EL SHIRLEY TEMPLE DEL ROCK*

e los treinta y dos grupos o cantantes que actuaron en el mítico Festival de Woodstock, menos de la mitad aún son recordados y siguen sonando en las estaciones de radio y en la memoria colectiva. Gracias al documental que salvó de la bancarrota a los organizadores tras el caos generado por la llegada de medio millón de personas, se pueden apreciar las actuaciones de Jimmi Hendrix, el cerrador del concierto; Joe Cocker interpretando With a Little Help From My Friends, quizá el mejor cover que se haya hecho a una canción de Los Beatles; el sonido bayou de Creedence Clearwater Rivival, Janis Joplin, The Who…

 

Lo cierto es que se trató de un cartel disparejo, dominado por la música folk que no fue representada por sus mejores exponentes, y en el que nadie, eso parecía, le haría sombra al virtuosismo de Jimmi Hendrix en la guitarra. Sin embargo, ante la falta de genialidades arriba del escenario, la actuación de un joven de veinte años fascinó a quienes atestiguaron uno de los solos de batería más famosos de la historia del rocanrol, y sobre todo a las miles de personas que después vieron la película.

Apretujados en la suave pendiente de la granja del señor Max Yasgur, en Bethel, Sullivan Country, Nueva York, el sábado 16 de agosto de 1969, segundo día del festival, un grupo prácticamente desconocido llamado Santana inició su actuación a las dos de la tarde interpretando “Waiting”, canción instrumental en la que destacaba el sonido latino de las percusiones. La última canción del set, “Soul Sacrifice”, que junto con “Evil Ways” puede verse en el documental, comienza a ritmo de aplausos y congas; posteriormente se une la batería, luego el bajo, y poco a poco la guitarra eléctrica de Carlos Santana, lo mismo que el órgano.

Detrás de una Ludwig plateada, Michael Shrieve, joven californiano nacido el 6 de julio de 1949, hacía su debut frente a la más numerosa muchedumbre que vería jamás. De cabellos pelirrojos, camisa oscura con motivos psicodélicos como marcaba el canon de la época, el joven Michael comienza una serie de fuertes redobles para dejar que Santana se luzca con la guitarra. Por alguna razón, sea un tic, el piquete de un mosquito o la ingesta de algún psicotrópico, su ojo izquierdo está ligeramente cerrado. Es algo así como Popeye el marino del rock.

Aunque las percusiones acaparan los minutos iniciales del tema, basta concentrarse en lo que está tocando para darse cuenta que no se trata de un joven milagro o de una casualidad. No por nada Micheal Shrieve había acompañado a figuras como B.B. King y Etta James en San Francisco. A partir del minuto 2:39, Shrieve comienza la actuación de su carrera. Desde ese momento todo su cuerpo se concentra en los dos minutos exactos que dura el solo, durante los cuales el contratiempo no deja de sonar, ni el bombo; las baquetas apenas se notan debido a la velocidad con que percuten los toms de aire y de piso, la tarola y los platillos. Sin importarle que lo observa medio millón de personas y que las cámaras están grabando su actuación para la posteridad, él acelera y frena, baja el volumen, vuelve a incrementarlo. Y así hasta el final de la canción.

Dejó Santana en 1974.

En una entrevista para el diario The Seattle Times, ciudad donde ahora vive, Michael Shrieve cuenta que alguna vez alguien lo reconoció en Nueva York. Tras saludarlo y decirle lo grande que fue su actuación en Woodstock, le dijo que estaba envejeciendo. Sintió que así sería toda su vida, recordado sólo por esa canción de nueve minutos: el Shirley Temple del rock.

Este texto apareció originalmente en el suplemento Laberinto del periódico Milenio

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