LA BIOGRAFÍA SECRETA DE UN SEMANARIO POLÉMICO

Este texto fue leído durante la presentación del libro en La Pulquería Los Insurgentes.

Mi aprecio hacia Moisés Castillo no es meramente retórico, como comúnmente sucede en estos eventos –entiéndase, por pura forma– sino por la tenacidad con la que buscó que La biografía secreta de un semanario polémico (Producciones El Salario del Miedo-UANL, 2018) saliera a la luz.

Todo aquel que ha publicado o intentado publicar con una editorial mexicana conoce el calvario descrito por Moisés: la falta de contratos formales, las promesas sustentadas en aire, los cambios intempestivos. Publicar La biografía secreta fue una ardua tarea de más de una década.

Un peregrinar por los pocos y cerrados espacios editoriales del país. Ésta es una de las tres historias que cuenta el libro, cuyo objeto principal de estudio es el semanario Proceso, revista que todo mexicano conoce aunque sea por nombre.

La más corta de las tres historias es la suya, sin duda, pero no por ello la menos importante. Porque estos tres caminos narrativos se entrelazan de forma frecuente: Moisés nos cuenta lo difícil que es publicar un libro, nos narra lo complicado que es mantener una revista y nos muestra lo imposible que a veces resulta documentar la realidad de este país.

Me explico: las historias de Moisés y de Proceso son nuestra historia. No nada más la de los medios de comunicación, sino la del país entero. Entender el poco interés que se tiene en la industria editorial por contar algo tan importante como la vida misma de Proceso es esencial para entender por qué no aprendemos de nuestros errores.

Que hasta ahora no se haya hecho una crónica de largo aliento sobre la revista más influyente de México nos dice mucho: nos es fundamental como sociedad entender los sucesos que llevaron a su nacimiento, el contexto en el que se dio, el propósito tan obvio y a la vez tan único que tiene –o más bien tuvo– en nuestra sociedad.

Cuando la prensa nadaba de manera sincronizada, como nos gusta decir en el medio, proceso iba como salmón, a contracorriente del resto. Durante años, salvo escasas excepciones –el Excélsior previo, La Jornada de los ochenta–, era imposible pensar en que alguien contara la otra historia, la extraoficial.

Pero Proceso lo hacía, y eso se le agradece. (Quizás más ahora, porque al entender el contexto en el que se formó nos ayuda entender también el contexto en el que se formó el actual gobierno, pero esa es otra historia.) Porque La biografía secreta es tanto historia como historiografía. Lo narrado en el libro, en general de manera cronológica, a veces con saltos y regresos para enfatizar los eventos importantes del país y las decisiones administrativas y editoriales de la publicación, es un repaso minucioso de la segunda parte del siglo XX en México.

Desde el infame golpe a Excélsior a mitad de los setenta hasta lo que muchos consideran –aunque otros tantos no– la transición democrática propiciada por la elección del año 2000.

A través de un recuento de las portadas y artículos de Proceso, Moisés nos lleva de la mano para ver cómo el país se transforma, para bien y para mal. Y, al mismo tiempo, nos lleva por un, valga la redundancia, proceso editorial turbulento y no exento de problemas.

Con esto último participamos en la manera en que la revista quiere contarle la noticia al mundo, ahí la historiografía. Vemos el lente que utiliza para acercar al lector a crisis tan cercanas como la de la contaminación del aire a finales de los ochenta y principios de los noventa en el entonces Distrito Federal.

También vamos tan lejos como Pakistán, donde el semanario llegó a enviar corresponsales de guerra tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. En esas entrañas vemos mucho. Choques internos por el poder, periodistas que vienen y van, educados ahí y hoy diseminados por las principales redacciones de nuestra prensa.

Pero, sobre todo, vemos la relación de la revista, y su director, con eso que llamamos poder. Desde la portada del libro se anuncia, así como desde la portada de Proceso durante dos décadas, lo que todos sabemos: hablar de Proceso es hablar de Julio Scherer, el periodista que mejor encapsuló a nuestra profesión.

Su nombre, en letras negras sobre un fondo blanco, su imagen en este libro, en blanco sobre un fondo negro, lo hacen todo transparente. Ése es, necesariamente, un libro sobre Julio Scherer quien, sobra decir, jamás quiso ser el sujeto de nada. Siempre rechazó premios, siempre rechazó entrevistas. Tenía que ser póstuma la obra, supongo, para poder publicarse sin que Don Julio refunfuñara.

Scherer fue un hombre de claroscuros, cercano a presidentes, incluso, pero a la vez alejado de ellos. Sus relaciones personales casi nunca –o quizás nunca– comprometieron su trabajo, algo impensable en la profesión aquí en México. Era igual de crítico con cercanos que con ajenos: Proceso estaba hecho para incomodar, para mantener en jaque a quienes detentaban el poder.

A veces, argumenta Moisés en varios pasajes del libro, ese jaque era innecesario, excesivo. Proceso, en su interminable deseo por ser el medio más respetado, de mayor escrutinio, de mayor peso y lectura; en su deseo por ser ese cuarto poder del que tanto se habla, terminaba por equivocarse. No obstante, medio y director se sabían por encima incluso de sus errores. Hibris, soberbia, podrá decirse, pero Proceso jamás se disculpó.

Su identidad combativa hacía impensable que se admitiera como uno más, como un medio falible. Esto, sobra decirlo, causó enormes problemas. Rupturas internas, pérdidas de publicidad y recortes de personal como consecuencia, lo cual tuvo efectos en calidad durante las décadas siguientes. Esa identidad opositora, de lucha, también le costó. Cuenta Moisés que en la crisis más fuerte del semanario, tras la salida de Julio Scherer de la dirección general a finales de los noventa, la revista se estancó.

En vez de investigación, entrevistas, en vez de datos duros o información sólida, incluso amarillismo. Los grandes periodistas –esto lo digo yo, no él–, fueron remplazados por reporteros medianos. Hoy su plantilla no es ni de cerca el firmamento periodístico que alguna vez fue.

El estancamiento se debe, o eso se entrevé en La biografía secreta, a que Proceso fue fundado en tiempos del priismo autoritario, en los que su sola existencia ya era una afrenta al sistema: el gobierno hacía y deshacía a gusto empresas editoriales, las controlaba desde la distribución del papel hasta la distribución de publicidad. (Quizás eso no ha cambiado.)

Pero la revista no supo adaptarse a los tiempos de la apertura democrática. Cuando la gente pidió un cambio y lo pidió “¡Hoy! ¡Hoy! ¡Hoy!”, la revista no escuchó o pensó que la proclama era efímera. Dejó en su dirección a quien hoy todavía ocupa el puesto, a un periodista de viejísima escuela que no ha logrado, o quizás no ha querido, moverse con los tiempos.

Lamentablemente, si uno hojea Proceso en 2019, no encontrará golpes periodísticos. Tampoco información nueva. Deberá, más bien, voltear a sitios de internet como Animal Político para encontrar a sus herederos. Y ése es, sin duda, el legado negativo de Scherer.

No la creación de nuevos medios, no. Al contrario. Me refiero a un mal manejo de la empresa. Desde la historia de Excélsior, retomada aquí a través de entrevistas con varios de sus protagonistas, hasta su retiro de Proceso, el gran pecado de Don Julio fue el mal manejo de diario y semanario.

Porque era un magnífico periodista pero un pésimo administrador. Lo narrado por Moisés en el último tercio del libro da cuenta de ello: la sucesión fue tan mal manejada que la revista nunca se recuperó del golpe. Lo ocurrido después de la sucesión será material para otro libro, me imagino, o al menos para una charla distinta a la de hoy porque ahí termina La biografía secreta, en el momento en el que Scherer, de edad avanzada, deja en manos de alguien más su creación. Pero me alejo del tema que comentamos hoy.

No estamos aquí para compartir apreciaciones personales sobre la revista misma ni para hablar de su actualidad, sino para comentar este gran libro que hoy presentamos.

Puedo asegurar, con confianza, que La biografía secreta de un semanario polémico es material indispensable para estudiantes de periodismo, de comunicación, de política, de historia, y en general para quien quiera entender nuestro pasado reciente.

Porque como decía al principio, y espero no haberme alargado mucho, Proceso y el periodismo de Julio Scherer son un lente indispensable para comprendernos. Si la revista no hubiera existido, es casi imposible pensar que alguna otra, en ese momento tan importante de la vida nacional, hubiera hecho justicia en su remplazo. Porque Proceso y Scherer siempre se cocieron aparte.

Espero que esta biografía secreta deje de ser secreta, para que podamos comprender nuestros últimos cuarenta años, y que utilizamos las bases sentadas por Don Julio y compañía para discutir qué periodismo queremos ahora que él ya no está.

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