EL CÍRCULO DE LA ANGUSTIA URBANA

“Caca, Tulio, caca: digamos las cosas como son”
–Juan Carlos Bodoque a Tulio Triviño

El ser humano por naturaleza (o in-natura) busca romper cueste lo que cueste, de costa a costa, los límites que apenas conoce; antes fue una Torre de Babel, hoy un acelerador de partículas con el que se pretende emular la Gran Explosión. En México, por ejemplo, primero fue la Torre Latinoamericana, luego la de Reforma que estará lista en 2015. Quien recuerde Annie Hall (1977), entenderá que si el Big Bang es cierto, entonces el universo se expande, y si se expande algún día estallará de nuevo. Esa misma angustia redirigida por Woody Allen, termina por reflejarse en la pequeña ciudad de Manhattan con una detonación de un explosivo de verdad, digamos, en Central Park; o en México (siempre México) el mismo sentimiento: la angustia de que nos cague una paloma en el Bosque de Chapultepec. Sin embargo, ojalá sólo se tratara de una ajena y natural digestión de alimentos (o de chatarra), ya que hoy, seamos sinceros, hasta nos puede explotar un pato; si acaso explota a lo lejos, corremos riesgo de lanzarnos al peor designio del lago de Chapultepec, al que sólo le hace falta un viejo alegre que haga de Caronte.

Este moderno Caronte también, para abordarlo, cobra con monedas de actual usanza. Engañoso, hace relevos con otro viejo que se parece a él y que, curiosamente, olvida hacer recorridos completos por el lugar, pero no olvida nunca cobrarle a la gente. Él dice que la gente se pasa de viva, que por eso lo hace. Admirando su cabellera y su barba hirsuta, pienso en Jesucristo: ambos nos mandan al infierno. Pero cuando llega el relevo encarnado en el otro viejito lampiño, me quitan al primer Caronte y al Cristo que apenas me figuraba.

La rauda pérdida de seres me hace sospechar que Cristo no murió en la cruz, si no que fue alguien más, convencido por El Divino, de sustituirlo en su última carrera pública: la crucifixión en el Gólgota. De eso se trata nuestro contexto histórico-social-futbolero, no de trabajar de barquero (garbo al Orco), sino de factores como el desconcierto, el miedo de cumplir el destino de un dios, la insensibilidad de sus mandatos, una desconfianza natural y, sobre todo, angustia. Todo esto echado de una vez haría naufragar a la barca, pero aun sin abordar la barquilla las situaciones angustiosas condicionan nuestra manera de andar en el corazón del tiempo urbano: con rapidez.

La preocupación por la caca es quizá un ejemplo burdo (por eso dispense la palabra y su reminiscencia), pero es la única manera de situarlo, lector inmaculado, sobre el mapa de mi trabajo. Siendo así, y acaba la cena, comprenderá el otro ejemplo que lo sustituye: el de los patos que le tiran a las escopetas. Si también lo entiende y se angustia por eso, entonces trato con un lector frívolamente existencialista que sucumbe en la plena época (otra vez) del desfogue corporal (donde el cuerpo hace lo que el espíritu esconde). Cuando este inconveniente existencialista (lector que ya abandonó la lectura –y no por lo del cuerpo–) esté a punto de morir por las cuatro paredes de su cuarto, habrá lamentado una cosa más: no haber salido nunca.

“Muchachos, ya no hay tiempo para el existencialismo”, dijo así un filosofastro. Parece que ya no hay tiempo para aislarse y explorar el aforismo socrático. La falta de introspección, del autoconocimiento, nos hace perder el equilibro; perdemos poco a poco la historicidad rápidamente, al grado de tener que falsear hechos personales para convencer a una muchacha, en medio de una fiesta, de que pase lo que pase no nos enamoraremos de ella.

Las hormigas trabajan todo el tiempo y mueren anónimas hasta lo infinito: ése es su sentido de vida; las orugas deben soportar las tempestades de la tierra para luego verse como una mariposa que en promedio sólo viven menos de lo que merecen: ése es su sentido de vida; los artesanos de México deben hacer fieles figuritas de barro donde se representan a sí mismos, para luego venderlas a un precio mediocre porque siempre hay un fastidioso regateador: ése, de verdad, no sabemos si es el sentido de la vida.

La historia (desde la perspectiva burguesa) se nos escurre de las manos. Pero si la historia absuelve, diría Cabrera Infante, la geografía condena. Aceptamos los tratados de libre comercio y alimentamos nuestra globalización. De pronto en una avenida de la capital vemos que ya no hay necesidad de viajar a Estados Unidos para sentirnos en tierra del american way of life: hay establecimientos de comida rápida a discreción y cientos de anuncios en spanglish. Lo que México nos devolvió fueron empleos en esos establecimientos, e incluso en los super-center precios bajos; lo que no nos dijeron es que iba a ser como el extranjero dijera y que manosearían nuestra esperanza sobre el modelo de una democracia burocratizada, repartida.

Ante todo, nuestra naturaleza urbana es la velocidad, muy a pesar de que, en Chapultepec, la barquilla de Caronte ondule diferente. La presión de afuera nos impide hacernos los pensadores y es la presión del Otro (con su estómago en nuestra cara) que dobla nuestras templanzas. A la falsa tautología del “mientras más pronto, mejor”, Gandhi responde que “hay algo más importante en la vida que acelerarla”. En las ciudades transitan las personas de arriba para abajo, o hacia los lados también, acordonados en el transporte público donde todos chocan pero nadie, casi nadie, parece mirarse cuando llevan prisa.

Aceptar las frustraciones de otros (desde la perspectiva del peatón) es correr para que los coches pasen sin problemas. Ahí está el detalle. En las taquerías de la capital de Colima: los meseros piensan, o son instruidos así, que el mejor servicio es el que se sirve y se quita rápido; en Tecomán, otro municipio subdesarrollado, los servicios son más lentos: al ritmo del corazón del cliente. Pero todo esto se debe a factores culturales, maquinados por relaciones intrínsecas y concretas.

El milenario Heráclito nunca imaginó un río como el actual, tan rápido y estacionario, ni Zenón de Elea consentiría reducir la palabra infinito a la pereza cerebral de nuestros días. La misma producción cultural “de las masas” (palabra burguesa) crea esa imposición de rapidez ideológica. ¿Alguien se ha creído objetivamente lo del servicio de los tacos? Todo indica que, de acuerdo con la ideología, la vida es corta y que por eso debemos consumir lo más que podamos.

“Lector… ¿pero a quién estoy hablando? Quizá no quede ni uno solo”
–Kierkegaard en uno de sus cierres literarios

La hidromedusa Turritopsis nutricola –suponen los escrupulosos– goza de vida eterna: al verse en riesgo de morir, es capaz de revertir su estado de madurez; el ser humano (otra vez el mismo) ha querido o necesitado hacer eso: aletear y moverse a voluntad en el Mar del Tiempo. Aunque uno no quiera, pensar en la muerte nos permite concederle más valor a los artificios humanos y, digamos, a la costumbre de lo cotidiano. Si no soportamos la rutina y si no hacemos nada por romperla, podría parecernos tan tedioso vivir en las profundidades de los mares, como esta medusa, sin una cronología de tiempo mortal, acabable; pero tampoco, es cierto, significa que nos gusta que nos cuenten los días.

Por eso ser Dios sería aburrido, eterno, eso decía Borges, si tiene que contar cada grano de arena o de café que se vacía en una taza de agua caliente, al mismo tiempo, infinitamente: “¡Qué indecencia de Dios estar en todas partes!”. Mientras no seamos Dios, de no remediar el tornado de rapidez que existe más allá de nuestro tranquilo hogar, después del monitor y del teléfono celular, tarde o temprano seremos atropellados por una supuesta incapacidad emocional que acecha a intelectuales orgánicos y a escritores malditillos.

San Agustín, poeta enervado de lo divino, observó que siempre vivimos en un presente que es el pasado y futuro simultáneamente. Esto nos ayuda comprender a Blaise Pascal cuando sentencia sobre la condición del ser humano frente al mundo: de no saber vivir en el presente: de recordar el pasado para negarse al presente o anhelar el futuro para adelantarlo, apresurarlo. El hombre sin dios (también llamado Conocimiento general del hombre) del mismo Blaise, es la angustia de ese ser ante los dos infinitos: el Todo y la Nada. No sabemos qué tan rápido se acaba uno e inicia el otro, o si alguna vez han iniciado. No sabemos, incluso, cuándo nos sorprenderá la caca de una paloma para comprender que pudo haber sido peor, quiero decir, pudo haber sido un pato.

Sólo el barquero de Chapultepec me da unas palmadas en la espalda y me dice que el último que se enterará de nuestra muerte es uno mismo. ¿Para qué recurrir, pues, al “Deus ex machina”?

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  1. Carmen
    Ene 17, 2015 - 08:52 PM

    El pepino de mar arroja sus vísceras ante el enemigo, así de facilito, cómo ves y no se muere!!, carajos, tan fácil que suena.

    Me gusta la analogía de los tacos, no de balde existe ya el término pomposo de “slow food” para los snobs de nuestros tiempos, los amantes de lo orgánico, por qué no?, un lujito se lo puede dar quien quiera si la vida lo permite 😉

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    • Charlie Chancro
      Ene 26, 2015 - 07:15 PM

      Carmen, no tenía idea de que el pepino de mar lo hiciera. Parece que el agua es más interesante en sus modos vitales, quizá por eso mismo estamos privados de vivir en los fondos abisales de los mares. Se dice fácil, como dices, pero ¡vaya! ¿puede tu orangután hacer palomitas?

      Recordaba con lo de los tacos ese Slow Food que mencionas. Por cierto, los que defienden la postura han utilizado de vez en cuando la frase de Gandhi.

      ¡Un saludo desde los tacos sempiternos!

      Responder

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