CERCA DE MI OCASO

METRO, PORQUE A TI TE DEBO MIS HORAS AMARGAS, MIS HORAS DE MIEL, TE ODIO Y TE QUIERO

“¡Pinche Metro!”, reniego interior y rabiosamente cada vez que salgo, despeinada, apachurrada y aturdida del vagón que me aborta en la estación Garibaldi/Lagunilla de la Línea B, poco antes de las nueve de la mañana. Sí, esa línea, la que transporta chichifos, cholos y chundos, según la hora, y a nosotros los pobres, sucios y desgastados habitantes de la periferia, los de la zona conurbada que vamos hacia otros puntos de la ciudad, llevando necesidades, fealdas y carencias para obsequiarle a la capital la única riqueza que poseemos: nuestra fuerza de trabajo.

Cotidianamente debemos y tenemos que atravesar la Ciudad de México acarreados por el anaranjado, destartalado, sucio, maloliente y feo tren metropolitano, con que nos une una relación amor/odio que en mi caso comienza al ingresar a mi vecinal estación, lista para el enojo, para la incomodidad de toda índole, preparada mentalmente para usar toda la determinación de que soy capaz para abordarlo. La escalada de vituperios que vienen a mi mente cuando pienso en el metro dista mucho de la agradecida actitud que me invade cuando, alguna vez, encuentro un asiento y puedo acomodarme a leer. Estar sentada en el metro es haber alcanzado el paraíso del transporte público.

Luego me avergüenzo de mis quejas cuando veo cuántas personas se sirven de este medio para ir por el pan nuestro de cada día, en sus miradas veo la ancestral conformidad y paciencia de los que vamos a pie por la vida. Me perdono y los perdono. El metro nos iguala. Qué se le va a hacer.

Estas explicaciones vienen a cuento porque soy de esa generación que no es la sandwich, ni la X, ni tampoco de la ruptura. Estoy como en medio de muchas y soy consciente de mis vulnerabilidades que me hacen decir que soy materialista-dialéctica, pero en realidad soy comodina y algo sibarita, como muchos de mis coetáneos en este país surrealista. Por lo tanto usar el metro me hace sentir toda una samurái, una heroína de la working class chilanga que arrostra valientemente su conciencia de clase y de género: debo usar el sistema de transporte colectivo metropolitano, coloquialmente llamado metro, con dignidad y decoro. Y así, cada mañana arranco hacia una lucha encarnizada para conseguir abordarlo, batalla que no solo libro en horas pico —así llamadas por ser las de entrada y salida de los empleos—. Somos nosotros, los de la banda que se rifa consuetudinariamente en los trabajos, empleos u oficios sin que crisis, epidemias, marchas, plantones o huelgas nos hagan desistir.

A toda hora y a lo largo de sus líneas —excepto la que va de Martín Carrera a Santa Anita— el metro va a reventar, vomitando usuarios y succionándolos de los andenes al interior creando roces, pleitos y conversaciones de lo más íntimo, de lo más personal, sin que medie el ancestral y pasado de moda pudor.

El metro, a sus cuarenta y cinco años, tiene goteras, paredes descascaradas, en la mayoría de sus entradas hay amontonamientos de basura y las obstaculizan puestos de vendedores ambulantes que impregnan el ambiente con olor de fritangas mezclado con el de excremento, basura y el infaltable olor amoniacal de los meados. Tanto los vendedores del metro como los negocios periféricos, yo lo sé y todos lo saben, son otra de las muchas cajas chicas de los gobiernos capitalinos, de izquierda dizque progresista. Recientemente escuché, leí o me enteré que el STC recibirá una fuerte inyección de recursos proveniente de los impuestos de todos los contribuyentes, fondos que, dijeron, servirán para renovarlo a través de un fideicomiso de 1,900 millones de pesos. Ay, sí: por mi mente pasó de inmediato que dicho dinero no se utilizará en mejora alguna, porque la corrupción es un hábito nacional en todos los órdenes de gobierno.

Me parece que el metro es en realidad un entrenamiento perverso para que los usuarios cultiven el preciado don de la paciencia al ser sometidos a rigores propios de un boina verde. Nomás hay que ver en las estaciones ubicadas en las colonias más repletas de gente pobre, el descuido, las lámparas fundidas, las cañerías sin rejillas, las taquilleras malmodientas y mal encaradas que son más frecuentes, según mi percepción.

Las colonias de pobres tienen estaciones más feas y más inseguras. Y si bien es cierto que la condición de pobreza nos hace más ignorantes, sucios, descuidados, desordenados e inciviles, también es cierto que a esas deficiencias se une la falta de atención, limpieza, orden y buen trato del personal a cargo de tales recorridos y estaciones. Me parece que la red no atiende de manera pareja a las ubicadas en colonias cuyos pobladores gozan de mejores y mayores ingresos, basta sólo comparar cómo luce, como huele Pantitlán y otra como Zapata, por mencionar un ejemplo.

Los usuarios, desde el amanecer, encajan sus rostros mofletudos, morenos, brillosos de sudor en los vidrios de puertas y ventanas del atribulado transporte. Las ventanas, impenetrables en virtud de que tajas, tachados y firmas de tribus urbanas ya les han robado su transparencia, rara vez pueden abrirse y cerrarse pero cuando lo hacen, en horas de la mañana sirven y han servido de entrada a usuarias que no han podido ingresar por las puertas, de modo que no son raras las escenas en que una emperifollada joven salta del andén al interior catapultada por otras usuarias que contribuyen a que por lo menos una de ellas acceda a la puntualidad laboral de todos tan preciada. Uno de estos días haré eso, me saltaré por la ventana para sentirme más ruda.

Pese a tales apretujamientos, el vagón de damas brinda a esa hora un espectáculo sorprendente y uniforme, sin importar la estación que se aborde: bolsas, espejos, cosmetiqueras y todos esos artilugios de embellecimiento femenino son usados profusamente por las mujeres, pues casi todas van maquillándose, observándose unas a otras y haciendo como que no se miran, mientras aprenden nuevos trucos para transformar sus rostros recién lavados en una interesante paleta de color y matiz. Los vagones de mujeres se convierten, uno por uno, en un salón de automaquillaje ambulante, que impulsa, propulsa y remite a mujeres chicas, medianas y grandes bien presentadas a sus talleres, oficinas, escuelas o fábricas, pues la clase social y la calidad de los productos no impiden que haya una especie de democracia de salón de belleza que a todas une y hermana.

De modo tal me coloco estratégicamente, para admirar el espectáculo de mis congéneres y para evitar que mis frágiles huesos sean oprimidos rabiosamente por dos respetables señoras que se dirigen al mercado de La Merced con una entrada digna del más feroz tacle de futbol americano, entrada que indefectiblemente va acompañada de una mirada amenazante o un gesto de clara hostilidad. Me resguardo. Mi atención pasa después al interminable desfile de vendedores, merolicos, pedigüeños, poetas lectores, payasos y cantantes que se saludan y se ceden el turno de vocear sus mercancías o saberes uno tras de otro: chicles y pastillas de menta, el aliento matutino también es otra de las ofensas que el usuario medio del metro profiere a su compañero más próximo; audífonos, cedés grabados con “más de 300 canciones de los campeones de la salsa”, “música de ayer y hoy” o “lo mejor de la banda”, anuncios que van acompañados de un estruendoso sonido de un demo con fragmentos de la música cuyo ruido taladra los oídos a causa de unas bocinas de mala calidad que ingeniosamente van disfrazadas dentro de mochilas que los vendedores portan en backpack. Luego el indigente, con claras señas de estar afectado de sus facultades mentales, solicita a los usuarios que le regalen una moneda, no sin antes acostarse en el pasillo sobre un montón de vidrios. Las señoras voltean el rostro para otro lado y la mayoría finge no ver, no escuchar y por supuesto, no falta el alma caritativa que ponga una moneda en la mano del mendigo. Me enojo porque las condiciones de transporte no deberían ser así, porque me siento robada, aturdida y ofendida, pero luego me reconforto porque, como me dijo un amigo canadiense cuando vino a visitarme, “este país es grande y maravilloso, lo único malo es su gobierno”.

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  1. Andrea
    Nov 05, 2014 - 08:37 AM

    Larga vida a la sámurai del metro!

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  2. Perla H.
    Nov 07, 2014 - 10:01 PM

    Excelente humor! Admiro a los valientes, y también a los que no les queda de otra, que se la rifan diario en el metro, e incluso en el metrobús, en hora pico

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