JUGUETE RABIOSO

VIOLENCIA DE ORIGEN

“¡Pórtese bien!”, “Uy, este útero parece de señorita”, “Por mí no relajes, pero si te lastimo es tu culpa”, “¡Usted qué sabe, señora!”.

Estos días he conocido testimonios de mujeres de distintas edades y contextos que parieron en hospitales del Seguro Social mexicano, sanatorios particulares o fuera del país; partos naturales, cesáreas, o que se practicaron abortos; intervenciones médicas que salvaron las vidas de sus hijos o que las pusieron en riesgo. En la minoría de los casos, las cosas salieron bien de inicio a fin. En la mayoría, estas mujeres y sus parejas o acompañantes tuvieron que pasar, sobre todo en el sistema de salud pública, por verdaderos calvarios de negligencia, maltrato verbal y prácticas médicas abusivas. Muchas de estas mujeres se sintieron violentadas y humilladas por parte del personal hospitalario en algún punto de su embarazo o durante el parto, más de una me dijo que el tacto es vejatorio. Más pobres, más marginadas: más violencia. Historias de horror.

Esto se llama violencia obstétrica, no es una percepción exagerada de mujeres “sensibles”, ni consecuencia repentina de los huecos en los servicios de salud, aunque su precariedad pudiera identificarse también en el entramado de la violencia obstétrica: es una realidad sistémica, de base. Y hay que rastrearla desde abajo para encontrar sus entronques más amplios: el patriarcado, la supremacía del discurso médico ―inscrito en ese patriarcado―, que niega la voluntad de las pacientes, se apropia particularmente del cuerpo y la subjetividad de las mujeres y las somete a tratos de violencia, infantilización y cosificación alarmantes, agravados con discriminación y racismo; la burocratización de la salud, la medicalización del sujeto biosocial, el capitalismo, etcétera.

En contraparte, existe un movimiento de salud reproductiva extendido en el mundo, que se asume como holístico y se confronta con la tecnificación del parto: “parto humanizado” ―cuyo ideólogo contemporáneo identificable es el médico obstetra Michel Odent―, el cual contempla prácticas de parto, posparto y crianza que respeten los derechos de la mujer (sus necesidades y emociones) y del hijo, y atienda las recomendaciones de la OMS en materia de obstetricia, como: no considerarla enferma, no forzar el parto, no practicar cesárea si la mujer no lo desea y no hay riesgos, informar a detalle y con claridad a la mujer de su situación, permitirle opinar y respetar sus decisiones, permitir la entrada del padre o un acompañante, no separar a la madre del hijo de inmediato, lactancia sin interferencias, etc. Fomenta el parto natural, cuando es posible, en casa con asistencia de parteras y doulas. Apela, en general, por restituir el derecho de las mujeres a decidir sobre sus maternidades y necesitar menos de la intervención institucional, en un escenario en el que la medicina interfiera respetuosamente cuando es necesario.

Es cierto, en varios casos en los que algunas mujeres habían preparado partos en casa con parteras, las complicaciones hicieron que tuvieran que acudir al hospital. La intervención médica fue fundamental para que hoy sus hijos estén con ellas. Es cierto, también muchas mujeres y niños han muerto en partos en casa por razones que pudieron evitarse con mínima intervención médica o higiénica, aunque hoy el mayor número de muertes maternas se da en los centros de salud. No se trata de ver como binomio dogmático el parto institucionalizado vs. parto en casa con asistencia de parteras y ver quién gana, sino de pensar cómo las ventajas, las revisiones y los replanteamientos de una práctica pueden confrontar y contribuir a desmontar los vicios de la otra, y romper el cerco que el patriarcado, el capitalismo y la discriminación han levantado en el sistema de salud y las escuelas de medicina, violentando insistentemente a las mujeres y sus cuerpos (sobre todo las más pobres y marginadas) y despreciando conocimientos tradicionales, en lugar de asimilarlos y complementarlos.

En Argentina han logrado hacer ley estatal el parto humanizado para todas las mujeres en instituciones de salud (al menos en el papel) [http://www.msal.gov.ar/vamosacrecer/index.php?option=com_content&id=390:ley-nacional-no-25929-ley-de-parto-humanizado&Itemid=225]. No es un regalo del Estado, es el producto de una lucha de la que muchos entienden poco o de la que no sabían siquiera que existía, y la consecuente vigilancia de su cumplimiento. Detrás del parto humanizado hay mujeres y varones que preguntan de entrada si es el hospital el lugar adecuado para parir, quién y cómo debe prepararse para atender a las mujeres embarazadas; visibilizan, denuncian, se enfrentan. Es una lucha por autonomía y respeto, con la que buscan desmontar, muy de a poco y con muchos obstáculos, un aparato violento y productor de subjetividades desde su base primigenia: el nacimiento.

*En México, el 30 de abril de 2014 se aprobó incluir a la violencia obstétrica en la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia. La tipificación en los códigos penales sigue en debate: http://comunicacion.senado.gob.mx/index.php/informacion/boletines/12513-senado-aprueba-sancionar-violencia-obstetrica.html
*Violencia obstétrica en México: http://cisav.mx/violencia-obstetrica-en-mexico/
*El “parto humanizado” en México no constituye una ley particular, aunque se conozca de su existencia: http://www.spps.gob.mx/avisos/1628-parto-humanizado.html

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