INVÍTAME A TU CAMA

FIESTAS SEXUALES EN LA CIUDAD DE MÉXICO

UN LUGAR ACOGEDOR
lena, una elegante señora de cincuenta y dos años, viste de minifalda de cuero y blusa de seda. Su cuerpo aún tiene rastros de una belleza que en su juventud debió ser arrebatadora. Sin embargo, sigue linda. Lo más atractivo de ella, además de su sonrisa, es su cabello, largo y tan oscuro que se pierde entre las tonalidades negriazules de su blusa. Luego de algunos tequilas, toma la mano de dos jóvenes y los lleva a la habitación adjunta en tanto que varios hombres más la siguen como si fuera la abeja reina. Unos minutos después, la blusa y la falda yacen sobre la alfombra mientras ella, de rodillas, chupa los miembros de tres caballeros, alternando las caricias de su boca con las de sus manos. Se le ve dueña de la situación, experta.

Uno de sus acompañantes, de cabeza rapada, vestido aún con un elegante Hermenegildo Zegna, la pone en pié y la empina. Cuando la penetra, ella suelta un gemido discreto y vuelve a atender con su lengua el pene del otro partner. A pocos metros del trío —que en pocos minutos se volverá sexteto—, un hombre canoso, de camisa a cuadros, observa complacido mientras se masturba. Se vuelve a mí, me sonríe y con un movimiento de cabeza me invita a participar con el grupo. “¿A poco no es tremenda mi esposa, joven?”, me comenta sin que yo perciba en sus palabras algún rastro de ironía. “¡Éntrele también, ándele!”.

Nos encontramos en Swingeros, nombre de un club informal en donde todas las semanas se realizan fiestas sexuales. En realidad, es una casa habitación que se ubica sobre una de las principales avenidas del sur de la ciudad. En el frente de la casa se tiene un local que los administradores han habilitado como expendio de tacos, en parte para disimular el giro verdadero de la casa y para diversificar sus ingresos.

A Swingeros lo atiende un matrimonio que se conforma por Laura, una espigada y discreta morena, y Mauricio, al que ni siquiera su permanente sonrisa le borra la ferocidad de la mirada. A quien llega al lugar sólo le basta cruzar unas palabras con él para intuir los problemas en los que se meterá si no se comporta según las normas de urbanidad. Es él quien me recibe a la entrada. “¡Qué bueno que llegaste! Pásale. Todavía estamos esperando a tres parejas”. Luego de que me revisa que no traiga ni armas ni cámaras fotográficas, le pago los trescientos pesos de la entrada.

Me invita a tomar asiento en la estancia, en donde veo a una pareja y a siete hombres solos más. Mentalmente hago cuentas acerca de los ingresos de esa noche: dos mil cuatrocientos de los singles, seiscientos de las cuatro parejas (la que está y las tres que llegan en el transcurso de la noche), hace una nada despreciable cantidad de tres mil pesos para una sola noche. Cada semana, Swingeros hace entre tres y cuatro fiestas, lo cual hace suponer que, con una mínima inversión (algunas botellas de tequila, vasos de plástico, refrescos), Laura y Mauricio tienen una ganancia neta de más de cuarenta mil pesos al mes.

La parte baja de la casa en donde se hospeda Swingeros está dividida en tres habitaciones: la estancia, que es donde los invitados conviven y participan en juegos y bailes, y dos privados en donde las personas que quieren interactuar con otras pueden gozar de un espacio más íntimo.

Las fiestas tienen la misma rutina: los convocados llegan entre las ocho y ocho y media de la noche, conviven, platican entre sí, se desinhiben. A las nueve llega un show de topless y chippendale que prende los ánimos de los invitados. Luego del espectáculo, Mauricio organiza juegos —principalmente de cartas especialmente impresas para la ocasión—, en donde los invitados tienen que someterse a diversos tipos de castigo: los hombres pronto son desnudados y las mujeres son inducidas a cachondearlos. Hay una regla de oro: nadie está obligado a hacer lo que no quiere hacer; sin embargo, muy pocos de los invitados se resisten a interactuar.

Pronto, escenas como la protagonizada por Elena se multiplican por toda la casa, en los rincones se acumula la ropa y en los botes de basura, los preservativos usados. Mauricio y Laura vigilan todo con discreción sin participar en la fiesta. Se mantienen al margen, cuidando a sus invitados. Cuando regreso por mi ropa, encuentro que todo está en su lugar: la cartera, los celulares, el reloj. La seguridad —me comenta Mauricio—, es algo que para ellos es indispensable: nadie se ha quejado de haber sido robado en el club.

La política funciona: el grupo Swingeros es uno de los de mejor fama en el circuito de fiestas sexuales de la ciudad.

LAS LLAVES DEL PARAÍSO
Las fiestas sexuales de este tipo son un producto de las que se realizan, desde hace años, en el ambiente swinger en el país. A diferencia de éste, en donde lo usual es el intercambio sexual entre parejas, en las fiestas sexuales es más frecuente el sexo grupal. Tríos, cuartetos y sexo multitudinario (especialmente en su variante gangbang) son prácticas frecuentes en este tipo de reuniones.

Sin embargo, esta clasificación no es tan rígida, pues dentro del ambiente de parejas liberales, que llegó a México aproximadamente en los años setenta y se consolidó en las décadas posteriores, también se consideran swinger los tríos, tanto de dos hombres con una mujer como los de dos mujeres con un hombre. La enorme diferencia que existe entre las prácticas swinger clásicas y las reuniones actuales es que en las primeras el factor económico no estaba presente.
En la página web www.swingers.com.mx, se hace referencia a un párrafo que explica a profundidad la esencia del concepto swinger:

“A diferencia de “las relaciones abiertas” de los años setenta que promovieron la tolerancia a la infidelidad de los cónyuges (ÓNeill y ÓNeill, 1972), o el “poliamorío” (Wesp, 1992) —el amor entre mucha gente— ser swinger es la actividad sexual no-monogámica, tratada como cualquier otra actividad social, que se puede experimentar en pareja. La monogamia afectiva, o el compromiso amoroso con el cónyuge o pareja, sigue siendo el punto focal. El practicar “swinging” se hace en la presencia de el (sic) esposo o compañero amoroso y requiere generalmente el consentimiento de ambos previo a la experiencia. Aunque los swingers a menudo se vuelven amigos cercanos de otros swingers, existen reglas que restringen el involucramiento (sic) emocional con los compañeros que no pertenecen a la relación. Aunque practicar el estilo swinger implica el tener sexo con otra gente además del esposo, sus adherentes proclaman que afianza la relación de las parejas sexual y emocionalmente. Quitando la secrecía (sic) y la falta de honradez inherentes en sus deseos naturales para la variedad sexual, los pares pueden explorar sus fantasías juntas, sin engaños o culpabilidad. Quitando la necesidad para el engaño en la relación, un nuevo nivel de confianza y franqueza sobre los propios sentimientos es alcanzado, supuestamente, sin el bagaje destructivo de los celos (McGinley, 1995).

En general, hasta hace unos años, los contactos entre parejas swinger se daban en clubes privados, cines XXX, bares especializado y a través de publicaciones especializadas. Dichas mecánicas de contacto no eran muy distintas a las que utilizaban —y utilizan—, otras minorías sexuales tales como los grupos lésbico-gays, travestis, bisexuales y afectos a prácticas BdSm.

Afortunadamente, para ellos llegó la Internet, por lo que todos estos grupos pudieron contar con una herramienta invaluable para vivir su sexualidad de una manera más libre. Pronto se generaron páginas web especializadas, grupos de mensajes exclusivos, páginas de charla y demás instrumentos de difusión y contacto.

Las fiestas sexuales se han llevado a cabo en México desde hace décadas —e incluso desde hace siglos —. Sin embargo, debido a la necesidad de discreción y, sobre todo, salubridad, hicieron que estas reuniones fueran de acceso restringido. Muy pocas personas que no estuvieran ya dentro del ambiente swinger —o tuviera un conocido en él—, podía entrar a aquellos paraísos de piel y sudor. Fue hasta hace pocos años —cuando mucho cinco—, cuando gracias a la red, algunas parejas tuvieron la posibilidad de organizar reuniones de acceso menos encorsetado. Nombres como Gus y Mary, Marcela y Alex o Diosa Greca aún suenan dentro del ambiente aunque algunos de ellos ya se retiraron.

Actualmente hay múltiples grupos que organizan fiestas de carácter sexual. La oferta de prácticas también es extensa, pues existen desde fiestas de intercambio y tríos heterosexuales hasta reuniones bisexuales, homosexuales y de travestismo; también se organizan reuniones sadomasoquistas o prácticas de sexo grupal en donde una mujer interactúa con tres o más caballeros.

Sin embargo, las opiniones acerca de estos grupos son muy divergentes. La conocida sexóloga Anabel Ochoa opina que estos grupos “No son más que un padroteo y un putero” , pues sostiene que dichas reuniones, y algunos clubes que se asumen como “swinger”, han desvirtuado totalmente la ideología de tal movimiento.

Aparentemente, los organizadores de dichas fiestas se percataron en algún momento de la oportunidad de negocio que representaban los miles de singles ansiosos de participar en una fiesta de índole sexual. En dichas reuniones, donde es obligatorio el pago por derecho de participación, priva la modalidad conocida como gangbang, ya mencionada en líneas anteriores.

Para cualquiera que desee ir a alguna de estas reuniones, el camino es sencillo. Sólo tiene que tener una cuenta de correo electrónico pública (ya sea en los servidores Yahoo!, Google o Hotmail), y con ella inscribirse en algunas de las páginas de grupos especializados de dichos servidores. Una vez hecho esto, pronto le llegará un mensaje como el siguiente:

PATY PRIMOROSA
Y
PAREJAS MEXICO

http://mx.groups. yahoo.com/ group/Club_ Amigos_de_ Paty_Primorosa

TE INVITAMOS A SER PARTE IMPORTANTE DE NUESTRAS YA TAN GUSTADAS TARDEADAS DE MARTES EN DONDE TODOS, LO MENOS QUE SE LLEVAN ES UNA CARA SATISFACCION QUE ES IMPOSIBLE DE DISIMULAR.
NOS CAMBIAMOS DE DOMICILIO DEBIDO A QUE YA NO CABEMOS EN EL DEPARTAMENTO Y QUIENES HAN IDO NO ME DEJARAN MENTIR, ASI QUE POR COMODIDAD Y TAMBIEN MAS SEGURIDAD CAMBIAMOS LA SEDE.
CONFIRMADAS 5 CHICAS PARA ESTE DIA Y POR SUPUESTO YO.

Y UNA SOPRESITA PARA TODOS !!!!!!!!!
TE ESPERAMOS VEN Y CONOCEMOS

LA CITA ES EN:
XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
A LAS:
5:00 PM

COOPERACION
$250.00

PAREJAS Y CHICAS SOLAS
GRATIS
RESERVA TU LUGAR AL NÚMERO

PATY: XXX XX XX XX XXXX
ARMANDO: XXX XX XX XX XXXX
ODETT: XXX XX XX XX XXXX

CUALQUIER DUDA, ACLARACION, COMENTARIO,
O LO QUE QUIERAS,
LLAMAME!!!!

“””” NO CONTESTAMOS MENSAJES DE TEXTO “”””
POR FAVOR LLEVA TUS CONDONES SON ARTICULO DE PRIMERISIMA NECESIDAD

TU AMIGA DE SIEMPRE
PATY PRIMOROSA

El mensaje contiene todos los datos que el asistente necesita para asistir a la reunión. Puede presentarse en el lugar o, si tiene alguna duda, llamar a los teléfonos que se indican en él.

Una vez que se llega al lugar, algún grandulón malencarado le abrirá la puerta y le pedirá la “cooperación”, la cual está bien indicada en el mensaje de correo que previamente le llegó. El interesado, entonces, esperará un rato hasta que lleguen los demás convocados. Para aligerar el tiempo, bien puede ir a darse una ducha al baño, o bien puede servirse un trago en la improvisada cantina que está en alguna de las mesas del lugar. A un tiempo, llegarán las anfitrionas vestidas para la ocasión: negligés, lencería con encaje, baby dolls. Luego de algunos juegos, el invitado tendrá relaciones tantas veces como lo permita su anatomía y su constitución.

En el ambiente de las fiestas sexuales en ocasiones no es tan sencillo diferenciar la línea entre lo puramente recreativo y lo ilegal. En muchos casos, el interés pecuniario de algunas parejas o grupos coincide con la necesidad de explorar su sexualidad de manera libre y diversa. Este fenómeno se muestra en los dos casos que se muestran a continuación.

LA CAPITAL DEL SEXO
El Hotel Senador, en la colonia Doctores, a una cuadra del monumento al lacónico general Cárdenas, es un inmueble construido en los años cincuenta. En sus instalaciones, ya mordisqueadas por la humedad y el descuido, se le notan pretensiones de hostal de gran turismo: alfombras que en su tiempo fueron rojas, paneles de madera, elevadores, barandales de caoba en las escaleras. Está ubicado en una de las zonas con más índice de criminalidad en la ciudad de México. Sin embargo, casi todos los días de la semana —y especialmente los viernes y sábados—, su estacionamiento está repleto de automóviles que van desde el taxi ecológico hasta la SUV Mercedes Benz. La causa de tan variopinta afluencia radica en que el Senador se ha convertido en la sede de por lo menos media docena de grupos que organizan fiestas sexuales.

Esa tarde de diciembre llego a la recepción y por “el cuarto de Grecia”. El empleado me cobra ochenta pesos y me indica un número de habitación. Me recibe un tipo rechoncho con camisa hawaiana y cuyas anchas esclavas hacen juego con el oro de sus molares. Me palmea la espalda mientras me cobra los consabidos doscientos cincuenta. “¡Quiúbo, cabrón! ¿Eres nuevo? Pásale, que ya mero salen las muchachas”.

A sus espaldas, en la otra pieza de la habitación, hay dos mujeres acostadas en la cama. Me ven con desgano. Pienso que la expresión de sus rostros y su actitud es idéntica a la de las sexoservidoras que atienden en las múltiples casas de masajes de los alrededores. Dentro de la otra pieza hay dos hombres más: un joven yuppie de traje gris y un cuarentón de camisa raída y brillantina en el cabello. También se encuentra otro de los anfitriones, vestido casi igual que el que me recibió, sólo que más viejo. Cuando salen las “muchachas”, tengo que reconocer que son mucho más guapas que el promedio de las asistentes a otras fiestas. A cada una le asignan a dos de nosotros; a mi me toca estar con una norteña alta y de senos generosos que gime cuando le beso el cuello. “Pero suavecito, que soy sensible”, me dice cuando le acaricio un pezón y comienza la alegría. Mientras interactúo con ella, tengo que reconocer que Afrodita y Alma son más apasionadas y amigables que las mujeres con las que me he topado en otras reuniones. “Mira… es que una es secretaria de acá de una oficina y la otra creo que trabaja en estudios de mercado, o algo así”, me aclara luego Christian, el hombre que me recibió. “Neta que nomás lo hacen por gusto. Además se ganan una lanita entretanto”.

Charlo un rato con el anfitrión mientras nos recuperamos para el recalentado. Me comenta que colaboraba con otra pareja conocida en el medio, Mayela y Manuel, pero que decidió independizarse. “Es que el pinche Manuel es bien clavado con la lana. Nomás me daba bien poquito, y a las chicas, también. Cien baros nomás”.

Me comenta que su esposa quería asistir, sólo que motivos mensuales se lo impidieron. “Ayer que me enseña la bandera roja, may. Así mejor ni moverle. Si vienes la próxima semana te la presento para que estés con ella”.

“Interactuar”, “servicio”, “privado”, “chicas”. Es notable lo parecidos que son los códigos de las fiestas y los de la prostitución establecida. Sin embargo, cuando se lo hago ver, Christian me replica con énfasis. “¡No! ¿Cómo crees? Si nuestra tirada es nomás crear un grupo de amigos, así íntimo, y hacer reuniones. Esto lo hago por mi esposa, [pues] a ella le gusta mucho este desmadre”.

Veo a Cristian y finjo estar de acuerdo con él. No sabe que he hablado anteriormente con Manuel, su ex socio, y que he tomado nota de lo similares que son las justificaciones de ambos: “A ella le gusta. Sólo somos un grupo de amigos”. Me pregunto si cualquiera de los dos consideraría amigos a quienes se nieguen a pagar la tarifa establecida para gastos de recuperación.

En ese momento, desvío la mirada y me topo con Alma. Su cuerpo, de 1.50 de estatura, parece moldeado por algún dios alfarero; su piel brilla por el sudor y sus labios vaginales tienen la apariencia de dátiles recién cosechados. Me sonríe.

Doy por concluida la entrevista con Cristian.

MI ESPOSA ES MI NEGOCIO
Mayela decide darse un baño frente a mí. Deja la puerta de la regadera abierta para que pueda admirarle el menudo cuerpo, aún firme y sin marcas de maternidad a pesar de sus dos partos. El vapor comienza a llenar la habitación. Le pregunto si no le molesta que el agua esté tan caliente y ella lo niega con un movimiento de cabeza. Se lava con un estropajo de guaje, tallándose la epidermis hasta enrojecérsela. Se enjuaga la espalda y queda de frente a mí. Puedo verle las dos serpientes que le nacen en el ombligo para enroscársele en las piernas y que están dibujadas con esos trazos verdosos e irregulares que son tan característicos de los tatuajes de prisión.

“Manuel y yo tenemos dos hijos”, me comenta al tiempo que sale de la ducha. Lleva una toalla del hotel en la cabeza y el cuerpo desnudo a pesar de que su marido se encuentra a pocos pasos. “El mayor ya tiene casi quince ¡Ya me pasó de estatura!”. Se coloca frente al espejo para secarse los pies, haciendo que sus bonitas nalgas queden a pocos centímetros de mi nariz. Me dan ganas de acariciarlas otra vez, bajarme el cierre y penetrarla y así, darle otra excusa para ducharse nuevamente, pero me contengo. “Llevamos quince años de casados”, continúa. “Jamás hemos tenido ningún problema serio como pareja”. Mayela me ve desde el espejo y sonríe, pícara. Sabe que me ha puesto en un predicamento. A pesar de que acabo de hacerle el amor, su desenfado me sigue excitando. Se ríe. “Si no tuviéramos que irnos ya, me echaba un privado contigo”.

“Privado”, ese vocablo sólo he escuchado en las bocas de teiboleras y masajistas. Es raro escucharlo en una mujer que afirma organizar fiestas sexuales por gusto. Sin embargo, al platicarme la rutina de sus últimos dos días, comienzo a dudar seriamente que ella y Manuel lo hagan sólo por gusto. Mayela y Manuel llegaron al Senador aproximadamente a las cuatro de la tarde del día anterior. En la habitación ya los esperaban cinco caballeros que habían contactado previamente vía correo electrónico. Luego llegarían cuatro más. Una vez que estuvieron todos reunidos, Mayela y otra chica (cuya identidad me reservo), tuvieron sexo con los nueve invitados hasta la hora de la cena.

Una vez que acabó este primer evento, Mayela, Manuel y Ulises, un amigo de la pareja, comienzan a ordenar la habitación: tienden la cama, esparcen aromatizante y habilitan el lavabo con botellas de tequila, refrescos y vasos desechables. Se apresuran, pues a las diez de la noche inicia el segundo evento del día: una fiesta swinger. Comienzan a llegar parejas de todas las edades, hombres solos y una o dos mujeres sin compañía. Luego de un rato, cuando ya se juntó una buena concurrencia, Manuel organiza una actividad que no es sino una variante del juego de las sillas en versión de adultos. Los hombres, desnudos, se sientan en diversos puntos de la habitación mientras las mujeres asistentes, en ropa interior, hacen una ronda al ritmo de la música. Cuando esta se interrumpe, cada una de ellas se sentará encima de uno de los asientos humanos. Pronto, los ánimos se caldean, inician las caricias, los besos furtivos, las manos por debajo de la tanga.

El juego llega a su fin y aparece un stripper que se comienza a contonear frente a las damas. Ellas, ya excitadas, lo acarician mientras él se mueve al ritmo de reggaetón. Finalmente una cincuentona, de cabello recogido, le baja la tanga y le pesca el miembro con la boca.

Todas las demás siguen su ejemplo con el primer hombre que tienen a mano. En pocos minutos, las dos camas de la habitación son un hervidero de manos, nalgas, senos, penes, pies y pelambres. Mayela, quien ha participado en los juegos bajo la mirada complaciente de su marido, es atendida por tres individuos en un sillón. Manuel se recrea un poco la mirada, luego se desnuda y se une a un trío cercano.

“Me da gusto que hayas venido hoy”, me dice Mayela mientras se viste. Al lado se encuentran las ropas que utilizó en la reunión de la noche anterior: un disfraz de catwoman hecho de plástico y un baby doll de encaje. Ve el reloj y se apresura.

El segundo evento de Mayela y Manuel terminó ya entrada la madrugada. Una vez que el último invitado se fue, se dispusieron a dormir unas cuantas horas. Debían descansar, en especial ella, pues a las diez de la mañana habían citado a otro grupo de amigos. Luego me explicaría Manuel que “a Maye se le antojó un ganbang mañanero”.

Esa mañana de sábado estuvimos cuatro hombres con Maye: Manuel, Ulises, un invitado vía internet, y yo. Ella nos atendió sin quitarse el baby doll, recibiendo nuestros miembros alternadamente. Mientras uno la penetraba por atrás, otro le colocaba el pene entre las manos al tiempo que Manuel le dejaba el suyo al alcance de la boca. En tanto, el cuarto —impaciente por participar—, se masturbaba al lado para no perder la erección. Para ese momento, Mayela había recibido un promedio de entre quince y veinte miembros en menos de veinticuatro horas, la mayoría de perfectos desconocidos. Aún así, la amable mujer seguía moviendo sus afanosas caderas sin mostrar cansancio.

“¿Vas a venir la semana que entra?”, me pregunta Mayela, ya perfectamente vestida con una blusa de algodón y unos jeans que la hacen ver como cualquier ama de casa clasemediera. Al verla, nadie se podría imaginar lo agitado de sus horas anteriores. “Nosotros ya nos vamos: tenemos que llevar a los niños a pasear”, me comenta con algo de fastidio. “¿No te has cansado?”, le pregunto. “Sí, pero… ¿Qué le podemos hacer? Hay que atenderlos también”. Me da un beso en la mejilla que siento sincero y va a encontrarse con su marido al estacionamiento.

CONCLUSIÓN. EL LENOCINIO LIGHT
Ciertos grupos que organizan fiestas de carácter sexual navegan por el filo de la ilegalidad. A pesar de que, en los casos expuestos, la participación de las mujeres se da sin coerción aparente y con pleno consentimiento, el código penal del distrito federal estipula que cae en el lenocinio quien:

I. Habitual u ocasionalmente explote el cuerpo de una persona u obtenga de ella un beneficio por medio del comercio sexual.
II. Induzca a una persona para que comercie sexualmente con su cuerpo con otra o le facilite los medio para que se prostituya, o
III. Regenteé, sostenga o administre prostíbulos, casas de cita o lugares de concurrencia dedicados a explotar la prostitución, u obtenga cualquier beneficio con sus productos.

Tomando de manera literal la letra de la ley, se llega a la conclusión que los organizadores de dichas fiestas incurren en este delito, arriesgándose a una pena de entre dos y cinco años de cárcel. Sin embargo, debido a las características de los grupos que organizan dichas reuniones, es difícil aplicar las sanciones correspondientes. La frontera entre las prácticas sexuales libres y la abierta comisión del delito sigue siendo muy difusa. Será necesario, entonces, una revisión del marco legal y una escrupulosa vigilancia hacia quienes generan los edenes sexuales en la Ciudad de México, esto con el fin de que no se caiga en delitos más dañinos tales como la prostitución de menores o el lenocinio abiertamente forzado.
Solo así, el paraíso seguirá siéndolo.

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