GALERÍA DE ARTEFACTOS

A la caza de Huberto Batis

Por asuntos de índole literaria debí aventurarme hace un par de meses en las entrañas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en busca de una leyenda viva, un maestro de escritores, un maestro de la edición y la crítica en México, sobre todo un maestro de la charla y la cátedra irreverente —quien hace algunos días se retiró de las aulas—: mi maestro Huberto Batis. Llegué hasta la puerta del salón 104 justo al final de su clase. Una vez el salón vacío, el profesor se asomó entre dos personas que lo acompañaban y me pidió que entrara. Luego de explicarle que yo había sido su alumno trece años atrás y venía de una revista universitaria con el cometido de tomarle una intempestiva serie de fotografías para ilustrar un artículo sobre su vida y obra, le entregué un par de ejemplares de la revista de marras. Lo que continuó fue el comienzo de una breve clase, como las de antaño, la última que tomé con él (reproduzco sólo el comienzo):

—Mira, qué bonita —dijo—. ¿Quién hace esta revista? ¿De dónde sale el dinero si no tiene anuncios?… Mira, Dolores Castro, la poeta… ¿Todavía está viva?… ¿Sabes que Dolores Castro tenía un marido chiquito chiquito que se cargaba a la espalda, así viejita y todo?… Mira, Carlos Montemayor. Yo trabajé bastante con él… Era un súper trepador, de izquierda, pero un trepador… Mira, aquí está con Fidel Castro. ¿Cómo es posible? Y acá con Borges… Cuando vino Borges a México yo no lo conocí, lo tenían muy cuidado… Acá está otra vez Montemayor, ahora con Rubén Bonifaz. ¡Qué impresión! Y aquí aparece Bonifaz con la perla que siempre llevaba en el nudo de la corbata, mira, una perla auténtica… En confianza decía que esa perla no era perla, era una pastilla anticonceptiva… Entonces, cuando estaba justo en el momento, tomaba la pastilla (pues supongo que nunca se quitaba el traje y la corbata aún para eso) y, ¡tras!, se la ponía a las mujeres en la vagina para que no se embarazaran. Era terrible…

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