INGMAR BERGMAN Y SU HERMANO DAG

urante el verano de 1984, Dag Bergman decidió ir a visitar a Ingmar, su hermano menor, a su casa en la isla de Fårö, localizada en el mar Báltico. Dag, a quien el cineasta sueco tenía casi una década sin ver, estaba a punto de cumplir 70 años. A pesar de su edad y de la parálisis que lo aquejaba, el tipo se había negado a dimitir de su puesto diplomático. A Ingmar la estampa del ex embajador de Atenas, tullido por la polio y postrado en una silla de ruedas, le fracturó el corazón.

Observó que su hermano mayor, quien durante su juventud había sido un hombre soberbio y de movimientos dinámicos, ya sólo podía mover la cabeza y respiraba con dificultad. Ni siquiera se lograba entender bien lo que decía. El guionista y director de teatro, apenas conseguía descifrar algunas frases sueltas de lo que aquel poliomielítico farfullaba. Pese a todo, y como pudieron, los hermanos Bergman se dedicaron, durante varios días, a recordar su infancia teniendo como telón de fondo un desértico ambiente abarrotado de farallones y rocas calcáreas.

Al director de Fresas salvajes le sorprendió que su pariente se acordara de muchos más detalles que él. Pero, como suele ocurrir en las reuniones familiares, no todo fue agradable. La segunda noche, después de la cena, Dag se enzarzó hablando del odio que siempre había sentido hacia el pastor luterano Erik Bergman, su padre. Lanzó una accidentada diatriba, que condimentó con lágrimas, espumarrajos y pellizcos en la silla de ruedas, contra la profunda dependencia que, según él, Karin, su madre, siempre había sentido hacia quien llamó “el malvado ogro de su esposo”.

Para el mayor de los Bergman, Erik y Karin eran un par de lunáticos que se habían pensado “seres mitológicos” y, en concordancia con esa estupidez, se habían comportado cruelmente con sus hijos: Dag, Ingmar y Margareta. El director de cine sueco, temeroso de que el diafragma de su hermano fuera a estallar, intentó calmarlo.

En un esfuerzo por sacarlo de aquel atolladero emocional, trató de orientar al paralítico hacia una conversación menos espinosa. Pero no lo consiguió. Al final, ambos se encontraron transitando por las borrascosas estepas de una infancia dolorosa, y ya casi borrada por el olvido. Tocado un punto, los ancianos se miraron asombrados: “Éramos un par de viejos, salidos del mismo seno materno y, ahora, a una distancia insalvable de aquellas lejanas mocedades”, declararía el cineasta varios años después de aquel encuentro.

Lo cierto es que Ingmar Bergman (1918−2007) y su hermano nunca habían sido, ni de lejos, buenos amigos. Pese a todo, durante aquellos días en el Fårö, ambos descubrieron con gran sorpresa que su mutua antipatía se había esfumado. No obstante, en ese momento sacaron en cuenta que lo único que quedaba entre ellos era un vacío que no sabían exactamente cómo llenar. Más allá de las diplomáticas comidas familiares, un puñado de recuerdos melancólicos y las habituales frases de repertorio que se dispensaban, la verdad es que no existía entre ellos la menor afinidad.

Al calor de las confesiones, Dag le reveló al director de El séptimo sello que hacía tiempo deseaba morir. Y le confesó, además, que si hasta ese momento no había tomado la determinación de suicidarse era porque, junto a sus firmes deseos de volarse la tapa de los sesos, también asomaba en su alma un enorme pavor por la muerte. ¿Y qué lo mantenía vivo?, se preguntó Bergman en ese momento.

La respuesta, sin embargo, tardó cuatro años en llegar: “Simplemente una furiosa voluntad de vivir y respirar mantenían en funcionamiento sus pulmones y su corazón”.

Dag, añadiendo una explicación que nadie le había pedido, alegó que no podía suicidarse porque, simplemente, las manos no lo obedecían. Ingmar estaba perplejo. Aquel hombre que durante su juventud ─y gran parte de su madurez─ se había caracterizado por su imbatible arrogancia, sus encarnizadas pendencias y su hedonista carrera diplomática, ahora era un ser lastimoso. El fornido pescador, el amigo de errar por los bosques, el sujeto desconsiderado con los amigos, el egoísta, el cáustico, “ahora resultaba que ya no quería vivir”, apuntó el inestable director de cine que, a lo largo de su existencia, se había casado cinco veces y había convivido con tres concubinas.

Lo que más le llamó la atención al cineasta fue que, a pesar del odio que Dag aseguraba sentir, él lo recordaba con una actitud siempre complaciente hacia su padre. Por si fuera poco, su hermano siempre había sido dependiente de su madre, a pesar de los intentos de liberación y de los desgarradores conflictos que vivieron.

Y pese a que jamás había sido su hermano preferido, el cineasta, que se había dado gusto parodiando el cine de Fellini, sintió pena por la angustia de su hermano. Incluso, dos años antes de su muerte, Ingmar declaró que “había comprendido perfectamente el tamaño de su frustración”. Al recordar su infancia, el director de El silencio sufrió. Se quedó paralizado por la rabia. No le agradó traer a su memoria aquellas dos figuras “avasalladoras, estranguladoras, inasequibles y deslumbrantes” que siempre le parecieron sus padres.

Ingmar recordó que Erik, para castigar su desobediencia, solía encerrarlo en un armario oscuro durante horas. En consecuencia, el director se vengaría de él en la autobiográfica Fanny y Alexander, donde en un perverso giro shakespeariano decidió transmutar al padre en un padrastro al que, al final de la película, le preparó un final terrible. Pero Dag, a diferencia de su hermano, no había tenido la oportunidad de vengarse de aquel padre autócrata. Y sufría por eso.

Aquí es necesario apuntar que el desprecio de Dag hacia el arte, el psicoanálisis, la religión y la literatura era absoluto. El hermano del cineasta ─un políglota que hablaba siete idiomas y se solazaba leyendo preponderantemente historia y biografías políticas─ siempre había sido un racionalista radical.

Durante las jornadas que pasaron conversando, mientras observaban aquellos pilares de extrañas y sugerentes formas esculpidas por el mar, Dag le contó a Ingmar que, desde hacía un tiempo, se dedicaba dictar sus memorias a un magnetófono. Le pidió a su hermano que lo ayudara, y el cineasta lo hizo: ordenó a uno de sus mecanógrafos pasar a máquina todo aquel material.

El resultado fue un mamotreto de 800 páginas escritas en un tono burdamente humorístico y pasmosamente académico. Había, desde luego, algunas excepciones, como cuando Dag hablaba de una manera sencilla y directa sobre su esposa, una hermosa y lúcida mujer griega a la que él mismo presumía como una experta conocedora de Píndaro y Jenófanes. Y también se le notaba apasionado en las páginas que le obsequiaba a su madre.

El resto de aquel legajo era superficial, sarcástico y burlonamente indiferente. Su principal problema era que adolecía de estilo: la vida de un viejo memorioso contada a través de una aburrida historia de aventuras sin tensión ni conflictos ni emoción. Lo que más sorprendió a Ingmar fue descubrir que en aquel armatoste no había ni una sola línea sobre la enfermedad de su hermano; no se quejaba nunca de su destino ni parecía despreciarlo. De alguna manera, Dag afrontaba el dolor y la humillación física con una rabiosa altivez y, durante capítulos enteros, parecía más preocupado por hacerse lo bastante desagradable como para que a nadie se le ocurriese sentir compasión por él. Finalmente, el ex miembro del Cuerpo de Voluntarios de Suecia durante la Guerra de Invierno en Finlandia, decidió celebrar su 70 cumpleaños ofreciendo una fiesta en la embajada sueca de Atenas.

Estaba muy débil y su esposa, la mujer griega que tanto idolatraba, al verlo tan desmejorado, llegó a proponerle que suspendiera la celebración. Sin embargo, el ex miembro de la Liga Nacional de Suecia se negó y, haciendo un esfuerzo enorme, pronunció una alocución en honor de sus invitados.

Días más tarde ingresó en el hospital, donde le aplicaron un tratamiento equivocado y, sin que nadie pudiera auxiliarlo, murió en medio de unos largos y terribles ataques de asfixia. Aunque muchos pazguatos aseguran que el cineasta jamás habló suficiente sobre su hermano, se equivocan. Ingmar Bergman, en la Linterna mágica, su libro autobiográfico, narró el hecho con una prosa desgarrada y traspasada por la impotencia y la melancolía:

“Conservó [Dag] el conocimiento hasta el último momento, pero no podía hablar porque la bien hecho un orificio en la garganta. Al no poder comunicarse murió furioso y mudo”.

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