GENERACIÓN DE LA NOSTALGIA

Haber crecido en la calle de República de Salvador, en el Centro Histórico, convertía a los hermanos Rosana y Pablo en un par de vagabundos, errantes y propietarios de toda la Ciudad de México de aquellos atribulados años de la década de los sesenta. Esa niñez fue un recorrido que culminó en la desaparición de un México un tanto romántico, mustio y simulador como todo el entramado social de entonces, y menos cínico que el de ahora.

Entre tanto, en aquellos años, en esa calle tan céntrica, aún se caminaba y se podía jugar futbol en el arroyo por donde transitaban los autos y el tranvía. Durante los domingos no pasaba un alma. Era 1967.

Sobre la calle de Cinco de Febrero, pegadito a la Farmacia París, había una mueblería, —hoy venden artículos para adelgazar, engordar y fajarse,— en la que se exhibían televisores Magnavox, Majestic, Punto Azul y otras marcas que han desaparecido del mercado y en cuyas pantallas destellaban, en ese plateado blanco y negro, unas imágenes sorprendentes, parecidas a las de los sueños. Lo más bonito de los televisores de entonces eran los muebles en los que esos aparatos venían empotrados: de madera laqueada, o cubierta con brillante poliéster que les daba un acabado terso y fino, con bocinas embocadas en tela dorada y con remates preciosistas. En esos años, no todas las familias podían poseer un televisor, era un lujo y estaba en su proceso inicial de apoderarse de las atenciones, mentes y decisiones de la ávida audiencia capitalina (con mucho de provinciana y pueblerina).

En República del Salvador, antes de llegar a la calle 20 de Noviembre, existían una paragüería y una armería que bajaban su cortinas de dos a cuatro de la tarde, para comer. Hoy, el bullicio, el deambular de peatones, informales y las tiendas de compre-todo-muy-barato, hacen que ningún comerciante establecido se permita el lujo de dejarle el mercado libre a sus competidores, leales y desleales: hierve de gente y el ruido de anunciantes vocingleros acaba por aturdir.

En la esquina sur de esa intersección, en aquellos años previos a las olimpiadas y la matanza estudiantil, existía un kiosco redondo de periódicos y revistas, como en otras capitales del mundo, coronado con un techo rojo con lamparilla, como de carrusel. Los hermanos Rosana y Pablo estudiaban en la tarde y corrían desde la calle de Regina y Pino Suárez, donde se hallaba la escuela primaria “Erasmo Castellanos Quinto” —¿quién era ese señor?—, hasta la mueblería donde se exhibían las televisiones, se sentaban un rato, y se abstraían con la mágica pantalla que gratuita y mercadológicamente se mantenía encendida para convencer a los transeúntes de hipotecar su salario para adquir una.

Cuando los chiquillos se quedaban pasmados ahí, pasado el tiempo prudente para llegar a casa, su madre iba por ellos a sabiendas que los hallaría ahí, “perdiendo el tiempo” e “idiotizándose”.

No fue sino hasta 1968 que la madre decidió que tendrían ese aparato, pero sólo si se portaban bien, ayudaban en los quehaceres de la casa y si habían concluido sus tareas escolares. De ser así, podrían verla a partir de las 7 de la noche.

Como por esos años la televisión apenas comenzaba a hacerse popular (en los años de su lanzamiento fueron sólo las familias más adineradas, unas treinta, las que adquirieron una), a partir de 1950 sólo hubo un canal comercial donde se transmitían programas muy aburridos: conciertos, discursos y lucha libre. Al año siguiente, el primer programa que se había visto por el Canal 2, y que para los chiquillos “era cosa del pasado”, fue un partido de beisbol.

Los pequeños ya sabían que el dueño de la “tele” era del dueño de la W, que a fines de los sesenta seguía siendo la estación o cadena de estaciones de radio más importante de Latinoamérica. Ahí oían, por las noches, “El Risámetro”, programa de chistes que patrocinaba la fábrica de pan “sin gracia” —como decía la madre de Pablito y Rosana— Bimbo. Cuando comenzaba “La hora nacional”, era la hora de irse a dormir.

La generación que vivió esa metamorfosis se ha convertido en nostálgica, añora el programa del “Dr. IQ” que interrogaba a los asistentes sobre datos de cultura general y los dotaba con premios que abonaban a la canasta hogareña, y hacía las delicias de los patrocinadores que así se posicionaron sus productos en el gusto de las amas de casa: Knorr Suiza, o el detergente, con su comercial cantadito: “Siga los tres movimientos de Fab: remoje, exprima y tienda”, falaz publicidad que le costó a Rosanita que más de una vez su madre la regresara a tallar su uniforme y calcetas sobre la piedra del lavadero.

Esa familia, como muchas otras, vivía todas sus actividades en dos o tres habitaciones arrinconadas en los muchos edificios coloniales del centro. Y así, los hermanos fingían dormir mientras su madre cosía, sentada al pie de la cama, mientras escuchaba “La hora de los aficionados”, y se moría de risa cuando algún concursante aspirante a la fama, desafinaba y sonaba la cruel campana que echaba sus sueños por tierra.

Durante las mañanas, las acompañantes en las tareas domésticas de mujeres y niños que se quedaban en el hogar mientras el hombre de la casa iba a buscar “el pan nuestro de cada día”, eran las radionovelas: por las mañanas en RCN, “Una flor en el pantano” y “Kalimán”; por las noches en la W, “Chucho el Roto” o “Porfirio Cadena, el ojo de vidrio”.

La madre de los jóvenes decía que con la voz de Ignacio López Tarso y de Arturo de Córdova se había enamorado, y los imaginó apuestísimos, gallardos y galantes. Cuando los vio en el cine y los reconoció se decepcionó.

El tiempo del radio era un tiempo de escuchar, de convivir, de asentir con la cabeza, de mirar al acompañante, a toda la familia que, bien o mal, tenía unas ligas más profundas, más intensas, con menos prisa. Ah. El radio.

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