DOS PUÑOS EN MEDIO DEL DESIERTO

.

                              A la memoria de Ginger Baker 

¿La primera vez? Es muy fácil. Iba a empezar la clase de civismo pero el profesor no llegaba. Todos estábamos aburridos, así que me puse a darle con todo a la banca de aserrín y conglomerado que compartía con Jerry, un tipo gordo y calvo a sus trece años. 

La melodía era un canto a la libertad; aquellos sonidos salieron de mis puños sin que yo lo tuviera muy planeado. Los otros chicos empezaron a aullar como indios Cherokees, a correr por el salón, a empujarse y a golpear otras bancas siguiendo el compás que inventé. 

Por supuesto, ese acto me costó un par de días de detención, pero no me importó, al fin mis manos encontraron otra actividad que no fuera la de hundirse en la cara de Bryan Taylor y su pandilla, esa bola de mocosos idiotas que intentaron aventarme en el fango un par de veces.

Antes de irse a la guerra, mi padre me dijo:

“Debes comportarte como un hombre. Utiliza tus puños: serán tus mejores amigos”.  Y eso fue lo que hice.

Cuando nos mudamos a Londres después de que el avión de papá desapareció, mamá compró una pequeña pistola. Temía por nuestra seguridad, así que -a veces- cuando salíamos de noche, la llevaba en la bolsa.

Al regresar a casa, la dejaba en el cajón de la mesita de noche que estaba junto a su cama.

En cuanto supe las intenciones amorosas de Ian Harris, el novio de mamá, saqué la pistola de su escondite y lo amenacé.

Mamá gritaba, me pedía que dejara eso en su lugar y que no le hiciera daño a nadie. Pero si este maldito imbécil lo único que quiere es meterse a la casa para nunca irse, ¿qué no para eso compraste el arma? ¿Para defendernos? le pregunté mientras me envenenaba con mi propia lengua. 

Dejé la Bauer semiautomática sobre la barra de la cocina y le dije al tal Ian que no había necesidad de usarla; que le iba a romper la cara a puño limpio.

Mamá me detuvo mientras el imbécil de su novio salió corriendo por la puerta de la cocina. Esa fue la primera vez que tomé una pistola entre mis manos.

Aquella noche me fui de casa; dejé mi llave bajo un ladrillo suelto en el filo de una de las ventanas y le pedí a un amigo que me diera posada. Fui de una casa a otra por semanas, busqué trabajo y, pronto, conocí a Alexis, quien tiempo después me invitaría a formar parte de mi primera banda

El interior del auto desprende un agradable olor aceitoso.

Las pocas cosas que llevo están sobre el tablero, la radio a todo volumen: es árabe, no entiendo un carajo. Creo que se ha sobrecalentado el transmisor… ¡a unos cuantos kilómetros de haber abandonado Marrakesh! 

A cincuenta metros de mí hay un montón de desperdicios; el olor a basura no llega hasta donde estoy, pero la fuerza de la putrefacción en medio del desierto se puede ver en el aire. 

No hay mucho que pueda hacer. No puedo caminar a ningún lado, moriría en el intento. No hay forma de comunicarme con nadie.

Tengo un poco de agua y whisky, así que lo único que me queda es esperar a que pase algún marroquí de buen corazón y auxilie a un pobre inglés que ha descompuesto su mierdera Land Rover a la entrada del desierto.

La primera vez que hablé con Fela fue en un bar en el centro de Lagos; el funk estaba en pleno auge y aquel músico era ya lo que todos sabemos hoy. 

El sitio estaba repleto de mujeres hermosas con afros y turbantes. La ciudad, que en nada se parece a una ciudad, es melancólica pero llena de vida.

El calor es tal que los edificios se miran todos blancos, pero es la potencia de la luz de un sol rabioso la que resplandece en esas superficies desde muy temprano y se queda en el firmamento más de la cuenta.  

La fachada del bar estaba completamente deslavada y de la entrada salía un olor mezcla de orines y perfume. Había algunas mesas con manteles y algunos ventiladores eléctricos descompuestos parecían montar guardia junto a los amplificadores.

Fela había estudiado música en Londres y tocaba con su banda a menos de dos estaciones de metro de donde yo ensayaba con Eric y Cara de culo y nunca nos topamos. Bebimos un licor local y me consumí en el gozo. La magia del afrofunk corría por las manos y las ideas de Fela.

De inmediato nos hicimos amigos. Me invitó a conocer su comuna: un conjunto de casas en las que vivían músicos, activistas sociales, actores, artistas.

Ya en ese entonces, él tenía cuatro esposas bellísimas y yo, que llevaba varios años con el corazón roto por una londinense que se hizo mierda, me encontraba solo. 

Unos estudiantes de Medicina dotaban al grupo de una nueva droga a base de anfetaminas.

Yo había salido huyendo a toda velocidad de Londres porque Eric abandonó Cream; nos mandó a jodernos a mí y a Cara de culo.

Con el grupo roto, comencé a consumir más heroína. Me encerré por meses en mi departamento hasta que me di cuenta de que ni siquiera la idea de hacer música me resultaba atractiva. Ya no digamos una pareja o visitar a mis amigos.

Así que tomé el primer avión que pude y da la casualidad de que ese avión iba a Nigeria. 

Sí, soy de esos que huyen del síndrome de abstinencia.

Acepté las pastillas que una cantante, amiga de Fela, puso en mi boca. Lo último que recuerdo es a un hombre sentado en las escaleras con los codos sobre las rodillas y las manos deteniéndole la cara.

Abebi, que era el nombre de la cantante, estaba parada junto a él con las manos en los bolsillos y la mirada puesta sobre mí. 

Un montón de arena se acumula en el tablero. Con los dedos dibujo rayas sin sentido.

Por la cantidad de polvo se podría pensar que llevo aquí meses, pero no han pasado ni dos horas desde que la Land Rover se paró en seco. 

Había quedado de ver al loco de Tony en Ouarzazate después del almuerzo. Ojalá se preocupe al no verme llegar. ¡Carajo! estaba seguro de que esta mierda funcionaba. No sé cómo ha podido pasar esto. 

Ni un maldito ser humano a kilómetros a la redonda. En otras circunstancias, esto sería el paraíso: ¡ningún idiota a la redonda!

Pero no hoy. Un gran trago de whisky.

Las anfetas surtieron efecto y, de pronto, me encontré en la cama con Abebi.

Me besaba y sostenía mi cabeza entre sus manos. Me hizo recordar a mi ex esposa: sus besos mojados y ansiosos.

Me casé con Nikki porque pensé que era una niña mimada, lo cual era cierto, pero también era una arpía controladora a la que, pronto, le perdí el interés. Nikki, el primer amor de mi vida.

La piel de Abebi se extendió sobre las sábanas como un manto oscuro sobre el que hay que construir una obra maestra. Le acaricié el interior de las piernas mientras la luz de unas velas blancas ondeaba debido al viento que entraba por las ventanas.

Aquella luz ampliaba la belleza de Abebi. Sentí las corrientes de su cuerpo arremolinarse en torno al mío. El  pelo crespo y oscuro, el azul marino de su pubis me hipnotizó.

Me adentré en la noche de esa entrepierna hasta que el cansancio pudo conmigo. 

Su esposo se apareció frente a nosotros poco después del amanecer. Era el hombre que horas antes había estado sentado en las escaleras junto a ella.

Nos vio con ojos inyectados de furia: la piel apretada del rostro me recordó la fuerza que le imprimo a mis puños cuando tengo que usarlos en contra de otro. El tipo iba vestido con un albornoz color verde y su olor era el de una juerga de seis días. 

Me levanté confundido pero dispuesto a hacer frente a lo que me esperaba. Los ojos del esposo se clavaban en los míos esparciendo una gris niebla. A punto de abalanzarse sobre mí, dos hombres irrumpieron en el cuarto y lo detuvieron. Tras ellos entró Fela, quien pasó de largo al agraviado.

Cuando lo tuve más cerca, vi que traía un arma. Abebi salió corriendo por la puerta de atrás.

Fela me dijo que podía usar el arma como yo quisiera. No entendí aquel ofrecimiento y, debo confesar, sentí miedo, pero insistió.

Me encajó la pistola en la mano y me dijo que pusiera a ese cabrón en su lugar. La sensación del acero muy pulido contra mis dedos. Entrecerré los ojos: jamás había matado a un hombre. Siempre hay un momento para todo.

La piel del rostro de Fela estaba tirante como si estuviera recordando que él también había tenido que hacer lo mismo que yo estaba a punto de hacer. 

Pienso si debo salir de la camioneta o quedarme aquí.

El calor es insoportable.

Mis pies descalzos rozan el interior del coche y me revuelco hacia uno y otro lado.

Estoy cerca de darme por vencido.

Con el dedo sobre el gatillo y las miradas de todos puestas sobre mí, tiré la pistola al piso, me acerqué al tipo, le propiné dos ganchos en la quijada y salí desnudo de la choza.

Los ojos de Fela, que eran del color de las piedras del fondo del río, estaban cargados de desencanto.

A pesar de aquello, la noche siguiente, Fela me pidió que sustituyera a su baterista y ahí fue donde encontré las respuestas a todo lo que estaba buscando: la voz de aquel nigeriano, húmeda e insondable, y las melodías que de ella emergían, devoraron todo a su paso.

Sus fuertes dedos le exigían a la guitarra acordes precisos; la suave destreza de su cuerpo que se fundía con el ritmo. 

Las frases musicales inundaron los bares en los que tocábamos: las notas caían una sobre otra como mis puños sobre el cuerpo de Cara de culo el día que Eric decidió que era suficiente, que Cream estaba terminado. 

– ¿De qué hablas, imbécil?

– De que no soporto más toda la mierda que te metes y los pedos interminables con Jack. Esto ya no se trata de hacer música, hijos de puta. Sus dos egos siempre están en guerra mundial y yo no les voy a servir de réferi.

– ¡Maldito niño mimado!

– Es todo, Gin, el grupo está terminado.

– Terminado estás tú y tu falta de huevos.

– Sí, Gin, lo que tú digas.

– ¡Vamos, Eric! ¡Tú y yo podemos seguir!

– En este momento no eres capaz ni de limpiarte el culo solo.

– ¡Yo fundé este grupo de mierda! 

– Y yo seré quien lo termine. 

Sin esperarlo, Cara de culo dejó su bajo y me dio con el puño izquierdo en la sien.

Quien hubiera visto su asqueroso rostro se habría dado cuenta de que el muy imbécil pensó que me había vencido porque me encontró mal parado. 

Me dio la espalda mientras caminaba hacia Eric. Pero yo me levanté del piso. 

Y si Clapton no me hubiera detenido, habría matado a Cara de culo.

El movimiento involuntario de mi pierna derecha me despierta.  Golpeo la cabeza contra la ventanilla de la camioneta. El calor me derrite. La voz de Nikki aparece en mi mente como si fuera una grabación cuadrafónica: 

-Oye, esa pierna, ¿que nunca la dejas en paz? —me reclamaba con su voz de niña rica.

-¿De qué hablas?

-De eso -decía con la nariz fruncida mientras señalaba mi pierna.

-No me había dado cuenta.

-Estás así todo el tiempo.

-¿Cómo?

-Moviendo la maldita pierna sin parar, ¡como que cómo!

Discusiones como esa fueron las que terminaron con nuestra relación.

Han pasado casi tres horas.

Me tomo el último trago de whisky, tengo la ropa empapada. Intento balancearme en el asiento, pero soy un péndulo estancado. Miro el sol del desierto.

En África, el calor puede verse con tanta claridad que el mareo es inevitable. 

Con Fela dejé mi papel de ermitaño adorable, que era como me llamaba de cariño mi ex esposa, y regresé a hacer música de verdad.

Ahí, en el origen de todo. También regresé a la heroína, pero ahora no significaba un problema sino la oportunidad de crear. Juntos éramos un impulso de la naturaleza. Solíamos improvisar canciones que existían fuera del tiempo.

Las letras eran políticas y directas y, por primera vez, me interesó cantarle a la libertad y al fin de la colonización. En Londres, junto a Eric y a Cara de culo, no era más que un pobre idiota.

Me dejé el pelo largo hasta que tuve que recogérmelo en un moño de cabellos enredados.

Los niños por la calle me llamaban con una palabra que nunca aprendí pero que significada señor-señora. En el circuito musical empezaron a apodarme Oyimbo. Conocí la boca hambrienta del sexo de las mujeres africanas; y esa boca no era de color carmín, era del color del alma humana.

Después de coger, siempre terminaban por hablar de mi pelo rubio. Sus manos se demoraban con ternura en mi nuca, era como si me bendijeran. Las amaba a todas.

Pasaron más de dos años en los que Fela y yo llegamos a dos conclusiones: Nigeria necesitaba un estudio de grabación de 16 pistas, y aquel país necesitaba una revolución.

Lo primero era condición sine qua non para lo segundo. Hicimos un plan de inversión en el que yo era responsable de conseguir el dinero de los blancos.

El talento sobraba en aquel continente, los ingenieros que necesitábamos estaban listos: el primer estudio de grabación serio de África Occidental. Haríamos historia.

Después vendría la guerra de liberación y un nuevo amanecer para esa tierra, ¡Fuerza, hermanos!

Lo que pensaba sobre la guerra cambió cuando, unos meses después de iniciar nuestro plan, un estallido civil tomó las calles de Lagos y gente como yo no era bienvenida por la junta militar que encabezaba la revuelta. 

Tuve que salir huyendo de una de las casas que utilizábamos para nuestras reuniones políticas; salté por la ventana de atrás mientras la policía interrogaba a la sección de metales de nuestra banda. Yeni y Sola, un amigo de la reciente esposa de Fela, me esperaban en un auto. Huimos a toda velocidad. 

Me llevarían en avioneta hasta Abuya y, si todo iba como lo esperábamos, al siguiente día estaría en Londres. En nuestro atribulado camino vi a una niña delgadísima con una barriga prominente; su oscura piel reflejaba el inagotable sol africano; pantalones cortos, sin camiseta y con un rifle FAL sobre los hombros.

Quise pensar que se trataba de un arma de juguete hasta que vi que sus delgados brazos temblaban con el peso del acero. La mirada trágica que solo existe aquí se presentó como el aviso de que mi tiempo aquí estaba agotado.

¡Una detonación!, gritó Yeni. Me tiré al piso del coche, ¡los disparos sonaban tan fuertes!

Me presioné las manos sobre las orejas; era como si todos mis sentidos se hubieran concentrado en el oído. Yani sacó una pistola de la guantera. 

Por seguridad, afirmó. La garganta pálida: mi voz sonaba delgada y rota. Aún no entiendo bien a bien cómo logré salir de Nigeria. Al regreso a Inglaterra formé la Baker Gurvitz Army con la misma pasión demente con la que hacía todo. 

Nuestro proyecto revolucionario tenía que esperar.

Recordar todo esto ahora es como si se levantara poco a poco una neblina y Recordar todo esto ahora es como si se levantara poco a poco una neblina y debajo apareciera el paisaje de lo que fue mi pasado.

Las carreteras aquí están muy mal, al recorrerlas te da la impresión de que no vas a llegar a ninguna parte. Son iguales a las carreteras de mi vida. La gravedad con la que las cosas pasan en África es mucho mayor que en cualquier otra parte del mundo.

Quizá muera hoy, atorado en medio del desierto con una Land Rover descompuesta. Todo el esfuerzo de recolectar el dinero para el estudio no habrá valido la pena. Regresé en busca del latido de esta tierra, pero en vez de tomar un avión, decidí hacerlo manejando. ¡Sí, soy un pendejo! 

La luz allá afuera es asombrosa, siempre está ese brillo que los cineastas llaman “la hora mágica”. La arena no podrá vencerme.

El zumbido de las moscas me arrulla con su melodía serena. Si muero aquí, nadie me reclamará, nadie me buscará, ni siquiera Liz, la mujer con la sonrisa más extraña que he conocido; su gesto es como un tic nervioso que la hace ver encantadora.

Cuando le dije que me regresaba a África, me tiró un plato encima mientras gritaba furiosa que no sabía si yo  me cansaba de las cosas o si vivía de la energía de los otros hasta dejarlos exhaustos. 

Un toquido en la ventana de la camioneta: veo una sonrisa blanca enmarcada en un rostro tan negro que pienso que ese es el color de la esperanza. Estoy a punto de llorar, al fin alguien ha llegado a rescatarme. apareciera el paisaje de lo que fue mi pasado.

Las carreteras aquí están muy mal, al recorrerlas te da la impresión de que no vas a llegar a ninguna parte. 

Son iguales a las carreteras de mi vida. La gravedad con las que las cosas pasan en África es mucho mayor que en cualquier otra parte del mundo. Quizá muera hoy, atorado en medio del desierto con una Land Rover descompuesta. 

Todo el esfuerzo de recolectar el dinero para el estudio no habrá valido la pena. Regresé en busca del latido de esta tierra, pero en vez de tomar un avión, decidí hacerlo manejando. ¡Sí, soy un pendejo!

La luz allá afuera es asombrosa, siempre está el brillo de lo que los cineastas llaman “la hora mágica”.

La arena no podrá vencerme. El zumbido de las moscas me arrulla con su melodía serena.

Si muero aquí, nadie me reclamará, nadie me buscará, ni siquiera Liz, la mujer con la sonrisa más extraña que he conocido; su gesto es como un tic nervioso que la hace ver encantadora.

Cuando le dije que me regresaba a África, furiosa me tiró un plato encima mientras gritaba que no sabía si yo simplemente me cansaba de las cosas o vivía de la energía de los otros hasta dejarlos exhaustos.

Un toquido en la ventana de la camioneta: veo una sonrisa blanca enmarcada en un rostro tan negro que pienso que ese es el color de la esperanza. 

Estoy a punto de llorar, al fin alguien ha llegado a rescatarme.

Relacionados

Deja un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Metrópoli ficción 2014. Todos los derechos reservados