LA CAJA

Fíjese que una vez me asaltaron de una manera muy curiosa. Andaba yo por el Aeropuerto y que me hace la parada un joven que traía una caja de medianas dimensiones. En ese entonces traía mi vocho ecológico salidito de la agencia. Pues que me paro y el muchacho que me pone su caja en el coche. A punto de subirse, se tienta los pantalones y dice: “¡Híjoles, lo de mi mamá!”. Se queda pensando un momentito y me dice: “Oiga, ¿será que me presta 100 pesos y orita en mi casa me cobra el viaje y los 100 pesos?”. “Sí”, le digo y le doy el dinero. Se metió a una vecindad y me dejó su caja. A uno le da confianza porque dejan sus pertenencias en el coche.

Pasaron cinco, diez, veinte minutos. Estuve una hora ahí afuera y el muy cabrón, perdóneme el francés pero es que de acordarme, híjole… Pues para hacerle el cuento corto, el fulano nunca salió.

Total, ya bien encabritado, me alejo de la zona y abro la caja. No pus estaba llena de pura basura: unos tenis rotos, muchos trapos viejos y un montón de cables. No, ¡qué coraje me dio!.

Pues haga de cuenta que como siete años después, andaba yo por la zona y que me bajo a comprar el periódico. Estaba pagando cuando, ¿cómo le dijera? Me dio una sensación en el cuerpo, una alerta, ¿sí me entiende? Pues que volteó y veo al cabroncito este a metro y medio de mí subiendo una caja a la unidad de un compañero y pidiéndole doscientos pesos. Lo reconocí de inmediato, haga de cuenta que me dio como una regresión al pasado.

Pues vaya a usted a saber cómo le hice pero, en menos de un segundo, que lo tacleó. Ya en el piso le empiezo a dar sus cates mientras le grito al compañero que lo iban a asaltar. Sí le pusimos sus cachetadotas al ladronzuelo ese. En cuanto pudo se fue corriendo y nosotros nos subimos a nuestras unidades por temor a que fuera a ir por refuerzos. ¿Que si conocía yo al compañero? No pero en este negocio nos tenemos que apoyar.

Nos íbamos siguiendo. Unas calles más adelante nos paramos para hablar de lo que había pasado. Le conté que años antes, el mismo fulano me hizo la misma con el cuento ese de la caja. “Mira, hay que abrirla”, le digo a mi colega. No me va a usted a creer: la caja tenía las mismas cosas que la que dejó años antes en mi coche. Unos tenis rotos, unos trapos viejos y unos cables. ¡Pinche gente, oiga! Mire que tener el tiempo de ser tan cuidadoso con sus cajas del hurto en lugar de ponerse a trabajar.

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