LOS TERRORES ABISMALES DE ITALO CALVINO

Para mi hermana Lorena, quien me introdujo en la tradición italiana.

talo Calvino (Cuba, 1923-Italia, 1985) creía en que los amores, por naturaleza, eran espinosos, y que todas las parejas, tocado un tiempo, terminaban odiándose y estaban condenadas a entablar un diálogo de sordos. El escritor santiagueño opinaba que “cada encuentro de dos seres en el mundo era un despedazarse”. Pese a su espíritu siempre disconforme, no le agradaba enredarse en discusiones. Y cuando se veía enfrente de alguna disputa, prefería encogerse de hombros, poner pies en polvorosa, y que todo terminara ahí. Le costaba adaptarse a las exigencias del amor y, casi siempre, terminó sus relaciones afectivas saliendo por la puerta trasera. En todo caso, más que sentir amor, aseguraba que dentro de él latía “una piedad rencorosa, una ternura disgustada por todos los seres humanos”, tal como la que observan los personajes que describe en Los amores difíciles, acaso su libro de cuentos más recordado.

El hombre que desde diversas trincheras ─el neorrealismo, el estructuralismo y la semiótica─ imaginó que el universo lingüístico había destronado a la realidad, se jactaba de no tener pasión por ninguna cosa. “Entre mis agudos sentimientos no tengo nada que corresponda a lo que llaman amor”, apuntó. Según él, en su corazón no sentía “ni nostalgia, ni duda, ni aprensión”.

Lo cierto es que sí era un hombre receloso. Desconfiaba de la introspección y creía que nada bueno podía surgir de los pensamientos íntimos. Más que todo, le inquietaban las concepciones abismales y los pensamientos que provenían de las honduras del alma. “Cuando una presencia venida de las profundidades de la memoria se adelanta, se deja reconocer y de pronto se transforma en algo inesperado, en algo que aun antes de la transformación asusta porque no se sabe en qué irá a transformarse”.

Los padres de Calvino, por otro lado, fueron unos librepensadores que recusaron ofrecer a sus hijos una educación religiosa. Ateos pertinaces, los progenitores del autor de Marcovaldo fueron amantes de la botánica. De ahí que la ciencia, la historia y la antropología hayan sido temas centrales de su literatura. Se podría decir que, gracias a las influencias devoradas en la casa paterna, su obra posee un metabolismo y una fisiología propia.

Además de seguir puntualmente la obra de su mentor y amigo Cesare Pavese, en su biblioteca ideal, Joseph Conrad y Robert Louis Stevenson tuvieron un lugar preponderante. No es casual que en el libro Por qué leer a los clásicos, Calvino les dedicara a ambos escritores los trabajos más interesantes.

El melancólico Calvino ─sin ser exactamente un pesimista ni un existencialista─ estaba persuadido de que la vida era desoladoramente triste. A pesar de que sonreía constantemente y sus ojos centellaban, tenía un aspecto que jamás le posibilitó alzar una mirada triunfante. Aunque sus esperanzas en una vida feliz eran nulas, a veces buscaba refugio en alguna parte. Muchas veces, para huir de la desdicha circundante, se metía a una tienda o comercio que le saliera al paso. En cierta ocasión entró corriendo a una tienda, como si alguien lo estuviera persiguiendo. Más tarde él mismo confesó que lo había hecho simplemente “porque quería confirmar que, tanto adentro como afuera, la vida no podía ser menos miserable”.

Como se decía un hombre inmune a las algarabías externas, sus personajes están muy lejos de ser optimistas y se deslizan por calles deprimentes y dan la impresión de ser almas enmohecidas por el tedio. Como era un introspectivo, los paisajes exteriores no lo seducían en lo absoluto. Ni siquiera parecía tenerlos en cuenta: “El deterioro y los chirridos de fuera me impedían dar demasiada importancia al deterioro y los chirridos que llevaba dentro”, escribió en uno de sus grandes relatos, La nube de smog.

Aunque durante su juventud fue militante comunista ─participó en la Resistencia, en la brigada Garibaldi (Partido Comunista Italiano)─, pasado un tiempo se afirmó totalmente desencantado del mundo. En 1957 abandonó el PCI, y se fue a vivir a Roma, instalándose en una vieja casona del centro, a muy pocos pasos del Panteón. El autor de El sendero de los nidos de araña maliciaba del porvenir y el futuro le parecía lóbrego y no encontraba cosas en las que consiguiera reconocerse. Se declaró contra de todo naturalismo e incluso llegó a decir que la luz del sol siempre le había parecido “triste y verdusca”.

En sus últimos años de vida decidió repeler a las personas alborozadas, y él mismo reconoció que entre gente alegre, por lo regular, solía sentirse aún más triste. Como Amilcare Carruga, el protagonista de La aventura miope, “observó que desde hacía un tiempo la vida para él iba perdiendo, imperceptiblemente, su sabor”.

A diferencia de lo que algunos asientan, Calvino no fue un gran conversador. Es cierto que en varias ocasiones un torrente de frases emergía de su boca, pero la mayoría de las veces las ideas se enfangaban en su cabeza y no lograban salir congruentemente. Su mente, habituada a traducir las sensaciones en hermosas imágenes literarias, no siempre conseguía concertar ideas muy claras a la hora de hablar. Cuando no tenía ganas de departir, Calvino daba respuestas burlonas e incomprensibles, haciendo una voz cascada y retumbante. Cuando lo irritaban, retorcía en una sonrisa su rostro anguloso, con la piel tensa como una calavera. Entonces hablaba con la tronante voz de un rencoroso que se dirige a una pandilla de zafios e ineptos.

En general, solía ser muy distraído, y cuando tenía un proyecto en la cabeza, los días subsiguientes ─o a veces las semanas y hasta los meses─ permanecía reticente y absorto, sin que nada ni nadie lograra sacarlo de su introversión.

Si miramos detenidamente su retrato, percibiremos el enorme parecido físico que Calvino tenía con Medardo de Terralba, el famoso personaje de El vizconde demedado: tenía un ojo fruncido y otro suplicante, la frente ceñuda de un lado y del otro serena. Quizá la única diferencia del protagonista con Calvino es que Terralba no era calvo ni tenía esas profundas ojeras de mapache. Fuera de esos minúsculos detalles, el escritor tenía demasiadas afinidades con su criatura: toda su vida se sintió un ser fragmentado y, hasta cierto punto, expatriado. Pero no se creía el único en el planeta: “No sólo yo soy un ser dividido y desarraigado, sino todos”.

Justo porque su alma se conducía entre dicotomías, sus personajes oscilaban entre la virtud y la perversidad, tramas que, por cierto, a Calvino le parecieron siempre dos caras de la misma moneda: “ambas igualmente inhumanas”.

Aunque se sabía blanco de las críticas y no careció de enemigos, no era algo que lo incomodara. Al contrario: sentía que sus adversarios eran un acicate para su inspiración: “No hay nada que guste tanto a los hombres como tener enemigos y comprobar después si son verdaderamente como se los imaginaron”.

Como escritor, fue un trabajador serio e inteligente que puso el mayor interés en su labor creativa. La perplejidad del hombre contemporáneo frente a la tecnificación fue uno de sus temas predilectos. A Calvino le interesaron las cuestiones teóricas y de éstas las relacionadas con el desarrollo de las estructuras narrativas, tanto de las existentes como de las que se podrían descubrir. De ahí que su obra no haya sido ajena a las exploraciones estéticas que practicaron sus contemporáneos. Pocos autores de su tiempo expusieron de manera tan clara y extensa la poética de la novela y el papel cardinal del lector. Y justo por esa dedicación, al final, su literatura logró entrar a un mundo más allá de la palabra.

Finalmente, a los 62 años, el escritor de nacionalidad italiana murió a las 3:30 horas de la madrugada del jueves 19 de septiembre de 1985. En México, claro, la noticia pasó desapercibida. El terremoto de 8.1 MW que conmovió a la zona centro, sur y occidente del país, en particular a la ciudad de México, nos dejó exiguos y pobres obituarios sobre el gran autor de Seis propuestas para un nuevo milenio.

 

 

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