LA HABANA PARA UN SOBREVIVIENTE

No recuerdo cuándo entré por primera vez en mi vida al Café La Habana, pero fue antes de que me trasladara, con mi familia, a vivir a la Ciudad de México. En uno de esos viajes fugaces y esporádicos a la capital, hace unos veinticinco años, tal vez más, llegué ahí con mi amigo, el poeta Alfredo García Valdés, o con mi paisano Cirilo Recio, quien entonces laboraba en el desaparecido periódico El Nacional.

Por ellos tuve las primeras noticias sobre ese famoso lugar. Por ellos supe que Fidel Castro y el Che Guevara eran clientes asiduos, cuando vivían en México, y que fue en esas mesas, en esa barra, donde ambos planearon la revolución cubana, entre una taza de café y otra, entre un puro y otro. Más tarde, me enteraría de que ese café también fue centro de reunión, a mediados de los 70, de los poetas infrarrealistas, el famoso novelista chileno Roberto Bolaño y el poeta mexicano Santiago Papasquiaro, convertido ahora en todo un mito. Quizá también los acompañó en esas tertulias interminables mi amigo chihuahuense, el poeta José Vicente Anaya.

Esta mañana de miércoles voy al centro, y luego de hacer lo que tengo que hacer me dirijo al Café La Habana. Cuando uno entra a ese lugar, inevitablemente se traslada a otra época, aunque a través de los amplios ventanales pueda verse el tráfico vehicular y humano de estos primeros años del siglo XXI, según pasa atropelladamente por la esquina de Morelos y Bucareli. Un café que conserva su pátina antigua, su atmósfera de tiempos idos, como otros que uno puede encontrar en el centro. Por ejemplo, el café La Blanca, que está por 5 de mayo.

Una placa a la entrada indica que el café fue fundado en 1952, y que, a lo largo de los años, ha sido visitado, entre otras personalidades, por Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Jesús Martínez “Palillo” y Renato Leduc. Me siento en una de las mesas y observo, meditabundo, a los demás parroquianos. Aunque predominan los clientes jóvenes o más o menos jóvenes, no faltan las mesas de viejitos con cara de estar componiendo el mundo y criticando al gobierno durante años y años, apoltronados en esas mismas mesas. Se sabe que La Habana, desde siempre, ha sido refugio lo mismo de burócratas y oficinistas, que de periodistas, reporteros y fotógrafos. Muy cerca se halla la Secretaría de Gobernación. También están muy cerca el periódico Milenio, el Excélsior y El Universal. Tal vez influido por ello, a muchos parroquianos les veo facha de periodistas, de intelectuales de café. Hay varias laptops en acción. Otros platican en voz baja y con los rostros muy juntos como si estuvieran maquinando algo, tal vez una revolución. Pero es imposible no mirar las fotografías que se exhiben en las paredes, en formato grande –muy grande– de un mundo que se fue para siempre, aunque aún queden vestigios: la Ciudad de México de hace muchos años –“ciudad de la nostalgia”, dice arriba–, Washington, un coche de los cuarenta… Fotos viejas, en sepia. Cuando voy a los sanitarios, me topo con otra foto no menos emblemática: unos jovencísimos Fidel Castro y Ernesto, el Che Guevara, caminando con otros camaradas por el centro de la ciudad de La Habana: la revolución había triunfado, empezaba una nueva era.

Burócratas, analistas políticos, caricaturistas, reporteros, escritores… ¡Cuánta gente no se habrá sentado horas y horas en torno a esas mesas cuadradas y sólidas, en esas sillas de madera con asiento de material plástico, imitación mimbre! Llevo conmigo el periódico del día, que leo a trompicones, y un libro de cuentos: Técnicas de iluminación, del madrileño Eloy Tizón… El primer dueño de La Habana fue justamente un español al que llamaban Centauro, por su elevada estatura; al café solían asistir también exiliados españoles, que tuvieron que abandonar su patria durante la Guerra Civil. En uno de los cuentos de Tizón, leo: “No hay vestidores que permitan salirse del presente y corregir los errores del pasado, ay”. Y pienso que Paz y el Gabo y Leduc y Bolaño ya están muertos, ay. Y el Che ya está muerto, ay. Sólo queda vivo, aunque alejado de los reflectores, Fidel Castro, porque ese nunca se va a morir.

El café está abierto todo el día, y uno puede desayunar las típicas banderillas con café, o unos chilaquiles o unas muy sabrosas enchiladas. Para la comida y la cena, el menú es muy variado y los precios accesibles. Alguien, por ahí, recomienda pedir la arrachera. Buena y generosa cocina, qué duda cabe, pero, desde luego, lo verdaderamente característico del lugar es el café, en todas sus modalidades. Yo pedí, al filo del mediodía, un café “La Habana”, y me trajeron una taza de leche humeante y, en un pequeño recipiente de aluminio, café concentrado.

Luego de terminar de leer el cuento de Tizón, miro hacia el mostrador. En los estantes, hay saquitos de café en grano muy bien acomodados: americano, express, cubano, turco, con azúcar… Cuando iba a La Habana con Alfredo y Cirilo, pedíamos café americano, y nos lo traían tan cargado que, al salir, unas dos o tres horas después, nos sentíamos intoxicados, casi ebrios. Y eufóricos. Como si hubiéramos consumido alguna droga de efectos alucinantes.

Dejé de visitar ese café porque me quedaba algo lejos de casa, pero volví cuando dos amigos y yo empezamos a reunirnos ahí, una vez a la semana, para tallerear nuestros textos. Ahí, en una mesa del ala derecha, según se entra, leí a mis indulgentes amigos los primeros capítulos de la novela que más tarde me publicaría la editorial Planeta: Las lágrimas del Centauro… Curioso que Pancho Villa, mi personaje, haya tenido como sobrenombre el mismo del primer dueño de La Habana. ¿Mera coincidencia?

Entre el periódico y el libro de cuentos de Tizón, y el montón de recuerdos, se me fue el tiempo, y cuando me doy cuenta son las dos de la tarde y los clientes ya no son todos los mismos: aunque algunos siguen en sus sillas, y no parece que se vayan a marchar hasta que cierren el local, han llegado otros, que se disponen a comer o que ya están comiendo. Pido mi cuenta, pago, y salgo a la luz luminosa de este soleado miércoles de enero. Qué lástima que La Habana no esté cerca de mi casa, pienso, mientras camino hacia el metro. Pero no, La Habana no está cerca de mi casa, el taller literario lo dimos por concluido hace tiempo, mis paisanos Alfredo y Cirilo regresaron a Saltillo, y yo suelo reunirme con otros amigos en otros lugares, pero no en La Habana, no en ese nostálgico y embriagante café, ay.

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