UCRONÍA DE UNA ABDUCCIÓN EN EL ZÓCALO

Ramón sudaba agriamente, las axilas le picaban presa de sus catapultados nervios inflamados mientras estaba formado en la interminable y castigosa fila, bajo la sombra del asta bandera. Sollozante y cabizbajo, miraba el sol turbio desde la gruesa plancha del Zócalo. Puro polvo de orines y olor a perro muerto naufragando entre dos nadas de planchas de concreto prieto y duro como la desollada dentellada de la cacariza realidad. Vendedores endiablados, hombres de cara rancia y cansada, todos ojerosos e hinchados deambulaban de un lado a otro con un ánima de escándalo y verbena lépera y relajienta.

Ramón había estado vendiendo cables en la mañana, el negocio se estaba cayendo de a poco; claro que habían tiempos mejores que recordar, pero la crisis económica y la malvada ley contra los pobres y su morra no lo dejaban en paz, y ahora hasta se había puesto panzona la muy rezongona, y él nomás haciéndose bolita y ladrando pa’ dentro. Yo pa’ qué quiero un hijo ahorita, cómo se te ocurre mensa, tenías que ser una escuincla de esas lobas, nomás de acosadora ahí atrás de mí sin soltarme. ¡Mira nada más, ahora me quieres fregar con un chamaco! ¿En qué habíamos quedado eh? A ver, dime tú, ¿en qué quedamos? ¡Vete con tu domingo siete allá con tus papás! ¡Allá que te aguanten ellos que te trajeron a jorobarme a este mundo cochino! ¡Tan bonito que nos la estábamos pasando y ahora, ya valió! ¡Y que conste que es por tu culpa, eh! ¡Cómo se te ocurre! Yo ya te había dicho que a mí no le ibas a aplicar, ¿sí o no te dije, eh?… yo ya te había dicho lo que pasó con la China y no, le dije que no, así de plano le dije y no pudo, nomás no pudo enjaretarme al chamaco. Yo soy libre, no estoy listo, me voy cuando quiera, aquí nada me retiene mi chava. Mientras esto oía, la noviecita, del coraje nomás lo veía con unos ojos rojos furiosos y le decía vas a ver cabrón… ¡chinga tu madre ojete! Luego se ponía a llorar quedito, sorbiéndose los mocos como en ayuno del alma. Ramón contestaba orondo con su silencio burlón y meneaba triunfante y rítmico sus enormes caderas. Jajajajajaja, decía Ramón. Y ahora se acuerda que hace un año, cuando la cosa andaba mejor, hasta se había comprado una guitarrita y se dijo: “Qué bárbaro… esos que toman la decisión de vivir tan anchamente”, y de esa manera, se distanciaba con vulgaridad de toda asunción coherente y concreta de lo que transcurre.

Ramón permanecía callado la mayor parte del tiempo, odiando a todo mundo y haciendo pausas innecesarias entre cada lamento de frase que espetaba, como si de gargajos sanguinolentos se tratase. ¡Ash! Ya no voy a pensar en eso, ya no voy a pensar, pura mamada alien sale de esta cabeza decadente, ¿tú qué crees? Tú eres mejor que yo, ¿o nooo? Ándale, dime cómo le hago mi chava. Y ella, la noviecita, con los pies hinchados bajo las tiricientas piernas de bulimista, se le quedaba viendo con asco y fastidio. Cada vez eres más idiota, más idiota que la primera y la última vez, vete al chingado diablo mamón. Y ahí terminaba la discusión y empezaba la caterva de falacias histéricas lanzadas por Ramón, el futbolista crispado, el padre omiso a conciencia, el amante de brevísima pasión, que ahora estaba formado en filita guareciéndose del sol bajo la sombra del lábaro patrio, esperando para presenciar el concierto más sonado del año: Soni Yuk en el baño gigante de la HHH Plaza de la Constitución de la Ciudad de Mexihtli, cuna de Huitzilopochtli. Para engomar más la cosa, se prometía desde hacía semanas la presencia del erudito Jaime Maussan, quien, según se decía, haría declaraciones evangélicas que cambiarían el curso de la historia. Pus a ver, se decía Ramón escéptico.

La plancha del Zócalo estaba abarrotada de pobladores de todas las formas y tocados, viejitos raboverdes y curtidos obreros de ojos amarillosos de siniestro fulgor, vendedores y señoras de enormes chichis que les llegaban hasta el nacimiento del ombligo, policías hechos de gravillas marranas con su miseria bien uniformada, niños de panza tlipuda y hormonales ninis malabaristas, intelectontos snob y algunos extranjerillos de piernas elefantiásicas y pecosas, con la cara coloreada al vivo carmesí como si fueran camarones añejos. Alegre el ambiente, alegre la gente y que chingue a su mami el que no se ría, pensaba Ramón complacido. Ahí yacía el populus, adorado por la socarrona veleidad de esta ciudad obscena y adelantada a su tiempo, vuelta un catálogo de ideas fijas y humor involuntario.

Mientras el sol enjundioso curtía encanijado a los asistentes entusiasmáticos y bendecía sarcásticamente a los que a la sombra de la bandera se guarecían junto con toda la chamacada vuelta un coro de feos bebés renacentistas, Ramón, sin atinar a decir nada de nada y sufriendo en ese preciso instante una implosión obscena que le ascendió por el esófago hasta salir expulsada hacia los aires por vía de unos fagocitados rastros de inmundicia dantesca, tuvo una sensación: sintió que alguien, desde una lejanía primordial, lo estaba mirando punzonamente como quien dice y en eso, como si un sortilegio de imán obrara sobre sus dilatadas pupilas, sin poder resistir ante tan intenso llamado, volteó en dirección al Creador sin alcanzar a entender lo que allá arriba veía.

Entre la sangre acumulada en sus retinas resecas bajo los efectos de un innato rigor mortis, vislumbró… ¿será? ¡Sí, ay güey, ay cabrón, sí son! ¡Oh milagro, ad misericordiam! Vio unos blancos objetos, rutilantes platillos llameantes aposentados entre las tremendas nubosidades de lluvia, suspensos monumentalmente sobre el paraíso de la tarde citadina, sobre el Zócalo de la Ciudad de México. ¿Será sueño? ¿De verdad han llegado por mí? ¿Tenía razón mi madre con sus cartas astrales y sus cursos de Metafísica 1, 2 y 3 de Cony Méndez, con todo su cuenterío sobre Blavatskis, yug yoguistas, Maussanes y gordos que vencen con su inherente voluntad fantasmas chocarreros a fuerza de alaridos de opereta? Ramón, en la subyugante soledad de su pensar ontologizante, no alcanzó a maldecir siquiera algo que pareciera una respuesta cuerda ante el mensaje inalterable y omnipotente que veía descansar en el cielo. ¿Alguien más lo ha visto? Creo que no. ¡Bendito Dios! Y su noviecita no estaba para verlo con él, se había alejado prefiriendo formarse en la parte trasera de la fila (donde se había encontrado con una amiguita). Y Ramón, que a sus 35 años, tenía por vía de aquellos siniestros y blancos visitantes un regreso a edades preternaturales jamás visitadas por bufón alguno, tuvo una revelación; se fajó bien la camisa bajo la enorme barriga y sin chistar, inspirado, se dirigió al final de la fila en busca de la noviecita, que con sus mejillas hundidas lo saludó con una sonrisa amarilla y burocrática y no tuvo siquiera tiempo de esquivar el gordo golpe que el macilento Ramón le conectó en pleno buche mordelón. ¡Ándale culera, pa que veas que tenía razón! ¡Puño pa’ que arda! Jajajajajajaja…

Certeramente pantagruélico fue aquel golpe cobardemente lanzado contra la indefensa calavera de la chiquilla encinta, que se bamboleó por los aires ante la mirada horrorizada de la amiga, que no hizo otra cosa que tragarse un grito como de rata lastimada por la caída barroca de un terror sin forma sobre sus espaldas. Sobra decir que una breve turbamulta, tras presenciar la acometida, se dirigía ya a darle merecido ajusticiamiento al traslúcido Ramón, que cual Pípila se disponía a soportar el castigo de aquellos filisteos con un estoicismo de asceta.

Sumido en la imagen totalizadora del espectáculo festinado por vía de su puño tiñoso, regresando en un vertiginoso viaje a la semilla hacia un estado de total inmersión en la nada (habiendo incluso creído destruir de un solo golpe las exigencias sociales encarnadas en la mandíbula tiesa de su noviecita linda), Ramón sintió que de repente algo le jalaba por el cuero de la espalda y lo elevaba por los aires entre miles de agujas de colores, arrancándolo de las tiesas garras de los encolerizados diablos prietos que ya buscaban desmembrarlo frente a Palacio Nacional. Y he aquí que el pueblo, horrorizado ante aquella visión bíblica, impotente y sin la carne del energúmeno compatriota entre sus manos vengadoras, viéndolo elevarse sin dignidad hacia los confines del tiempo/espacio, en pos de los serenos visitantes estelares en los que ahora reparaban, lanzó grandes alaridos de espanto que se dejaron sentir en pronta elevación por los aires. Todos señalaban en dirección de los cielos grisáceos apuntando hacia la flotilla de objetos voladores que suspendidos, miraban el entero mapa del mundo desde una lejanía cinematográfica y estetizada a la francesa. Ramón incluso sintió en su vuelo que los alaridos acariciaban sus pies con una dulce musiquilla cosquilleante que se le metía por los poros.

En el suelo, muy abajo, sin percatarse de nada, la noviecita lloraba quedamente, como siempre, ciega ante la visión de su Adán sifilítico que se elevaba descalzo en dirección del reino de los magullados y le dirigía ahora una mirada retadora como diciendo ora sí cabrona, aquí tienes a tu creador desnudo, de cara al sol, llevando su evangelio ahí donde nadie lo conoce, donde todo es polvo de estrellas, reino de nadie, hecho a la medida de hombres torvos y tarados que despreciamos nuestro pasado y nuestra estirpe futura; vemos sin miramiento nuestro atroz rebaño de cachorros destrozados, lamemos su desgracia y nos reventamos las entendederas a fuerza de masturbarnos con futilidades ígneas y delirantes, y luego, sin pena, incluso diligentes, cavamos cráteres tallados en vetusto estiércol y fundamos monasterios donde ritualizar el oprobio y la depravación. ¡Ay de mí! ¡Pobre desgraciado! A ti, a ustedes, entrego pues estas sempiternas palabras como testamento compartido de obras inicuas, han de cargarlo de ahora en más porque yo ya me voy y no volveré nunca más a estas tierras donde nadie me requiere, ¡adiós mundo cruel!
Mientras la obesa escultura se elevaba hasta perderse entre los cielos como si de un globo a la deriva se tratase, absorbido por el fulgor de luces nítricas emitidas por las naves interestelares, la golpeada Filomena (que así se llamaba la novia de Ramón), se había sentado a descansar en la sombrita con el labio floreado, viendo como la gente tomaba fotos del acontecimiento aquel y pelaba los ojos queriendo ver más allá de lo evidente. El maremágnum de voces y cuerpos era imparable. ¡Santo!, gritaban unos, ¡ay Díos mío qué pedo!, se oía decir a otros, ¡milagro!, ¡fin del mundo!, ¡arrepiéntanse cabrones!, ¡aguanten cumbia ñeros que me quiero bajar!, ¡ora sí ya valió madres! Mientras tanto Filomena, sorda y cansada ante aquella pléyade de insensateces delirantes, miró al cielo alcanzando a ver por última vez las patas hinchadas del tremendo Ramón, y con sorna, sin mover apenas los labios, musitó un delicado “pinche pendejo” que, perdiéndose entre la turbamulta tremendista y grasosa, selló con su leve verdad aquella estampa del renacimiento tercermundista, la tarde en que los aliens se llevaron a Ramón.

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  1. DVP
    May 20, 2015 - 01:53 PM

    Alucinante prosa y exuberante imaginación que van de estampas hiperrealistas a montajes fantásticos. Una maravilla.

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  2. Adriana T.
    May 20, 2015 - 02:42 PM

    ¡Me gusto muchísimo! Felicidades al autor y a Metrópoli Ficción.

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  3. memootero
    May 21, 2015 - 09:11 PM

    Me gustó bastante, sigues teniendo esa esencia caracteristica de antaño al redactar, un abrazo master y felicidades

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  4. Jaime Ortega
    May 09, 2017 - 09:20 AM

    Muy buena narración. Ojalá sigan publicando más textos de este tipo. Saludos!

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