectos sórdidos del raro sujeto, como que Padilla Lagos manejaba un viejo volcho sin suelo en el espacio del copiloto. Y una vez que Cabello lo acompañó a un cubrir un evento, Carlos le indicó subir los pies a los estribos y listo, mientras el coeditor miraba el asfalto correr a ochenta kilómetros por hora bajo su culo.

¡No mames, cómo los Picapiedra!, clamé con una alegría fugaz, porque la rabia me recordó que también era eso, un picapiedra, un troglodita, un bárbaro. Cabello tenía la típica entonación machacona de los chilangos de la periferia y hacía que las historias que pintaba sonaran más miserables aún.

Por aquellos días el jefe llevaba semanas coaccionando a Cabello para expulsar a Gina Do, una eficiente colaboradora experimentada, porque el mismísimo dueño de la empresa no se atrevía a ejecutarla personalmente y amenazaba con que el expulsado sería el coeditor si no acataba instrucciones.

“Pues córreme”, Cabello se defendía, “pero yo no voy a despedir a nadie”.

Dos días después de que Charly se armó de cojones para encarar y finiquitar a Gina, ésta encontró un empleo millón de veces mejor en el periódico El Financiero. Así comprendí que la comedia de la Revista Zócalo carecía de argumento; era el bosque donde nos encontrábamos quienes no teníamos un plan en la vida. 

Y los cierres de edición, uf, jornadas de miedo. Padilla nos retenía hasta tres días en la redacción sin permitirnos volver a casa. Redactábamos hasta cuatro entradas diferentes por cada entrevista o reportaje para que Carlos eligiera siempre la primera versión. Igual con el diseño de las portadas.

Yo revisaba la ortografía de un montón de textos que nunca entraban a la parrilla de contenido. Y aunque fueran las cuatro de la madrugada y humanamente no pudiéramos continuar, Carlos nos demandaba más trabajo, aun cuando tampoco él tenía cabeza para concentrarse y ya se había atascado los hombros de la camisa con montañitas de escamas de soriasis, porque para él, concentrarse significaba estar chingue y chingue escarbándose la cabeza.

Resistía demasiado trabajando y arándose el cuero cabelludo. Antes del amanecer el agotamiento era ineluctable e iba derritiéndonos hacia la alfombra a dormir en el suelo como unos indigentes de oficina. Despertábamos astrosos para devolvernos a la silla y continuar con la edición.

¿Esto eres?, me increpaba cada fin de mes. ¿Eres el desorden con que trabaja Carlos Padilla? Eso sí, la revista tenía muy buenas plumas, como la de Jenaro Villamil, Claudia Benasinni, Naief Yehya o Raúl Trejo.

Se vendía en Sanborns y toda la cosa, con publicidad de varias secretarías de estado. El máximo ideal de Zócalo era tronar a Televisa y al PRI. Bien por eso. Para la madrugada del tercer día de cierre podíamos irnos a dormir a nuestras casas. Y Padilla nos regalaba un día de descanso. Gracias, bróder, pensaba uno con la humillación obsequiosa de un condenado.

Entre todo aquello, cierto día Claudia aceptó ir a saludarme a la salida de mi trabajo pero mintió descaradamente y su inquina me quemó de veras el corazón. Entonces de veras decidí olvidarla, por mi salud. Y pensé que ello sería una aproximación a eso de amarse a sí mismo.

Mira hasta dónde vas, me recriminaba. Así pasaron las ediciones, los meses, la rutina. Una noche de tormenta supe debía cambiar de vida cuando una gotera se reveló exactamente sobre mi cara mientras dormía plácidamente. Mierda, pensé. Es hora de salir de este cagadero.

En el cierre de noviembre, Toño y yo nos sindicalizamos mutuamente para derogar la condición de dormir en la alfombra hedionda durante los días de edición. Fue inédito que Carlos Padilla dio rescripto. Así que al salir de la oficina aquella tarde, Cabello propuso bebernos unas cerbatanas para celebrar el triunfo gremial.

Al tiempo Toño recibió el mensaje de un camarada invitándolo a una fiesta en Copilco. Cabello se calentó bastante porque eran sus camaradas de la vida y me contagió el bullarengue. No largamos a aquel fiestón pero antes juramos divertirnos responsablemente y previmos que me quedaría en su casa si se hacía tarde.

El reventón estuvo de alarido y en cosa de horas antes del amanecer traíamos un pedo monumental, que olvidamos el cierre de edición. Sólo recuerdo que a las cinco de la mañana trajeron una innecesaria botella de Bacardí blanco a nuestra mesa. En medio de la estridencia de la pequeña discoteca, Cabello se inclinó hacia mí para dictaminar:

Valió verga.

Y regresó a su posición dejando una estela de aliento fétido. Me pusieron una cuba en la mano y bebimos con la suerte echada.

Al medio día me despertó una patada de conciencia, una descarga de angustia por no saber dónde me encontraba. Lo primero que definí al abrir los ojos fueron unas gruesas pantorrillas de mujer y unos anchos pies descalzos, como La vendedora de alcatraces, de Riverita, bajo una cortina raída que hacía de puerta de la habitación.

Afuera se adivinaba tórrido. Trastabillé entre humos de alcohol. Corrí de golpe la pieza de tela y descubrí a una mujer indígena palmeando masa ante un comal sobre un piso de tierra apisonada, dueña de una cabellera azabache muy bonita.

La mujer fue cordial con mi devastación.

¿Y Toño? -me precipité en pánico.

La confusión galopaba desbordada sobre mi conciencia como la Muerte hacia Damasco. “Está bien dormido en el otro cuarto.”

Fue cuando viré a izquierda y descubrí que el jacal en que había amanecido también carecía de puerta, y que al pie del umbral comenzaba un sembradío de maíz frondosísimo y muy vivaracho, mecido dulcemente por el viento fresquísimo de los montes: una pinche postal bucólica.

¡¿Dónde estamos, señora?! Casi chillé porque me espantó no comprender qué hacíamos en el agro. En Milpa Alta hacia arriba. ¡Putas! No me hacía maldita idea. Todavía la pobre mujer me prestó unos pesos para completar para mi pasaje de regreso. Después de no sé cuánto tiempo de bajar por una colina al fin llegué al progreso, donde avancé por una calle pavimentada hasta un paradero de combis.

Durante el viaje me perdí otra vez en un sudoroso sueño etílico y en Tasqueña una mujer me sacudió fuertemente para despertarme. Subí al metro y me largué a casa a terminar de dormir. Pinche Toño, procesaba hilarante en el efluvio alcohólico de Morfeo, tienes una amante indígena. Bien por esas roots

Antes de navidad ya teníamos los pies fuera de Zócalo; pero cuando volví aquella tarde a continuar con el cierre de edición me encontré con un Carlos herido como un pajarito. No quiso escuchar explicaciones, sólo demandaba sacar el trabajo atorado. Nos liquidó con el pago mensual.

Habían sido meses de someterme al yugo mezquino del Carlangas. Oye, me advertí luego de cobrar y despedirme nostálgico de aquella familia monstruo, ni te sientas mal, tienes una vida por delante y no quieres pasarla en la Revista Zócalo.

Faltaba una semana para pagar la renta del cubil y decidí malbaratar el pequeño menaje y luego de un tiroteo de dos días agarré mis maletas y me largué, chingue su madre, de regreso al Bello y Paradisiaco.

Había estado suave de escarnio, ya no necesitaba castigarme. Mientras viajaba en el camión con la cabeza pensativa y recargada en la ventana, me remití a Claudia y al cierre fatal del que había sido un muy buen periodo de mi vida. Antes me sentí culpable por ser grotesco con ella; pero sabía que a cambio de su entrega le había dejado una enseñanza vital: ser valiente, despreocupado; jugar y pasarla chévere.

Comprendí que la lección estaba más que asimilada cuando deduje su discurso real en tres momentos que aparecieron en mi memoria. Cuando la relación comenzó a zozobrar ella volvía de unas vacaciones en Los Cabos y, en la sala de arribos del aeropuerto, a donde me pidió ir a recibirla, me declaró toda excitada, “qué bonito eres” y me plantó un beso loco, el tamiz perfecto para confesar:

“Probé la libertad y me gustó.”

Me dejó otro beso para dilucidarlo en el camino y se subió al taxi que la esperaba con la puerta abierta como en las películas. De inmediato me surgió la imagen de aquel blanco pantalón obsceno que le traslucía las nalgas putescamente y que sólo usaba en nuestra intimidad, en el momento preciso en que lo descubrí bien dobladito en la orilla de su maleta mientras la ayudaba a empacar. Y cuando expresó fascinada su hallazgo:

“¡Qué importante es el sexo!”

Más esa vez que peleando nos dijimos verdades y yo la llamé ignorante y le recordé sus raíces en una colonia de Nezahualcóyotl. Y ella se defendió noblemente argumentando:

“A mi forma de entender la vida, viajar es una manera de aprender”.

Entonces comprendí lo que Claudia quería. Aquella noviecita delicada y tímida, astuta como un ratoncito de las praderas, había florecido hembra y quería la guerra, quería la vida ahora mismo y nadie iba a detenerla. Me ardió hasta el orto. Pero al paso, aquel fuego se convirtió en una derrota conciliadora porque mi corazón necesitaba un descanso.

Pérez Reverte me ayudó a procesar ese momento climático de las mujeres: “Cuando llega para ellas es ahora o nunca.”

Ahí nacía mi locura por poseer ese ámbar destructor. Por mi parte, me percaté de que a partir de ese momento la vida comenzaría a dejar de acudir sola, atraída inocentemente por la ambrosía de mi juventud lúdica. Ahora tendría que ganarme su atención y sus favores, con talento, con éxito, con dinero, como putas fuera la cosa, con lo que tuviera a mano o pudiera conseguir. Como hacen todos, como lo hace Padilla Lagos, que se granjea el mundo mediante servilismo afuera y tiranía adentro (hábil en lo suyo el cabrón). Pero cómo le haría yo. Sigo pensándolo.

Por ahora me esperaba el tenue calorcito invernal de Acapulco, pasaría la navidad con mi familia, me encontraría con la vieja guardia, nadaría en el mar y conseguiría esa sensación que tanto me regocija el alma, de que no hay nada por qué preocuparse. El próximo año vería qué hacer con este encargo oneroso que es la vida que me tocó.

Así que mientras tanto le dije adiós a Claudia, adiós a la Ciudad de México, chau a la Revista Zócalo. Había culminado una época rebosante de mi vida y podía ver cómo había desperdiciado cada oportunidad. No me quedaba más que saludar, “amar”, como dicen, esa barbarie emergiendo desde mi rabia.

Tranquilo, me persuadí, vete despacio a ver hasta dónde llega esto. Entonces me levanté para ir al baño del bus con un hitter cargado de weed. No sé qué relación tenga con el tema; pero me gusta viajar colocado.

Relacionados

Deja un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Metrópoli ficción 2014. Todos los derechos reservados