JOSÉ JOSÉ: PRÍNCIPE Y MENDIGO

osé José fue, en los mejores momentos de su carrera, una voz desgarradora envuelta en un traje satinado y una corbata de moño. Su timbre fue tan dolorosamente peculiar que parecía salir de las regiones más atormentadas del alma. No obstante, su excepcional registro vocal ─que en los albores de su carrera le permitió cubrir las notas más complicadas─ se fue transformando en una vibración distante, en una serpentina de Bacardi que acabó sepultándolo bajo un vaho que despedía, por aquí y por allá, pestilentes orlas de vino.

Hoy ─más allá de los condescendientes admiradores que siguen aplaudiendo sus viejos éxitos musicales, no sin cierta conmiseración─ su voz es una cascada que pulveriza los oídos con una tormenta de alaridos metálicos, y sus pesados movimientos en el escenario son similares a los de un barco que oscila hacia un lado y hacia otro, amenazando siempre con hundirse. Hace poco, el mismo José José, pálido y enteco como una caña, reconoció, haciendo a un lado los eufemismos, que se sentía “de la chingada”.

Pero no siempre se sintió tan deplorable. En los años 70, por ejemplo, José José fue, al lado del mexicano Juan Gabriel y del español Camilo Sesto, uno de los representantes más destacados de la llamada balada romántica. A principios de aquella década, José Rómulo Sosa Ortiz ─nacido el 17 de febrero de 1948─ estuvo rodeado de una abracadabrante galería de reflejos, de fulgores, de metálicos brillos faranduleros, que lo llevaron del programa Siempre en domingo ─conducido por el inmarcesible autócrata del medio del espectáculo, Raúl Velasco─ al afamado Festival OTI. En aquellos años, el músico nacido en Azcapotzalco grabó más de diez discos, entre los que destacaron El triste, Buscando una sonrisa, Tan cerca, tan lejos, El Príncipe, Volcán y Si me dejas ahora.

Alzando una ceja sabia y aguzando el oído, en su momento, el intérprete descendiente de una familia de músicos chintololos, fue escuchado ─y admirado─ por compositores y arreglistas tan notables como Rubén Fuentes y Armando Manzanero, Rafael Pérez Botija y el mismo Juan Gabriel, quienes lo reconocieron unánimemente como “El príncipe de la canción”. Éxitos como La nave del olvido, Lo pasado, pasado, 40 y 20 fueron ─y quizá continúan siendo─ algunas de las canciones favoritas de millones de enamorados y desenamorados.

Infelizmente, durante varias décadas, el hijo de José Sosa Esquivel, famoso tenor de ópera, y de la concertista de piano Margarita Ortiz Pensado, se deslizó por la tortuosa espiral del alcoholismo. Tratando de colmar sus disipaciones, se convirtió en un consumado maestro del exceso, y también en el arte de acabar con todos las botellas del alcohol en fiestas y reuniones. Pepito, como le llamaban cariñosamente sus amigos más íntimos, bebía sin mesura.

El músico ─que en su época más taquillera llegó a llenar recintos como el Madison Square Garden, Radio City Music Hall y el Auditorio Nacional─ acudía a casi todas sus presentaciones dando tumbos de borracho. El Príncipe hacia su aparición el escenario con el cabello enmarañado, las mejillas tiznadas, los trajes sucios y arrugados, como si hubiera estado durmiendo con ellos puestos. Y, en efecto, pasaba días ─y a veces semanas─ llevando la misma ropa, entregado en cuerpo y alma al consumo de whisky y ron, sus bebidas preferidas.

En el escenario, sus seguidores observaban, adoloridos pero siempre coreantes, sus ojos inyectados y sus labios amoratados. Cuando cantaba piezas tan inconsolables como He renunciado a ti o Lo que no fue no será, el cielo de su boca, tan rojo y tan incinerado por el alcohol, ya no parecía un agujero, sino un abismo que se devoraba así mismo. Tenía los cabellos rizados tan enhiestos que parecían dos llamaradas encendidas por el vaho de los cigarros Raleigh, que tanto disfrutaba fumar.

Muchas veces, antes de comenzar su actuación, se quedaba un rato mirando a las personas con una extraviada expresión llena de soledad y de tristeza. Para no caerse, el Príncipe apenas se movía, caminando con pasitos nerviosos, como si el suelo bajo sus pies quemara, al tiempo que iniciaba su protesta musical lanzando alguno de sus famosos anatemas contra los amores traicioneros: “A ésa que la ves ahí dando tumbos, con borrachos, con ilusos, hasta el alma le entregué. A ésa, que hoy se enreda con cualquiera, yo le di mi vida entera, y hoy se la daría otra vez”.

Y es que, dentro y fuera del escenario, José José fue un tipo gemebundo y depresivo que, a pesar de su exitosa carrera, pocas veces dejó que en su vida estallaran las frágiles y jubilosas burbujas de la alegría: “Si me dejas ahora, no seré capaz de sobre vivir, me encadenaste a tu falda, y enseñaste a mi alma a depender de ti”, dice en una de sus canciones más emblemáticas el músico que se sentía “preso en las redes de un poema”.

Siendo aún muy joven, Sosa Ortiz comenzó a padecer todos los síntomas de un enfermo alcohólico: dependencia emocional, inseguridad, conductas temerarias, chantajes afectivos, complejo de inferioridad, sensiblería y toda suerte de desequilibrios emocionales. Y esos padecimientos los tradujo excepcionalmente en sus interpretaciones.

Es necesario poner atención a la letra de sus canciones para ver la cantidad de angustias que dominaban a este hombre. En la mayoría de las piezas que representa, su álter ego se muestra como un hombre receloso y desencantado que no cree que el amor sea un sentimiento duradero: “Porque el alma se vacía, como el cántaro en la nube, el amor acaba”. ¿Y por qué tienen que terminar tan tristemente los amores?, se pregunta uno, afligido. Y el Príncipe responde con una metáfora augusta e incisiva: “porque el sentimiento es humo y ceniza la palabra”.

Curiosamente, aunque la suerte siempre pareció estar de su lado, José José solía sentirse un hombre desdichado, y en lucha permanente y encarnizada con sus propios demonios internos. Era algo de lo que no se podía desprender. De alguna forma, fue como si la desdicha formara parte de su estructura básica, como los cartílagos son parte imprescindible de los huesos. Sí, la desdicha fue, por así decir, el cartílago de su sensibilidad artística.

Además del enorme desamparo que lo inundaba, a la hora de cantar, parecía que José José se anegaba de ira y, poco a poco, era embargado por un espasmo de cólera que funcionaba con la precisión de un mecanismo automático. Lo curioso es que, cuanto más iracundo estaba, más controlado parecía, más calmoso e impasible, más vacío de emociones, salvo ese odio seco y puro que se le condensaba en el pecho como una pesada piedra, y lo hacía cantar: “Porque es pura fantasía nuestro amor, ilusiones que se forman con el tiempo, porque es tanta la distancia entre los dos, que es difícil que podamos entendernos”.

Durante décadas, familia y amigos trataron de rescatarlo de las garras del alcohol. Pero las difíciles rehabilitaciones naufragaron innumerables veces. El Príncipe insistía en subir al escenario borracho como una cuba, abusando de su enorme tolerancia a la bebida. Aunque él sostiene que pocos lo percibían, lo cierto es que sus cabellos rizados parecían una pringosa madeja, un seboso penacho afro, como una medusa muerta arrancada de su roca y arrojada por la marea sobre la playa. Y el lastimoso aspecto de José José no era solamente exterior. En algún recóndito lugar de su cerebro ─y de sus venas─ también parecían abrirse las compuertas del odio, anegando su interior con aquel veneno espeso. Él mismo, en el paroxismo del pobrediablismo que siempre cultivó, un día se refirió así mismo como un desengañado, como un “pobre tonto, ingenuo charlatán”, como un desventurado pajarraco que terminó siendo “paloma por querer ser gavilán”.

Pocos hombres tan desgarrados en el ámbito musical han logrado hechizar ─y confortar─ el alma del público desconsolado. Y quizá debido a esa desdicha que siempre lo acompañó, José José ha podido traducir, mejor que nadie, la voz del amante celoso e inseguro que no tolera que la mujer que lo acompaña se distraiga mirando a nadie más: “Cuando vayas conmigo no mires a nadie, que tú sabes que yo no consiento un desaire”.

Los condolidos personajes que describe José José son, por otra parte, enamorados que se sienten indispensables, galanes desengañados que, entre gestos trémulos y un escrupuloso reptar de ternura, se creen irremplazables: “Conmigo te mecías en el aire, volabas en caballo blanco el mundo”, dice la canción, mientras el diapasón de los lamentaciones emitidas por el Príncipe va subiendo poco a poco en el escenario, hasta que se suelta a llorar en medio del público como un pobre demonio inconsolable.

Pero en este recorrido por el cuerpo de la amada en voz alta, justo es reconocerlo, no sólo ha habido ironía, sino también una sombra de gloria: “Ya lo pasado, pasado, no me interesa; si antes sufrí y lloré, todo quedó en el ayer: Ya olvidé”. Pero más allá de estos pequeños raptos de orgullo, no cabe duda de que la mayoría de sus personajes ─ebrios de sentimentalismo o de alcohol─ son infelices que tienen la moral hundida en el fango: “fui gorrión que se quedó preso en tu jaula, porque yo corté mis alas, y el alpiste que me dabas fue tan poco y, sin embargo, yo te amaba”.

Es por eso que ahora ─cuando las múltiples enfermedades tienen postrado y alicaído al cantante─ el público que lo admira se siente un tanto apesadumbrado. Infelizmente, en 2007 lo atacó una bacteria que le produjo parálisis de Bell: un episodio de debilidad temporal de los músculos de un lado de la cara, que afecta por lo general a personas con diabetes. Por si fuera poco, en 2009 el Príncipe inició una lucha contra la enfermedad de Lyme, la cual le paralizó casi por completo el lado izquierdo del cuerpo. Durante varios meses le costó trabajo hablar por la falta de aire en el pulmón y de la tráquea del lado izquierdo.

Para colmo de males, hace unos meses, con una congoja asmática, el cantante reveló que padecía cáncer de páncreas y se había sometido a dolorosas quimioterapias. Al saber estas noticias, el público sintió un nuevo pellizco de compasión hacia su ídolo.

Y es natural, hasta cierto punto, que el pueblo mexicano sienta empatía con este cantante plañidero, que asegura haber padecido en carne propia el látigo del desamor. Nadie podría negar que José José conoce mejor que nadie a los amantes despeñados como él, a los seres enterrados en sus emociones, como los insectos en el estiércol, a los borrachines de la sentimentalidad más exacerbada y concupiscente. A sus setenta años de edad, la enseñanza musical del Príncipe de la canción es categórica: Nada mejor que el altanero y vengativo odio de la música para contrarrestar la dolorosa quemadura de la congoja.

Por mi parte, confieso que, en ciertas ocasiones, cuando las noches melancólicas me sorprenden, dejándome ir mansamente por el río del sueño, a la manera de un barco desgobernado, cuando mi cabeza se desplaza lejos de mis hombros, y se eleva verticalmente en la habitación como un globo de helio, cuando los miembros se me extienden en el colchón, reptando muellemente como lagartos, una voz de repente enorme, imperativa, principesca, me susurra consoladoramente desde la suave profundidad de mis audífonos: “¿Y qué, si nos llaman de todo? ¿Y qué, si nos juzgan o no? ¿Y qué? Aquí sólo contamos tú y yo”.

 

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